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Gratis · elegí una vozMateo era un niño de ocho años con un corazón tan grande como el cielo azul que se extendía sobre su granja. La granja, llamada "El Susurro del Viento", era un lugar mágico lleno de animales parlanchines (en su imaginación, claro) y árboles frutales que parecían susurrar secretos al viento. Mateo amaba la granja, pero a veces... a veces las obligaciones pesaban como sacos de papas.
Su abuelo, Don Rafael, un hombre sabio con una barba blanca como la nieve y ojos brillantes como estrellas, era quien le había enseñado todo sobre la granja. Don Rafael siempre decía: "Mateo, la granja nos da mucho, y nosotros debemos darle a ella con la misma generosidad".
Las tareas de Mateo eran variadas: alimentar a las gallinas cluecas y a los pollitos amarillos y esponjosos, recoger los huevos en sus cestas de mimbre, ayudar a Don Rafael a regar el huerto, y limpiar el establo de la vaca Lola, la vaca más cariñosa del mundo (según Mateo, por supuesto).
Un día soleado, Mateo se despertó con el sonido alegre de los pájaros. El sol brillaba con fuerza, invitándolo a jugar. Pensó en sus amigos, jugando al fútbol en el campo cercano, y un deseo inmenso de unirse a ellos lo invadió. Miró la lista de tareas que Don Rafael le había dejado. ¡Uf! ¡Era larguísima!
"Hoy no", pensó Mateo. "Hoy voy a divertirme". Sin pensarlo dos veces, salió corriendo hacia el campo de fútbol, dejando las gallinas sin comer y el establo de Lola sin limpiar.
Pasó una tarde maravillosa corriendo, riendo y marcando goles increíbles. El tiempo voló, y cuando el sol comenzó a esconderse detrás de las montañas, Mateo regresó a la granja. Al llegar, notó un silencio inusual. Las gallinas cacareaban desesperadas frente a sus comederos vacíos, y Lola mugía tristemente desde su establo sucio. Don Rafael lo esperaba en el porche, con una mirada serena pero firme.
"Mateo", dijo Don Rafael con voz suave, "¿dónde estabas? Las gallinas tienen hambre, Lola está incómoda, y el huerto necesita agua".
Mateo bajó la cabeza, avergonzado. "Estaba jugando al fútbol, abuelo. Lo siento".
Don Rafael suspiró. "Entiendo que quieras divertirte, Mateo. Todos necesitamos tiempo para jugar. Pero recuerda que la granja depende de nosotros. Si no cumplimos con nuestras obligaciones, los animales sufren y las plantas se marchitan".
Don Rafael llevó a Mateo al huerto. El sol se había ido casi por completo, y las plantas parecían cansadas y sedientas. Juntos, regaron cada planta con cuidado. Mateo sintió una punzada de culpa al ver cómo las plantas revivían bajo el agua fresca. Después, alimentaron a las gallinas, quienes comieron con voracidad, y limpiaron el establo de Lola, quien lo lamió en señal de agradecimiento.
Esa noche, Mateo no pudo dormir bien. Pensó en las gallinas hambrientas, en Lola incómoda, y en las plantas sedientas. Se dio cuenta de que su diversión había tenido consecuencias. No solo había decepcionado a su abuelo, sino que también había descuidado a los seres que dependían de él.
Al día siguiente, Mateo se despertó temprano, antes de que saliera el sol. Sin que Don Rafael se lo pidiera, alimentó a las gallinas, recogió los huevos, limpió el establo de Lola y regó el huerto. Trabajó con entusiasmo y alegría, sabiendo que estaba haciendo lo correcto.
Cuando Don Rafael lo vio, sonrió con orgullo. "Veo que has aprendido una lección importante, Mateo", dijo. "La responsabilidad no es una carga, sino una oportunidad para demostrar nuestro amor y cuidado por los demás".
Desde ese día, Mateo siguió jugando al fútbol y divirtiéndose con sus amigos, pero nunca olvidó sus obligaciones en la granja. Aprendió que la verdadera diversión está en encontrar el equilibrio entre el juego y la responsabilidad, y que cumplir con sus deberes le daba una satisfacción aún mayor que marcar un gol.
Y así, Mateo siguió creciendo en la Granja "El Susurro del Viento", aprendiendo cada día una nueva lección del sol, del viento y de los animales, convirtiéndose en un niño responsable, cariñoso y, sobre todo, feliz.
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