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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblito lleno de colores brillantes y casas con techos de teja roja, dos tíos muy queridos: el Tío Pochitoque y el Tío Chonvo. El Tío Pochitoque era pequeño y regordete, con una sonrisa que iluminaba todo el pueblo. Le encantaba bailar y comer pastelitos de guayaba. El Tío Chonvo, por otro lado, era alto y delgado, con un bigote que parecía un manillar de bicicleta. Era un experto en contar historias y tocar la guitarra.
Un día, el Tío Pochitoque recibió una invitación para una fiesta. ¡Una fiesta sorpresa! Estaba tan emocionado que sus pies comenzaron a moverse solos, ¡como si estuvieran bailando un jarabe tapatío! Pero había un problema. El Tío Pochitoque era un poco tímido y no le gustaba ir a fiestas solo. Así que, corrió a buscar al Tío Chonvo.
"¡Tío Chonvo, Tío Chonvo! ¡Tengo una invitación para una fiesta sorpresa! Pero no quiero ir solo," exclamó el Tío Pochitoque, jadeando por el esfuerzo.
El Tío Chonvo, que estaba sentado en su mecedora, leyendo un libro de cuentos de fantasmas, levantó la vista y sonrió. "¡Una fiesta sorpresa! ¡Qué emocionante! No te preocupes, Pochitoque, te acompañaré. Pero, ¿sabes de quién es la fiesta?"
El Tío Pochitoque negó con la cabeza. "No tengo ni idea. La invitación solo dice Fiesta Sorpresa y tiene un dibujo de un pastel con muchas velas."
Los dos tíos se pusieron manos a la obra para prepararse para la fiesta. El Tío Pochitoque se puso su traje de mariachi más brillante, con botones de plata y un sombrero enorme. El Tío Chonvo se peinó el bigote con cera y se puso su camisa favorita, la que tenía bordados de flores de colores.
Cuando estuvieron listos, se dirigieron a la dirección que indicaba la invitación. Caminaron por las calles empedradas, pasando por casas con balcones llenos de flores y niños jugando con papalotes. El Tío Pochitoque iba bailando y cantando, mientras que el Tío Chonvo lo seguía, tocando una melodía alegre con su guitarra.
Finalmente, llegaron a una casa grande y colorida, con guirnaldas y globos por todas partes. La música sonaba alegre y se oían risas y gritos de alegría. El Tío Pochitoque se puso un poco nervioso, pero el Tío Chonvo le dio un apretón de manos y le dijo: "¡No te preocupes, Pochitoque! ¡Vamos a divertirnos!"
Entraron a la casa y... ¡Sorpresa! Todos gritaron: "¡Feliz Cumpleaños, Tío Pochitoque!" El Tío Pochitoque se quedó boquiabierto. ¡La fiesta era para él! No se lo esperaba para nada.
El Tío Pochitoque se sintió tan feliz que las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Abrazó a sus amigos y familiares, y les agradeció por la sorpresa. La fiesta estuvo llena de juegos, música, baile y, por supuesto, ¡mucho pastel de guayaba! El Tío Pochitoque bailó con todos, desde los niños pequeños hasta las abuelitas. El Tío Chonvo contó historias divertidas y cantó canciones con su guitarra.
En un momento de la fiesta, el Tío Pochitoque se acercó al Tío Chonvo y le dijo: "Gracias, Chonvo. No hubiera podido disfrutar tanto de esta fiesta si no hubieras venido conmigo."
El Tío Chonvo le sonrió y le respondió: "De nada, Pochitoque. Para eso estamos los amigos, para acompañarnos en los buenos y en los malos momentos. Y, además, ¡esta fiesta está deliciosa!"
La fiesta duró hasta muy tarde. Cuando llegó el momento de irse, el Tío Pochitoque se sentía feliz y agradecido. Había sido una fiesta inolvidable. Caminó de regreso a casa con el Tío Chonvo, bajo la luz de la luna llena. El Tío Pochitoque iba cantando y bailando, mientras que el Tío Chonvo lo acompañaba con su guitarra.
Al llegar a casa, el Tío Pochitoque le dio un fuerte abrazo al Tío Chonvo y le dijo: "Eres el mejor amigo del mundo, Chonvo."
El Tío Chonvo le sonrió y le dijo: "Y tú eres el mejor bailarín de pastelitos de guayaba, Pochitoque."
Y así, el Tío Pochitoque y el Tío Chonvo, dos amigos inseparables, se fueron a dormir, soñando con la fiesta sorpresa y con todas las aventuras que aún les esperaban.
Al día siguiente, el Tío Pochitoque y el Tío Chonvo se encontraron en el parque del pueblo. El Tío Pochitoque llevaba un pastelito de guayaba y el Tío Chonvo llevaba su guitarra. Se sentaron en un banco bajo la sombra de un árbol y comenzaron a compartir historias y canciones. Sabían que su amistad era un tesoro invaluable, y que siempre estarían ahí el uno para el otro, en las buenas y en las malas, en las fiestas sorpresa y en los días ordinarios.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¡A comer pastelitos de guayaba y a bailar se ha dicho!
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