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Gratis · elegí una vozHabía una vez una gallina muy consentida llamada Clotilde. Clotilde vivía en una granja preciosa, llena de flores y árboles frutales. Pero Clotilde no era como las demás gallinas. En lugar de picotear gusanos y semillas en el suelo, exigía que le sirvieran el maíz en una bandeja de plata, y que éste fuera orgánico, por supuesto. Si el maíz no cumplía sus altísimos estándares, Clotilde ponía el grito en el cielo, cacareando y aleteando hasta que el granjero, Don Eusebio, cedía a sus caprichos.
Un día, Don Eusebio se dio cuenta de algo terrible: ¡el maíz estaba desapareciendo! No quedaba casi nada en el granero. Estaba muy preocupado, porque sin maíz, las gallinas no podrían poner huevos, y sin huevos, ¿qué harían para desayunar? Don Eusebio llamó a todas las gallinas para una reunión urgente.
"Mis queridas gallinas", dijo Don Eusebio con voz temblorosa. "¡El maíz está desapareciendo! Necesito vuestra ayuda para resolver este misterio. ¿Alguien ha visto algo sospechoso?"
Todas las gallinas empezaron a cacarear al mismo tiempo, hablando sobre ratones, zorros y espíritus hambrientos. Pero Clotilde, con su aire de superioridad, interrumpió el alboroto.
"¡Silencio, por favor!", exclamó Clotilde. "Este asunto requiere una investigación seria, no meros chismorreos. Yo, Clotilde, la gallina más inteligente de esta granja, me encargaré de resolver este misterio."
Las demás gallinas se miraron con escepticismo. Sabían que Clotilde era consentida, pero no sabían si era realmente inteligente. De todas formas, no tenían mejores ideas, así que decidieron darle una oportunidad.
Clotilde comenzó su investigación con gran pompa. Primero, inspeccionó el granero con una lupa que le había regalado Don Eusebio (otro de sus caprichos). Buscó huellas, pelos o cualquier pista que pudiera indicar quién se estaba robando el maíz. Pero no encontró nada.
Luego, Clotilde interrogó a los demás animales de la granja. Habló con el perro guardián, el gato dormilón y hasta con las ovejas lanudas. Pero nadie había visto nada sospechoso. Empezaba a sentirse frustrada.
"¡Esto es imposible!", exclamó Clotilde, golpeando el suelo con su pata. "¿Cómo puede desaparecer el maíz sin dejar rastro?"
De repente, Clotilde recordó algo. El día anterior, mientras disfrutaba de su bandeja de maíz orgánico, había visto a un pequeño ratón escabulléndose hacia el granero. Al principio, no le había prestado atención, pero ahora se daba cuenta de que podría ser una pista importante.
Clotilde corrió hacia el agujero del ratón, que estaba escondido detrás de un montón de sacos vacíos. Con mucho cuidado, metió su pico en el agujero y gritó:
"¡Eh, tú, ratoncito! ¡Sal de ahí ahora mismo! ¡Necesito hablar contigo!"
Después de un momento, un pequeño ratón asustado salió temblando del agujero. Tenía las mejillas llenas de maíz.
"¿E-eres tú Clotilde?", tartamudeó el ratón. "¿Qué quieres?"
"¡Quiero saber por qué te estás robando el maíz!", exclamó Clotilde. "¡Sabes que eso no está bien!"
El ratón bajó la mirada, avergonzado. "Lo siento, Clotilde", dijo. "Es que tengo una familia muy grande, y no tenemos suficiente comida. El invierno se acerca, y tenemos que almacenar provisiones."
Clotilde se sintió un poco culpable. Siempre había sido tan consentida que nunca se había preocupado por los demás animales de la granja. Se dio cuenta de que el ratón solo estaba tratando de alimentar a su familia.
Clotilde pensó por un momento. Luego, tuvo una idea.
"Está bien, ratoncito", dijo Clotilde. "No te voy a denunciar a Don Eusebio. Pero a cambio, tienes que prometerme algo."
"¿Qué cosa?", preguntó el ratón con cautela.
"Prométeme que solo tomarás un poco de maíz cada día, y que no serás codicioso", dijo Clotilde. "Además, tienes que ayudarme a mantener limpio el granero."
El ratón asintió con entusiasmo. "¡Lo prometo, Clotilde! ¡Seré el ratón más honesto y trabajador de toda la granja!"
Clotilde y el ratón hicieron un pacto secreto. A partir de ese día, el ratón solo tomaba un poco de maíz cada día, y ayudaba a Clotilde a mantener limpio el granero. Clotilde, por su parte, aprendió a ser más considerada con los demás animales de la granja.
Cuando Don Eusebio se dio cuenta de que el maíz ya no estaba desapareciendo tan rápido, se sintió muy aliviado. No sabía quién había resuelto el misterio, pero estaba muy agradecido. Y Clotilde, la gallina consentida, se convirtió en la heroína secreta de la granja.
Desde ese día, Clotilde siguió disfrutando de su maíz orgánico en su bandeja de plata, pero también compartía un poco con el ratón y su familia. Aprendió que ser consentida no era lo más importante en la vida, y que ayudar a los demás podía ser mucho más gratificante.
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