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En la Escuela Primaria Algoritmo, nada era más importante que el Gran Libro de las Cantidades. Este libro no era un libro común; era el hogar de todos los números del mundo. La encargada de cuidarlo era Doña Numeria, una maestra con gafas redondas que siempre llevaba un collar hecho de cuentas de colores. Sin embargo, un martes por la mañana, algo insólito sucedió. Al abrir el libro para la clase de matemáticas, Doña Numeria soltó un grito que se escuchó hasta el patio de recreo.
—¡Oh, no! —exclamó—. ¡Se han escapado! ¡Los Cientos han huido!
Mateo, un niño curioso que siempre llevaba un lápiz detrás de la oreja, corrió al salón. Al mirar el libro, vio que las páginas que debían contener los números del 100 al 199 estaban totalmente en blanco. De repente, sintió un cosquilleo en los pies. Miró hacia abajo y vio al número 100, pequeño y brillante, saltando sobre sus zapatos como si fuera una pulga de cristal.
—¡Ahí está el ciento! —gritó Mateo. Pero antes de que pudiera atraparlo, el 100 dio un salto mortal y se escondió detrás de la pizarra.
Doña Numeria, recuperando la compostura, organizó rápidamente a la clase. —Niños, tenemos una misión. Debemos encontrar a los 100 fugitivos antes de que termine el día, o mañana no podremos contar nada que sea más grande que noventa y nueve. ¡Sería un desastre!

La búsqueda comenzó en el aula de música. Allí, los niños encontraron al 110 y al 111 columpiándose en las cuerdas de un arpa. Los números emitían un suave tintineo cada vez que se movían. Mateo logró atrapar al 115, que intentaba tocar el tambor, y lo guardó con cuidado en una cajita de cristal que Doña Numeria le había dado.
—¡Miren en la cafetería! —sugirió Valentina, la mejor amiga de Mateo.
Al llegar al comedor, el caos era total. El número 125 estaba patinando sobre una mancha de gelatina, mientras que el 130, el 131 y el 132 hacían malabares con unos guisantes. El aroma a pan recién horneado parecía atraer a los números de la familia del 140, que se habían acurrucado cerca de los hornos para mantenerse calentitos. Los niños reían mientras atrapaban al 145, que estaba cubierto de harina y parecía un pequeño fantasmita numérico.
La aventura continuó por los pasillos. En el gimnasio, encontraron a los números del 150 al 160 haciendo una torre humana. El 155 estaba en la cima, tambaleándose peligrosamente.
—¡Cuidado! —advirtió Mateo, atrapándolos justo antes de que se desplomaran sobre las colchonetas.

Sin embargo, los números más difíciles de encontrar eran los de la última decena. El 190, el 191 y sus hermanos eran expertos en el escondite. Los buscaron por la biblioteca, donde el 195 intentaba camuflarse entre las páginas de un diccionario de latín. Finalmente, solo faltaba uno: el escurridizo número 199.
—¿Dónde puede estar? —preguntó Doña Numeria, secándose el sudor de la frente. Habían recuperado 99 números, pero sin el último, la centena no estaría completa.
Mateo miró hacia lo alto. En el techo del salón de actos, colgaba una gran lámpara de cristal. Allí, brillando con una intensidad especial, estaba el 199. Estaba disfrutando de la vista panorámica de toda la escuela. Mateo tuvo una idea. Con la ayuda de sus compañeros, formaron una cadena humana, no de números, sino de amigos. Valentina se subió a los hombros de Mateo, y otro niño se subió a los de Valentina.
Con un movimiento ágil, Valentina extendió la mano y el 199, cansado de tanta aventura, se dejó atrapar suavemente. Al bajar al suelo, todos vitorearon. Llevaron la cajita de cristal de vuelta al Gran Libro de las Cantidades. Uno a uno, los números saltaron de la caja a las páginas, ocupando sus lugares correspondientes en filas ordenadas.
Cuando el 199 aterrizó en su esquina, el libro emitió un destello dorado y se cerró con un golpe seco. Doña Numeria abrazó a sus alumnos.
—Hoy han aprendido algo más importante que las matemáticas —dijo con una sonrisa—. Han aprendido que cuando trabajamos juntos, no hay problema, por grande que sea el número, que no podamos resolver.
Esa noche, Mateo soñó con números que bailaban vals. Y aunque al día siguiente la clase de matemáticas fue normal, cada vez que Mateo escribía el número 100, le parecía notar un pequeño temblor de alegría en el papel, como si el número recordara con cariño el día que decidió salir a jugar por toda la escuela.
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