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Gratis · elegí una vozGumersindo era un gusanito muy especial. No era un gusanito cualquiera, era un gusanito gordinflón, verde brillante y con una sonrisa que iluminaba todo el jardín. Vivía en un manzano enorme, lleno de manzanas rojas y jugosas, su comida favorita. A Gumersindo le encantaba comer manzanas, tanto que se pasaba el día mordisqueando y dejando pequeños túneles en su interior.
Un día, mientras Gumersindo disfrutaba de una deliciosa manzana, escuchó una conversación entre dos mariquitas. Decían que al otro lado del jardín, más allá del estanque de los nenúfares, había un campo de fresas gigantes, las fresas más grandes y dulces que jamás habían visto. A Gumersindo se le hizo agua la boca. ¡Fresas gigantes! Nunca había probado una fresa en su vida, pero la idea de una fresa tan grande que pudiera esconderse dentro le pareció la aventura más emocionante del mundo.
Sin pensarlo dos veces, Gumersindo decidió emprender el viaje. Se despidió de su manzana a medio comer (prometiendo volver pronto) y comenzó a arrastrarse por el tronco del manzano. El camino era largo y lleno de obstáculos. Tuvo que esquivar arañas tejiendo sus telarañas, saltar sobre piedras resbaladizas y esconderse de un petirrojo hambriento que lo miraba con ojos golosos.
Después de mucho esfuerzo, Gumersindo llegó al pie del manzano. El césped se veía como una selva para él, tan alto y denso. Se arrastró entre las hojas, sintiendo la humedad de la tierra bajo su cuerpo. Encontró a una hormiga cargando una hoja enorme.
"Disculpa, señora hormiga," dijo Gumersindo, "¿sabría usted cómo llegar al campo de fresas gigantes?"
La hormiga se detuvo y miró a Gumersindo con curiosidad. "¿Al campo de fresas gigantes? ¡Eso está muy lejos! Tendrás que cruzar el estanque de los nenúfares. Es un camino peligroso para un gusanito tan pequeño."
Gumersindo se sintió un poco desanimado, pero no se rindió. "Estoy decidido a llegar," dijo con valentía. "¿Podría indicarme el camino?"
La hormiga, impresionada por la determinación de Gumersindo, le explicó cómo llegar al estanque y cómo cruzarlo usando las hojas de los nenúfares como balsas. Gumersindo le agradeció a la hormiga y siguió su camino.
Al llegar al estanque, Gumersindo se quedó asombrado. Era enorme y lleno de nenúfares de todos los tamaños. Con mucho cuidado, subió a una hoja de nenúfar y comenzó a remar con su cuerpo, impulsándose lentamente hacia la otra orilla. El agua estaba fría y las ranas croaban a su alrededor, pero Gumersindo no se detuvo.
Finalmente, llegó a la otra orilla, empapado y cansado, pero feliz de haber superado el obstáculo. Se arrastró fuera del estanque y se encontró en un bosque denso y oscuro. El camino se volvía cada vez más difícil, pero Gumersindo siguió adelante, guiado por el dulce aroma de las fresas.
Después de lo que pareció una eternidad, Gumersindo vio una luz al final del bosque. Corrió (o mejor dicho, se arrastró) hacia la luz y, al salir del bosque, se encontró ante el campo de fresas gigantes. ¡Era aún más impresionante de lo que había imaginado!
Las fresas eran enormes, rojas y brillantes, y el aroma era irresistible. Gumersindo corrió hacia la fresa más grande que encontró y comenzó a mordisquearla. ¡Era la fresa más deliciosa que jamás había probado! Se escondió dentro de la fresa y se dio un festín, sintiéndose el gusanito más feliz del mundo.
Después de comer hasta saciarse, Gumersindo se quedó dormido dentro de la fresa. Soñó con aventuras aún más emocionantes y con todos los amigos que haría en el camino. Al despertar, supo que la aventura no era solo llegar al campo de fresas, sino el viaje en sí mismo, el coraje para superar los obstáculos y la alegría de descubrir cosas nuevas.
Gumersindo decidió que era hora de volver a casa, a su manzano y a su deliciosa manzana. Pero esta vez, llevaba consigo el recuerdo de la gran aventura y el sabor dulce de las fresas gigantes. Y sabía que, aunque era un gusanito gordinflón, era también un gusanito valiente y aventurero.
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