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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una tierra lejana, una ciudad llamada Jerusalén. Pero no era una ciudad feliz. Sus muros estaban rotos, sus puertas quemadas, ¡y nadie se sentía seguro! Muchos años atrás, la gente de Jerusalén había sido llevada a una tierra lejana llamada Babilonia. ¡Qué tristeza!
Pero un día, ¡la esperanza brilló como el sol de la mañana! Un rey muy bueno llamado Ciro, el rey de Persia, dijo: "¡La gente de Jerusalén puede regresar a su hogar! ¡Pueden reconstruir su ciudad y adorar a Dios de nuevo!"
Un hombre sabio y valiente llamado Esdras, que amaba las leyes de Dios, decidió liderar el camino de regreso a Jerusalén. ¡Imagina el viaje! Era largo y peligroso, pero Esdras confiaba en Dios. Él reunió a muchos hombres, mujeres y niños que también querían regresar a su hogar.
"Vamos a reconstruir el templo de Dios primero," dijo Esdras. "¡Será un lugar hermoso donde podamos alabar a Dios y aprender sobre sus mandamientos!"
Cuando llegaron a Jerusalén, ¡vieron que la ciudad estaba en ruinas! Pero no se desanimaron. Con alegría y entusiasmo, comenzaron a reconstruir el templo. Trabajaron duro, día tras día, a pesar de que algunos vecinos no estaban contentos con su trabajo. Intentaban asustarlos y detenerlos, ¡pero Esdras y su gente no se rindieron! Confiaban en Dios y sabían que Él los ayudaría.
Mientras tanto, en Persia, un hombre llamado Nehemías estaba muy triste al escuchar sobre las dificultades en Jerusalén. Él era un hombre importante que trabajaba para el rey Artajerjes. Un día, el rey notó la tristeza en el rostro de Nehemías y le preguntó qué le pasaba.
Nehemías le contó al rey sobre la ciudad de Jerusalén y cómo sus muros estaban derribados y sus puertas quemadas. "Por favor, rey," dijo Nehemías, "déjame ir a Jerusalén para ayudar a mi gente a reconstruir la ciudad."
El rey, que era muy bondadoso, le concedió el permiso a Nehemías y le dio cartas para los gobernadores de las provincias por las que pasaría. También le dio madera para construir las puertas y las paredes de Jerusalén. ¡Qué alegría sintió Nehemías! Estaba listo para la aventura.
Cuando Nehemías llegó a Jerusalén, inspeccionó los muros de la ciudad por la noche, en secreto. ¡Estaban en muy mal estado! A la mañana siguiente, reunió a la gente y les dijo: "¡Miren la terrible situación en la que estamos! ¡Jerusalén está en ruinas! ¡Vamos a reconstruir los muros para que ya no seamos una burla para nuestros enemigos!"
La gente respondió con entusiasmo: "¡Sí, reconstruiremos!" Y comenzaron a trabajar con todas sus fuerzas. Cada familia se encargó de una sección del muro. ¡Fue un gran trabajo en equipo!
Pero, al igual que con la reconstrucción del templo, algunos enemigos intentaron detenerlos. Se burlaban de ellos, los amenazaban e incluso planeaban atacarlos. Pero Nehemías era un líder muy sabio. Puso guardias para proteger a los trabajadores y les dijo: "¡No tengan miedo de ellos! Recuerden al Señor, que es grande y poderoso, y luchen por sus hermanos, sus hijos, sus hijas, sus esposas y sus hogares!"
Así que los trabajadores trabajaban con una mano y sostenían una espada con la otra. ¡Qué valientes! A pesar de los peligros, continuaron reconstruyendo los muros. Y en solo cincuenta y dos días, ¡los muros de Jerusalén estaban terminados! ¡Qué milagro!
Cuando los enemigos escucharon que los muros estaban completos, se sintieron muy avergonzados y desanimados. Sabían que Dios estaba con el pueblo de Jerusalén.
Después de reconstruir los muros, Esdras reunió a todo el pueblo en la plaza frente a la Puerta del Agua. Allí, leyó el libro de la Ley de Dios. La gente escuchó con atención y se dieron cuenta de que no habían estado obedeciendo los mandamientos de Dios. Se sintieron muy tristes y se arrepintieron de sus pecados.
Esdras y Nehemías les explicaron la Ley de Dios y los animaron a seguirla. Les enseñaron a amar a Dios y a amarse unos a otros. Y la gente prometió obedecer a Dios y vivir según sus mandamientos.
Así, Jerusalén fue restaurada no solo físicamente, sino también espiritualmente. La gente volvió a tener esperanza y alegría. Aprendieron que con la ayuda de Dios, ¡todo es posible! Y vivieron felices en su ciudad reconstruida, amando a Dios y cuidando unos de otros. ¡Qué gran aventura fue la reconstrucción de Jerusalén! Y recuerden, ¡nunca debemos darnos por vencidos, incluso cuando las cosas parezcan difíciles, porque Dios siempre está con nosotros! Él nos da la fuerza para superar cualquier obstáculo.
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