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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas dulces como algodón de azúcar, un niño llamado Hugo. Hugo era un niño especial, pues nació con una fuerza descomunal. Podía levantar rocas enormes, mover árboles caídos y, sin querer, hacer temblar el suelo cuando corría a jugar. Era un niño cordial, de corazón tierno y sonrisa brillante, pero a pesar de todo, los demás niños de su edad le temían.
El problema era que Hugo no podía controlar su fuerza. Al jugar al escondite, si tropezaba, podía hacer un pequeño cráter en el suelo. Al intentar dar un abrazo, apretaba demasiado fuerte, dejando a sus amiguitos un poco magullados. No lo hacía a propósito, ¡claro que no! Él solo quería jugar y tener amigos, como todos los demás niños. Pero su fuerza, esa fuerza incontrolable, siempre se interponía en su camino.
Poco a poco, la gente del pueblo, con la mejor de las intenciones, lo fue alejando de los demás niños. Los padres, preocupados por la seguridad de sus hijos, les pedían que no se acercaran a Hugo. "Es mejor mantener la distancia", decían, "no queremos que lo lastime sin querer". Hugo, al escuchar estas palabras, sentía un nudo en la garganta y una tristeza profunda en el corazón.
El niño fue creciendo triste y solitario. Ya no iba al parque, ni jugaba a las canicas, ni siquiera se atrevía a acercarse a la heladería, porque sabía que, al entrar, podría romper accidentalmente una silla o tirar una estantería. No tenía amiguitos y los pocos que se acercaban a él huían rápidamente, asustados por el temblor que provocaba al correr para unirse a sus juegos. Los días pasaban lentos y grises, llenos de silencio y soledad. Hugo se sentía como una nube oscura en un día soleado, un gigante incomprendido en un mundo de personas pequeñas.
Un día, mientras Hugo estaba sentado en la colina más alta del pueblo, observando a los demás niños jugar a lo lejos, sintió un temblor aún más fuerte que los que él provocaba. Al principio, pensó que era él, que había perdido el control de su fuerza. Pero al mirar hacia abajo, vio a otro niño, tan fuerte como él, pero con una actitud muy diferente. Este niño, llamado Bruto, era grosero y golpeador. Empujaba a los niños, les quitaba sus juguetes y se burlaba de ellos. Era como una tormenta de granizo en un día de picnic.
Hugo, al ver a sus amiguitos sufrir al ser golpeados y maltratados por Bruto, sintió una oleada de valentía y determinación. ¡No podía permitir que ese niño siguiera lastimando a los demás! A pesar de su miedo a lastimarlos sin querer, decidió intervenir. Bajó corriendo de la colina, haciendo temblar el suelo a su paso, y se plantó frente a Bruto, protegiendo a los demás niños.
"¡Déjalos en paz!", gritó Hugo con voz temblorosa, pero firme. Bruto, sorprendido por la repentina aparición de Hugo, lo miró con desprecio y se echó a reír. "¿Y tú quién te crees que eres, grandullón?", dijo Bruto con tono burlón. "¿Crees que puedes detenerme?". Y sin esperar respuesta, se lanzó contra Hugo, intentando golpearlo.
Pero Hugo, esta vez, estaba preparado. Con mucho cuidado y concentración, intentó controlar su fuerza al máximo. Esquivó los golpes de Bruto, lo sujetó con suavidad pero con firmeza, y lo alejó de los demás niños. "No quiero lastimarte", dijo Hugo con voz serena, "pero no voy a permitir que sigas haciendo daño a mis amigos".
Bruto, al verse superado por la fuerza controlada de Hugo, se rindió y salió corriendo, avergonzado y derrotado. Los demás niños, que habían observado la escena con asombro y admiración, corrieron a abrazar a Hugo. "¡Gracias, Hugo!", gritaban emocionados. "¡Nos has salvado!".
A partir de ese día, todo cambió para Hugo. Los demás niños, al ver que era un niño amable y dulce que solo quería comprensión y cariño, dejaron de tenerle miedo y comenzaron a aceptarlo como uno de ellos. Descubrieron que, aunque a veces hacía temblar el suelo al correr, su corazón era grande y generoso. Hugo, por fin, encontró su lugar en el mundo, rodeado de amigos que lo querían y lo apreciaban por lo que era, con su fuerza incontrolable y su gran corazón. Aprendió a controlar su fuerza y a usarla para proteger a los demás, convirtiéndose en el héroe de su pequeño pueblo. Y así, Hugo, el niño que nació con una gran fuerza, descubrió que la verdadera fuerza reside en la bondad, la amistad y el amor.
Desde entonces, Hugo y sus amigos jugaban en el parque, construían castillos de arena gigantes (¡sin romper las palas!) y corrían carreras haciendo temblar el suelo, pero esta vez, no por miedo, sino por pura alegría. Hugo ya no era un gigante incomprendido, sino un amigo leal y valiente, querido por todos en el pueblo. Y colorín colorado, este cuento ha terminado.
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