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En una casita de paredes color crema y techo de tejas rojas, vivían dos hermanos que eran como el aceite y el vinagre, o como un gato y un ratón en una caricatura: Yaque y David. Yaque era la mayor por apenas un año, y David juraba que ese año le daba a ella poderes mágicos para ser la más mandona del mundo. Por su parte, Yaque decía que David había nacido con un detector especial para tocar exactamente el juguete que ella quería usar en ese preciso momento.
Se peleaban por todo. Si Yaque quería ver dibujos animados de dinosaurios, David quería ver documentales de tractores. Si David elegía la cuchara azul para el cereal, de repente esa era la única cuchara que Yaque podía usar para que su leche supiera bien. Pero de todas las batallas que libraban a diario, había dos tesoros que causaban las guerras más ruidosas de la historia: Monchi, el perro de la familia, y el Señor Peluchín, un oso de color azul cielo que solo tenía un ojo, pero que era el más suave del universo.
Monchi era un Golden Retriever con el pelo tan esponjoso que parecía una nube que se había caído del cielo y le habían puesto patas. Era un perro extremadamente paciente, lo cual era una suerte, porque Yaque y David lo trataban como si fuera un trofeo de carreras.
—¡Monchi es mío para la siesta! —gritaba David, arrastrando su manta hacia el rincón del salón.
—¡Ni lo sueñes, renacuajo! —respondía Yaque—. Monchi me prometió con un ladrido que hoy me ayudaría a leer mi cuento de hadas.
Entonces, cada uno agarraba a Monchi por un lado del collar (con suavidad, por supuesto, porque a pesar de las peleas lo querían mucho) e intentaban convencerlo. Monchi, que lo único que quería era que alguien dejara caer un trozo de galleta, simplemente se dejaba llevar de un lado a otro con la lengua fuera, luciendo completamente confundido. A veces, los hermanos terminaban tirados en el suelo, cada uno sujetando una pata del perro, mientras Monchi aprovechaba para lamerles las caras hasta que los dos morían de risa y la pelea se disolvía en un mar de cosquillas.

Sin embargo, la verdadera crisis estalló un martes por la tarde. El cielo estaba gris y no podían salir a jugar al patio, lo que significaba que el aburrimiento era el combustible perfecto para una nueva pelea. El objeto del deseo esta vez era el Señor Peluchín.
—Yo lo vi primero en el sofá —dijo Yaque, lanzándose sobre el oso azul.
—¡Mentira! Yo lo dejé ahí para que descansara después de nuestra misión espacial —protestó David, tirando de la pierna del peluche.
—¡Tú ni siquiera sabes ir al espacio, David! ¡Suéltalo!
—¡Tú no sabes lo que el Señor Peluchín quiere! ¡Él me dijo que prefiere los tractores!
La habitación se llenó de gritos y tirones. El pobre Señor Peluchín pasaba de mano en mano como si fuera una pelota de rugby. De repente, ¡CRACK! No fue un ruido fuerte, pero para los niños sonó como un trueno. Una de las costuras del brazo del oso empezó a soltarse. Ambos se detuvieron en seco, con los ojos como platos. El silencio fue total, solo roto por el suave ronquido de Monchi, que dormía ajeno al drama.

Se miraron el uno al otro. David tenía los ojos llorosos y a Yaque le temblaba el labio inferior. El egoísmo se esfumó en un segundo, reemplazado por la culpa.
—Lo hemos roto —susurró David.
—Es mi culpa por tirar tan fuerte —dijo Yaque, dejando al oso con cuidado sobre la alfombra.
Se quedaron sentados en el suelo, sintiéndose muy pequeños y muy tristes. Fue entonces cuando Monchi, sintiendo que el ambiente estaba pesado, se levantó, caminó hacia ellos y soltó un bostezo gigante. Se acercó al Señor Peluchín, lo tomó delicadamente con el hocico y lo llevó hasta el regazo de Yaque. Luego, se acostó encima de los pies de David y dejó escapar un suspiro de satisfacción.
Yaque miró a David y luego al perro.
—Creo que Monchi tiene una idea —dijo ella con una sonrisa pequeña—. Si nos sentamos juntos, Monchi puede estar con los dos y el Señor Peluchín puede descansar en el medio.
David asintió con entusiasmo. —Y mañana le pediremos a mamá que lo cure con su hilo mágico.
Esa tarde no hubo más gritos. Los dos hermanos compartieron una manta, el perro sirvió de almohada para ambos y el oso azul, aunque un poco herido, presidió la paz desde el centro del grupo. Aprendieron que cuando peleaban por tenerlo todo, terminaban sin nada, pero cuando compartían, el espacio en el sofá parecía hacerse mágicamente más grande para todos.
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