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Gratis · elegí una vozEn la granja del Tío Ernesto, vivían un montón de gallinas. Pero no eran gallinas cualquiera. Eran las Gallinas Geniales, y su líder era una gallina llamada Clotilde, la más curiosa y valiente de todas. Clotilde tenía un sueño: ¡escapar del corral! No es que no les gustara la granja, pero Clotilde sentía que había un mundo enorme por descubrir más allá de la valla de madera.
"¿Por qué siempre tenemos que comer el mismo maíz aburrido?", se preguntaba Clotilde, picoteando el suelo con desgana. "¡Seguro que hay gusanos más sabrosos y hierbas más verdes en el otro lado!"
Sus amigas, Berta, la gallina glotona; Rosalía, la gallina presumida; y Hortensia, la gallina miedosa, escuchaban con atención los planes de Clotilde. Berta solo pensaba en comida, Rosalía en lo bien que luciría explorando nuevos lugares, y Hortensia temblaba de miedo solo de imaginarlo.
"¡Pero Clotilde!", exclamó Hortensia, con las plumas erizadas. "El Tío Ernesto siempre nos vigila. ¡Y está el perro, Rufino! ¡Es enorme y ladra mucho!"
"No te preocupes, Hortensia", respondió Clotilde, con una sonrisa pícara. "Tengo un plan. ¡Un plan genial!"
Clotilde había estado observando al Tío Ernesto durante semanas. Sabía que todos los días, después del almuerzo, el Tío Ernesto se echaba una siesta en su hamaca bajo el gran manzano. Era su oportunidad.
"Primero", explicó Clotilde, "Berta, tú distraerás a Rufino. Sabes que le encantan las migajas de pan. Deja un rastro hasta el otro lado del huerto."
Berta asintió con entusiasmo. ¡Una misión con comida! ¡Perfecto!
"Rosalía", continuó Clotilde, "tú usarás tu belleza para distraer al Tío Ernesto. Camina cerca de la hamaca y cacarea suavemente. ¡Seguro que te admira!"
Rosalía se pavoneó, orgullosa. Sabía que era la gallina más hermosa de la granja.
"Y Hortensia...", dijo Clotilde, mirando a su amiga temblorosa. "Tú estarás en la puerta del corral, lista para abrirla cuando yo te dé la señal."
Hortensia tragó saliva. Era la parte más difícil, pero no quería decepcionar a sus amigas.
Al día siguiente, todo salió según lo planeado. El Tío Ernesto se balanceaba en su hamaca, roncando suavemente. Rufino seguía el rastro de migajas que Berta había dejado, moviendo la cola felizmente. Rosalía, con su andar elegante, se paseaba cerca del Tío Ernesto, cacareando melodías suaves. Y Hortensia, con el corazón latiendo a mil por hora, esperaba junto a la puerta del corral.
Clotilde, con mucho cuidado, se acercó a la puerta. Dio un pequeño picotazo a Hortensia, la señal acordada. Hortensia, con un último esfuerzo, empujó el cerrojo con su pico. ¡La puerta se abrió!
¡Las Gallinas Geniales eran libres! Corrieron fuera del corral, llenas de emoción y nerviosismo. Exploraron el huerto, picotearon gusanos jugosos y hierbas frescas. Vieron mariposas de colores y escucharon el canto de los pájaros.
Pero la aventura no duró mucho. Rufino, al darse cuenta de que lo habían engañado, comenzó a ladrar con fuerza. El Tío Ernesto se despertó sobresaltado.
"¡Mis gallinas!", gritó el Tío Ernesto, corriendo tras ellas.
Las Gallinas Geniales, asustadas, corrieron de vuelta al corral. Hortensia cerró la puerta justo a tiempo, antes de que el Tío Ernesto las alcanzara.
El Tío Ernesto suspiró aliviado. "¡Qué traviesas son estas gallinas!", dijo, sonriendo.
De vuelta en el corral, las Gallinas Geniales se reunieron. Estaban un poco decepcionadas, pero también orgullosas de su aventura.
"Lo intentamos", dijo Clotilde, con una sonrisa. "Y fue genial, ¿verdad?"
Berta asintió, con el pico lleno de gusanos. Rosalía se miró en un charco, comprobando que su plumaje seguía perfecto. E incluso Hortensia, aunque todavía un poco asustada, sonrió.
"Sí, fue genial", dijo Hortensia. "Pero la próxima vez, quizás podríamos llevar un mapa… y un paracaídas."
Las Gallinas Geniales rieron. Sabían que su próxima aventura sería aún más genial. Y aunque no hubieran escapado para siempre, habían aprendido que incluso dentro del corral, siempre podían encontrar nuevas y emocionantes formas de divertirse. Y, sobre todo, que la amistad y la valentía eran las mejores herramientas para cualquier aventura, grande o pequeña. Desde ese día, las Gallinas Geniales siguieron viviendo en la granja del Tío Ernesto, pero ya no eran las mismas. Habían probado la libertad, y eso las había hecho aún más geniales. Y aunque el corral seguía siendo su hogar, sus corazones siempre soñarían con nuevos horizontes y emocionantes aventuras. Sabían que, juntas, podían lograr cualquier cosa, incluso escapar del corral… algún día. Y quizás, solo quizás, con un mapa y un paracaídas.
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