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Gratis · elegí una vozEn un prado verde y florido, vivía una hormiguita llamada Hortensia. Hortensia era conocida por ser la hormiga más trabajadora de toda la colonia. Desde el amanecer hasta el anochecer, se dedicaba a recolectar semillas, hojas y migas para alimentar a su familia y preparar provisiones para el invierno. Siempre lo hacía con una sonrisa y un silbido alegre.
Un día soleado, Hortensia encontró una jugosa fresa roja, ¡la más grande que había visto en su vida! Con gran esfuerzo, la cargó sobre su espalda y comenzó su largo camino de regreso al hormiguero. La fresa era pesada, pero Hortensia estaba decidida a llevarla a su familia.
Mientras caminaba, una mariposa colorida llamada Marisol revoloteaba cerca. Marisol era famosa por su belleza y su despreocupación. Pasaba sus días volando de flor en flor, bebiendo néctar y admirando su reflejo en los charcos.
"¡Hola, Hortensia!", saludó Marisol con una voz melodiosa. "¿Qué llevas ahí? ¡Parece muy pesado!"
"Hola, Marisol", respondió Hortensia con un poco de dificultad. "Es una fresa para mi familia. Es muy grande, pero sé que les encantará."
"¡Qué aburrido!", exclamó Marisol, dando una vuelta en el aire. "¿Por qué te preocupas tanto por trabajar? ¡La vida es para disfrutarla! Mira, tengo néctar delicioso. ¿Por qué no te tomas un descanso conmigo?"
Hortensia sacudió la cabeza. "No puedo, Marisol. Tengo que llevar esta fresa al hormiguero antes de que se ponga el sol."
Marisol, sin prestar mucha atención, se acercó a Hortensia y, jugando con el viento, rozó la fresa con sus alas. ¡Puf! La fresa salió rodando cuesta abajo, perdiéndose entre la hierba alta.
Hortensia se quedó paralizada, con los ojos llenos de lágrimas. "¡Marisol! ¡Mira lo que has hecho! ¡Esa fresa era para mi familia!"
Marisol se dio cuenta de la magnitud de su descuido. "Oh, lo siento, Hortensia", dijo con un tono arrepentido, aunque no sonaba del todo sincero. "Fue un accidente. Pero no te preocupes, seguro que encuentras otra fresa."
Sin embargo, Marisol no hizo ningún intento de ayudar a Hortensia a buscar la fresa. Simplemente se quedó observando, mientras Hortensia, con la moral por los suelos, comenzaba a buscar entre la hierba. La fresa era grande, pero la hierba era aún más alta, y la tarea parecía imposible.
Después de un rato de búsqueda infructuosa, Hortensia se sentó en una hoja, sintiéndose derrotada. Marisol se acercó a ella.
"¿No la encuentras?", preguntó Marisol con un tono indiferente.
Hortensia negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
Marisol suspiró. "Bueno, yo me voy. ¡Que tengas suerte!", dijo, y desplegó sus alas para volar de nuevo.
Pero justo cuando Marisol estaba a punto de alejarse, escuchó un pequeño sollozo proveniente de un arbusto cercano. Se acercó con curiosidad y vio a una pequeña oruga llorando.
"¿Qué te pasa?", preguntó Marisol.
"Me he perdido", gimió la oruga. "No sé cómo volver a casa."
Marisol, por primera vez en su vida, sintió una punzada de empatía. Recordó cómo Hortensia se había sentido cuando perdió la fresa. Decidió que debía hacer algo para ayudar.
"No te preocupes, pequeña oruga", dijo Marisol con una voz suave. "Yo te ayudaré a encontrar el camino a casa. Súbete a mi espalda y te llevaré volando."
La oruga, sorprendida, obedeció. Marisol voló sobre el prado, buscando las hojas de la planta donde vivía la oruga. Después de un rato, la oruga exclamó: "¡Ahí está! ¡Esa es mi casa!"
Marisol dejó a la oruga en su planta y regresó junto a Hortensia.
"Hortensia", dijo Marisol con un tono más sincero. "Lo siento mucho por lo de la fresa. No debí ser tan descuidada. Te ayudaré a buscarla."
Juntas, Hortensia y Marisol buscaron la fresa. Esta vez, Marisol puso todo su empeño en encontrarla. Usó sus grandes ojos para examinar cada rincón del prado. Finalmente, Marisol gritó: "¡La encontré! ¡Está aquí, debajo de este arbusto!"
Hortensia corrió hacia donde estaba Marisol y, efectivamente, allí estaba la fresa, un poco magullada, pero aún deliciosa.
"¡Gracias, Marisol!", exclamó Hortensia con una sonrisa. "¡No lo hubiera logrado sin tu ayuda!"
Marisol sonrió. "De nada, Hortensia. He aprendido una lección importante hoy. Es importante ayudar a los demás, y ser más cuidadosa."
Desde ese día, Marisol dejó de ser tan descuidada y se convirtió en una amiga para Hortensia. Aprendió a valorar el trabajo duro y la importancia de ayudar a los demás. Y Hortensia aprendió que incluso las mariposas más despreocupadas pueden cambiar y aprender a ser mejores.
Juntas, Hortensia y Marisol siguieron explorando el prado, compartiendo risas y aprendiendo la una de la otra. Hortensia recolectaba comida para su familia, y Marisol ayudaba a las criaturas necesitadas. Y así, vivieron felices para siempre en el prado verde y florido.
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