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En un tranquilo estanque, donde los nenúfares flotaban como pequeñas islas verdes, vivía una garza llamada Glotona. Glotona era una garza alta y esbelta, con plumas blancas como la nieve y un pico largo y afilado, perfecto para pescar. Pero Glotona no era paciente. Quería los peces más grandes, los más brillantes, ¡y los quería ahora mismo!
Al lado del estanque, vivía un pescador llamado Don Ramón. Don Ramón era un hombre viejo y sabio, con la piel arrugada por el sol y la paciencia de un santo. Le encantaba pescar, no solo por la comida, sino por la tranquilidad que encontraba junto al agua. Don Ramón pescaba con una caña vieja pero confiable, y siempre devolvía al agua a los peces más pequeños, dejándolos crecer y prosperar.
Un día, Glotona vio a Don Ramón pescando. "¡Qué lento es ese viejo!" pensó Glotona. "Yo podría pescar el doble de peces que él en la mitad del tiempo". Glotona se acercó al estanque, decidida a demostrar su superioridad. Se paró en una pata, estiró el cuello y miró fijamente al agua.
Don Ramón sonrió al ver a la garza. Sabía que Glotona era una glotona impaciente, y a menudo la veía fracasar en sus intentos de pescar. "Buenos días, Glotona," dijo Don Ramón con voz amable. "¿Vas a pescar hoy?"
Glotona resopló. "Por supuesto que voy a pescar," respondió con arrogancia. "Voy a pescar el pez más grande del estanque, ¡y lo voy a hacer antes de que tú atrapes siquiera uno!"
Don Ramón simplemente se rió entre dientes y continuó pescando. Glotona, decidida a cumplir su promesa, se lanzó al agua. Agitó sus alas con fuerza, espantando a todos los peces pequeños que se encontraban cerca. Luego, se quedó quieta, esperando el pez perfecto.
Pero los peces, asustados por el alboroto, se escondieron entre las algas. Glotona esperó y esperó, pero no vio ni una sola escama brillante. Su paciencia se agotaba rápidamente. Empezó a golpear el agua con su pico, haciendo aún más ruido.
Don Ramón, mientras tanto, había atrapado ya tres peces pequeños. Los desenganchó cuidadosamente y los devolvió al agua, diciéndoles: "Creced fuertes y volved pronto". Glotona lo miró con desprecio.
"¡Qué tontería!" pensó Glotona. "¿Por qué devolvería esos peces? ¡Son comida deliciosa!" Pero Glotona estaba demasiado avergonzada para admitir que ella no había atrapado nada.
Finalmente, después de una hora de espera infructuosa, Glotona vio un pez grande y brillante nadando cerca. Era el pez más grande que había visto en todo el día. Con los ojos brillantes de codicia, Glotona se lanzó sobre él.
Pero Glotona estaba tan ansiosa que se movió demasiado rápido. El pez, alertado por su torpeza, nadó rápidamente hacia un lecho de algas. Glotona, en su desesperación por atraparlo, se enredó en las algas. Sus patas se enredaron, su pico se atascó, y no podía moverse.
Don Ramón, al ver la situación de Glotona, corrió a ayudarla. Con cuidado y paciencia, desenredó a la garza de las algas. Glotona estaba avergonzada y asustada.
"Gracias, Don Ramón," dijo Glotona con voz suave. "No debí haber sido tan impaciente y arrogante."
Don Ramón sonrió. "La paciencia es una virtud, Glotona," dijo. "A veces, las cosas buenas tardan en llegar. Y a veces, es mejor compartir que acaparar."
Don Ramón le ofreció a Glotona uno de los peces que había guardado para su cena. Glotona lo aceptó con gratitud. Desde ese día, Glotona aprendió a ser más paciente y menos glotona. A menudo pescaba junto a Don Ramón, aprendiendo de su sabiduría y su amabilidad. Y aunque a veces todavía se emocionaba al ver un pez grande, recordaba la lección que había aprendido ese día en el estanque: la paciencia y la generosidad son más valiosas que cualquier pez brillante.
Glotona y Don Ramón se hicieron buenos amigos, compartiendo historias y risas junto al estanque. Glotona entendió que la verdadera abundancia no se encuentra en la cantidad de peces que uno atrapa, sino en la amistad y la armonía con la naturaleza. Y Don Ramón, al ver la transformación de Glotona, se sintió feliz de haber compartido su sabiduría con ella.
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