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Gratis · elegí una vozEn un lindo parque, donde los árboles danzaban con el viento y las flores pintaban el suelo de colores, vivía una conejita muy especial. Se llamaba Lila, y siempre llevaba un collar de perlas diminutas y un lazo lila que adornaba su suave pelaje blanco. Lila tenía muchos amigos, con quienes compartía risas y aventuras. Entre ellos estaban Pío, un pollito amarillo como el sol, Rodolfo, un hámster de mejillas regordetas, y Tita, una tortuga sabia y paciente.
Todos los días, Lila, Pío, Rodolfo y Tita se reunían en el parque para jugar a su juego favorito: la casaronda. Se tomaban de las manos, formando un círculo, y cantaban canciones alegres mientras daban vueltas y vueltas. La casaronda era su refugio, un lugar donde la amistad florecía y la alegría se multiplicaba.
Un día, mientras jugaban a la casaronda, una liebre apareció corriendo hacia ellos. Era una liebre grande y fuerte, con orejas largas y un pelaje marrón brillante. Al principio, los amigos no le prestaron mucha atención, pero pronto se dieron cuenta de que la liebre los estaba observando.
"¡Hola!", exclamó la liebre, con una voz fuerte y resonante. "¿Puedo jugar con ustedes?"
Lila, siempre amable y generosa, estaba a punto de invitar a la liebre a unirse a su juego, pero Pío la detuvo. "¡No, Liebre!", chilló Pío. "No puedes jugar con nosotros."
La liebre frunció el ceño, confundida. "¿Por qué no?", preguntó.
"Porque siempre dices malas palabras", respondió Rodolfo, con las mejillas infladas. "Y no nos gusta cuando dices malas palabras."
Tita asintió lentamente. "Es cierto, Liebre. Tus palabras nos hacen sentir tristes y nos arruinan la diversión."
La liebre se quedó en silencio por un momento, procesando las palabras de sus amigos. Sabía que tenían razón. A veces, cuando se sentía frustrada o enojada, dejaba escapar algunas palabras que no eran muy agradables. Pero nunca había pensado que esas palabras pudieran lastimar a los demás.
"Lo siento", dijo la liebre, con la cabeza gacha. "No me había dado cuenta de que mis palabras los lastimaban. No lo haré más."
Pero los amigos no estaban seguros de si podían confiar en la liebre. Ya la habían escuchado decir malas palabras muchas veces antes, y no sabían si realmente iba a cambiar.
"Lo siento, Liebre", dijo Lila. "Pero no podemos dejarte jugar con nosotros. No confiamos en ti."
La liebre se sintió muy triste. Quería ser parte del juego, quería tener amigos, pero había arruinado todo con sus malas palabras. Se dio la vuelta y se alejó, con el corazón apesadumbrado.
Durante los días siguientes, la liebre evitó el parque. Se sentía avergonzada y arrepentida por su comportamiento. Pensó mucho sobre lo que sus amigos le habían dicho, y se dio cuenta de que tenían razón. Sus palabras eran hirientes y no hacían más que crear problemas.
Un día, la liebre tomó una decisión. Iba a cambiar su forma de hablar. Iba a esforzarse por usar palabras amables y respetuosas, y nunca más diría malas palabras.
Con renovado coraje, la liebre regresó al parque. Vio a Lila, Pío, Rodolfo y Tita jugando a la casaronda, como siempre. Se acercó a ellos lentamente, sintiéndose nerviosa y asustada.
"Hola", dijo la liebre, con una voz suave y temblorosa. "Sé que no me quieren cerca, pero quería pedirles disculpas. Lamento mucho haber dicho malas palabras. Sé que los lastimé, y estoy muy arrepentida. Prometo que nunca más diré malas palabras. ¿Me perdonan?"
Lila, Pío, Rodolfo y Tita se miraron entre sí. Estaban sorprendidos de ver a la liebre tan humilde y arrepentida. Sabían que todos merecían una segunda oportunidad, y decidieron darle a la liebre una oportunidad de demostrar que había cambiado.
"Liebre", dijo Lila, con una sonrisa. "Te perdonamos. Todos cometemos errores. Lo importante es aprender de ellos."
Pío, Rodolfo y Tita asintieron con entusiasmo. "¡Sí, Liebre!", chilló Pío. "¡Bienvenido de nuevo!"
La liebre sintió que su corazón se llenaba de alegría. Estaba tan feliz de haber sido perdonada. Prometió no decepcionar a sus amigos.
Desde ese día, la liebre se unió a Lila, Pío, Rodolfo y Tita en su juego de la casaronda. Aprendió a controlar sus emociones y a usar palabras amables y respetuosas. Se convirtió en una amiga valiosa y apreciada, y todos juntos vivieron muchas aventuras felices en el lindo parque.
Y así, colorín colorado, el cuento de la Liebre Arrepentida y el Juego de la Casaronda se ha terminado. Recuerda siempre que las palabras tienen poder, y que es importante usarlas con cuidado y respeto.
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