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Gratis · elegí una vozLa Luna, redonda y brillante, soñaba con ser una bailaora de flamenco. Estaba aburrida de dar vueltas y vueltas alrededor de la Tierra. Todas las noches, miraba hacia abajo y veía a los niños bailar y cantar, y ella solo podía seguir girando, siempre al mismo ritmo. "¡Ay, qué ganas tengo de zapatear y mover mis volantes!", suspiraba.
Un día, mientras daba su paseo nocturno, un meteorito brillante y rápido pasó zumbando a su lado. "¡Hola, Luna! ¿Qué tal si dejas de dar vueltas aburridas y te vienes conmigo a ver el universo?", le propuso el meteorito con una voz muy convincente. La Luna, con su corazón lleno de deseos de aventura, se dejó engañar. ¡Abandonó su órbita! Se despidió tímidamente de la Tierra y se fue volando con el meteorito.
Al principio, todo era emocionante. El meteorito la llevaba a gran velocidad por el espacio, mostrándole estrellas y constelaciones. Pero pronto, el meteorito empezó a cambiar. Se volvió perezoso y exigente. "¡Luna, tráeme agua! ¡Luna, límpiame el polvo! ¡Luna, cuídame!" La Luna se dio cuenta de que el meteorito solo la había engañado para tener una niñera espacial.
¡Estaba furiosa! "¡No voy a cuidar de ti! ¡Quiero volver a la Tierra!", gritó la Luna. Y así, la Luna, decidida a regresar a casa, abandonó al meteorito y comenzó una increíble aventura a través del sistema solar.
Su primer destino fue Mercurio. "¡Hola, Mercurio! ¿Podrías ayudarme a volver a la Tierra?", preguntó la Luna. Mercurio, diminuto y achicharrado por el sol, respondió con prisa: "¡No tengo tiempo! Estoy demasiado cerca del sol y tengo que moverme muy rápido para no quemarme. ¡Adiós!"
La Luna continuó su viaje y llegó a Venus. "¡Oh, Venus, planeta hermoso! ¿Me ayudarías a regresar a mi órbita alrededor de la Tierra?" Venus, engreído y cubierto de nubes brillantes, solo pensaba en sí mismo. "¡Soy el planeta más hermoso! ¿Por qué iba a ayudarte? ¡Mira lo brillante que soy!", respondió con altivez.
Decepcionada, la Luna visitó Marte. "¡Marte, planeta rojo! ¿Me ayudarías a volver a la Tierra?" Marte, desconfiado y solitario, frunció el ceño. "No te conozco de nada. No hablo con extraños. ¡Vete!", gruñó.
La Luna siguió viajando y llegó a Júpiter, el gigante del sistema solar. Júpiter era tan grande que la Luna se sintió insignificante. Pensó que, aunque se quedara allí, se cansaría mucho dando vueltas a su alrededor.
Después, visitó a Saturno, el planeta más elegante, con sus anillos espectaculares. Saturno, al ver la belleza de la Luna, se puso celoso. "No te quiero cerca de mí. Si te quedas, ¡nadie se fijará en mis anillos!", exclamó con envidia.
En Urano, hacía un frío glacial. La Luna tembló y se dio cuenta de que se congelaría si se quedaba allí. Y Neptuno estaba demasiado lejos del sol, envuelto en una oscuridad profunda.
La Luna, desesperada, pensó en el Sol. "¡Quizás el Sol, la estrella del sistema solar, me quiera a su lado o me ayude a volver a la Tierra!" Pero cuando se acercó al Sol, sintió un calor tan intenso que tuvo que alejarse rápidamente. Era imposible acercarse.
Desolada y muy triste, la Luna se puso a recordar los días en que era feliz dando vueltas alrededor de la Tierra. Recordó las noches estrelladas, las olas del mar, los campos verdes y las caras sonrientes de los niños que la miraban. Pensó en todas las aventuras que habían vivido juntas, la Tierra y ella. ¡Cuánto la extrañaba!
Mientras lloraba, una estrella fugaz pasó a su lado. "¿Qué te sucede, Luna? ¿Por qué estás tan triste?", preguntó la estrella fugaz con amabilidad. La Luna le contó toda su historia: cómo se había dejado engañar por el meteorito, cómo había perdido a su gran amiga la Tierra, ese planeta maravilloso donde había agua, hierba y mucha gente que la miraba y soñaba con ella.
"Ahora me doy cuenta de que era feliz en la Tierra y deseo volver", sollozó la Luna. La estrella fugaz, conmovida por la tristeza de la Luna, decidió ayudarla. "¡Te llevaré de regreso!", exclamó.
¡Qué contenta se puso la Luna! Tanto se alegró que empezó a bailar por todo el espacio, moviendo sus cráteres como si fueran volantes de flamenco. Se agarró muy fuerte a la estrella fugaz y juntas emprendieron el viaje de regreso a la Tierra.
Y así, la Luna volvió a su lugar, a dar vueltas alrededor de la Tierra con una alegría inmensa. Había aprendido una lección muy importante: a menudo, lo que deseamos tener ya lo tenemos, y la verdadera felicidad está en valorar lo que somos y lo que tenemos. Ahora, la Luna baila flamenco para la Tierra cada noche, iluminando el cielo con su luz y su alegría, más feliz que nunca.
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