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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblo escondido entre montañas cubiertas de flores silvestres, vivía Don Francisco. Don Francisco no era un panadero, ni un carpintero, ni siquiera un granjero. Don Francisco era, ni más ni menos, el dueño y operador de la Fábrica de Felicidad del pueblo.
La fábrica no era como las fábricas grises y ruidosas que uno se imagina. La Fábrica de Felicidad de Don Francisco era un lugar mágico, lleno de colores brillantes, risas contagiosas y el aroma dulce de algodón de azúcar recién hecho. Las paredes estaban pintadas con murales de animales sonrientes y arcoíris infinitos. En lugar de chimeneas, la fábrica tenía globos gigantes que se elevaban hacia el cielo, dejando rastros de confeti brillante.
Don Francisco era un hombre anciano con una barba blanca y esponjosa que le llegaba hasta la cintura. Llevaba gafas redondas que siempre resbalaban por su nariz y un sombrero de copa morado adornado con campanitas que tintineaban con cada paso que daba. Su corazón era tan grande como la fábrica misma, y su mayor alegría era ver a los niños del pueblo sonreír.
Cada mañana, los niños hacían fila frente a la fábrica, ansiosos por ver qué maravillas había preparado Don Francisco. Un día, llegó una niña llamada Sofía. Sofía era una niña muy seria. Nunca reía y siempre fruncía el ceño. Su corazón parecía estar envuelto en una nube gris.
"Buenos días, Sofía," dijo Don Francisco con una sonrisa amable. "¿Qué te trae por aquí hoy?"
Sofía suspiró. "No sé," respondió. "Mi mamá me dijo que viniera. Dice que necesito un poco de felicidad."
Don Francisco asintió con comprensión. "La felicidad es como una semilla," explicó. "A veces necesita un poco de ayuda para crecer. Ven conmigo."
Don Francisco llevó a Sofía al corazón de la fábrica. Allí, en un salón resplandeciente, vio máquinas extrañas y maravillosas. Una máquina fabricaba pompas de jabón gigantes que flotaban por el aire. Otra creaba helados de todos los sabores imaginables. Y una tercera, la más especial de todas, fabricaba cosquillas.
"Esta es la Máquina de Cosquillas," dijo Don Francisco, señalando una máquina dorada con plumas suaves que giraban suavemente. "Pero no funciona para todos. Solo funciona para aquellos que están dispuestos a reír."
Sofía frunció el ceño aún más. "No me gusta reír," dijo.
"Lo entiendo," dijo Don Francisco. "Pero ¿qué tal si intentamos algo diferente?"
Don Francisco llevó a Sofía a la sala de los helados. Le ofreció un helado de fresa con chispas de chocolate. Sofía probó el helado y, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
"Está delicioso," dijo.
"La felicidad a veces se encuentra en las cosas más pequeñas," dijo Don Francisco.
Después, Don Francisco llevó a Sofía a la sala de las pompas de jabón. Le dio una varita mágica y le enseñó a hacer pompas gigantes. Sofía sopló con todas sus fuerzas y una pompa enorme flotó hacia el cielo, reflejando todos los colores del arcoíris. Sofía soltó una pequeña risita.
"¡Es increíble!" dijo.
Finalmente, Don Francisco llevó a Sofía de vuelta a la Máquina de Cosquillas. "¿Estás lista para intentarlo?" preguntó.
Sofía dudó. Pero luego, respiró hondo y asintió.
Don Francisco activó la Máquina de Cosquillas. Las plumas suaves comenzaron a cosquillear a Sofía por todo el cuerpo. Al principio, Sofía se resistió. Pero luego, una risa tímida escapó de sus labios. Y luego otra, y otra, hasta que Sofía estaba riendo a carcajadas.
La risa de Sofía era tan contagiosa que Don Francisco también empezó a reír. La fábrica entera resonó con sus risas. La nube gris que rodeaba el corazón de Sofía se disipó, dejando espacio para la luz y la alegría.
Desde ese día, Sofía visitó la Fábrica de Felicidad de Don Francisco todos los días. Aprendió a reír, a jugar y a encontrar la felicidad en las cosas más pequeñas. Y Don Francisco, el viejo y sabio dueño de la fábrica, supo que su trabajo estaba bien hecho.
La Fábrica de Felicidad de Don Francisco siguió siendo un lugar mágico, donde los niños podían encontrar la alegría y la risa, y donde la felicidad se fabricaba con amor y dedicación. Y así, el pequeño pueblo entre las montañas cubiertas de flores silvestres siguió siendo el pueblo más feliz del mundo, gracias a Don Francisco y su fantástica fábrica.
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