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Gratis · elegí una vozEn el Zoológico Arcoíris, vivían Leo el león, Coco el cocodrilo, Pancho el panda y Jilda la jirafa. Eran buenos amigos, pero tenían una debilidad en común: ¡el helado! Cada vez que veían a los niños con sus coloridos cucuruchos, sus estómagos rugían de antojo.
Un día caluroso, Leo suspiró, observando a una niña saborear un helado de fresa. "¡Oh, cómo desearía probar uno de esos!", exclamó.
Coco asintió con su mandíbula llena de dientes. "Yo daría mis escamas por un helado de chocolate."
Pancho, masticando bambú con desgana, añadió: "Un helado de vainilla con chispas de colores… ¡sería el paraíso!"
Jilda, con su largo cuello, podía ver la heladería del pueblo desde su recinto. "¡Miren! ¡La heladería Delicias Congeladas está abierta! ¡Y tienen un letrero gigante que dice Todos los sabores a mitad de precio!"
La idea nació en ese instante. Tenían que probar esos helados. Pero, ¿cómo escapar del zoológico?
Leo, con su poderosa melena, propuso: "Yo puedo rugir tan fuerte que asustaré a los guardias. ¡Será nuestra oportunidad!"
Coco, astuto como siempre, sugirió: "Yo puedo abrir la cerradura de nuestra jaula con mis fuertes dientes."
Pancho, aunque un poco torpe, prometió: "Yo puedo distraer a los monos. ¡Son muy curiosos y fáciles de engañar!"
Jilda, con su altura, sería la vigía. "Yo puedo ver si viene alguien y avisarles."
Así que, planearon su gran fuga helada. Al caer la noche, cuando las estrellas comenzaron a brillar, Leo rugió con todas sus fuerzas. ¡Fue un rugido tan estruendoso que sacudió los árboles y despertó a los pájaros!
Los guardias, asustados, corrieron a ver qué sucedía. Mientras tanto, Coco, con sus afilados dientes, mordió la cerradura de su jaula hasta que ¡clic! se abrió.
Pancho, con una cesta llena de bambú, se acercó a la jaula de los monos. "¡Miren, monos! ¡Tengo bambú fresco y jugoso! ¡El primero que lo atrape se lo queda!"
Los monos, alborotados, se olvidaron de todo y se lanzaron sobre la cesta. Jilda, desde su posición privilegiada, vigilaba atentamente. "¡Todo despejado! ¡Vamos!", susurró.
Sigilosamente, los cuatro amigos salieron de sus jaulas y se dirigieron hacia la puerta principal. Leo, con su imponente presencia, abrió el camino. Coco, con su andar reptante, se aseguraba de que nadie se quedara atrás. Pancho, con su torpeza adorable, tropezaba de vez en cuando, pero siempre se levantaba con una sonrisa. Jilda, con su elegancia, guiaba al grupo hacia la libertad.
Una vez fuera del zoológico, corrieron lo más rápido que pudieron hacia la heladería. Al llegar, sus ojos se abrieron de par en par. ¡Había tantos sabores! Fresa, chocolate, vainilla, pistacho, limón… ¡era un sueño hecho realidad!
Leo eligió un helado de fresa gigante con crema batida. Coco se decidió por un helado de chocolate con trozos de brownie. Pancho, feliz como nunca, pidió un helado de vainilla con chispas de colores y una cereza en la cima. Jilda, con su sofisticación, optó por un helado de limón con menta fresca.
Se sentaron en un banco del parque y disfrutaron de sus helados. ¡Estaban deliciosos! Nunca habían probado algo tan bueno.
Pero, de repente, escucharon una voz familiar. "¡Leo! ¡Coco! ¡Pancho! ¡Jilda! ¿Qué están haciendo aquí?"
Era el Sr. Pérez, el cuidador del zoológico, quien los había estado buscando por todas partes.
Los animales, avergonzados, bajaron la cabeza. El Sr. Pérez suspiró. "Sé que les gustan los helados", dijo con una sonrisa. "Pero no pueden escapar del zoológico. Es peligroso."
Luego, el Sr. Pérez tuvo una idea. "¿Qué les parece si hacemos un trato? Prometen no escapar más y yo les traeré helados todos los viernes."
Los animales, felices, aceptaron el trato de inmediato. A partir de ese día, todos los viernes, el Sr. Pérez les llevaba helados de diferentes sabores. Y así, Leo, Coco, Pancho y Jilda vivieron felices para siempre en el Zoológico Arcoíris, disfrutando de sus helados sin necesidad de escapar.
Pero a veces, cuando veían a los niños comiendo helado, recordaban su gran fuga helada y sonreían con picardía. Era un secreto que solo ellos compartían.
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