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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una pequeña isla rodeada de un mar azul brillante, una luna muy especial llamada Luna Llena Comilona. No era una luna normal. A Luna Llena Comilona, además de iluminar la noche, le encantaba comer. No comía estrellas, ni nubes, ¡no! A Luna Llena Comilona le gustaba la comida de la Tierra. Le encantaban las frutas jugosas, las verduras crujientes y, sobre todo, los pasteles esponjosos.
Desde el cielo, observaba a las personas que vivían en la isla. Veía a los niños jugando en la playa, a los pescadores regresando con sus barcos llenos, y a las abuelas cocinando deliciosas comidas. A Luna Llena Comilona le daban unos antojos terribles.
Un día, Luna Llena Comilona decidió que tenía que probar la comida de la isla. Se estiró, se estiró, y se estiró hasta que un pequeño pedazo de ella se desprendió y cayó suavemente sobre la arena de la playa. El pedazo de luna, al tocar la arena, se transformó en una niña pequeña, con el pelo plateado y los ojos brillantes como estrellas. La niña se llamaba Lunita.
Lunita, al despertar en la playa, se sintió un poco mareada, pero muy emocionada. Miró a su alrededor y vio el mar, la vegetación exuberante de la isla, y a lo lejos, las casas de las personas. Caminó hacia el pueblo, sintiendo la arena cálida bajo sus pies descalzos.
Al llegar al pueblo, Lunita vio a una niña llamada Sofía jugando con una pelota. Sofía, al ver a Lunita, se sorprendió por su pelo plateado, pero rápidamente se acercó y le preguntó su nombre.
"Me llamo Lunita," respondió la niña de la luna, sonriendo.
"¡Qué nombre tan bonito! Yo soy Sofía. ¿Quieres jugar conmigo?"
Lunita asintió con entusiasmo. Jugaron durante horas, corriendo por la playa, construyendo castillos de arena, y riendo a carcajadas. Lunita se sentía feliz, pero también sentía mucha curiosidad por la comida que veía en las mesas de las casas. Observaba a las personas comiendo mangos jugosos, plátanos maduros, y ensaladas coloridas.
Por la noche, Sofía invitó a Lunita a cenar a su casa. La abuela de Sofía había preparado una deliciosa sopa de verduras, con zanahorias, papas, y calabacín. Lunita nunca había probado algo así. Al probar la sopa, sus ojos se iluminaron. ¡Estaba deliciosa!
"¡Esto es increíble!" exclamó Lunita, comiendo con mucho apetito.
La abuela de Sofía sonrió. "Me alegro de que te guste, Lunita. Está hecha con mucho amor y con verduras frescas de nuestro huerto."
Después de la cena, la abuela de Sofía sacó un pastel de coco, esponjoso y dulce. Lunita nunca había visto un pastel tan grande. Al probarlo, sintió que estaba flotando en una nube de sabor. ¡Era el mejor pastel que había probado en su vida!
Lunita pasó varios días viviendo con Sofía y su familia. Probó muchas comidas nuevas y deliciosas. Aprendió a plantar semillas, a cosechar frutas, y a cocinar platos sencillos pero sabrosos. Se dio cuenta de que la comida no solo era deliciosa, sino que también unía a las personas.
Pero Lunita también extrañaba a su mamá, la Luna Llena Comilona. Sabía que tarde o temprano tendría que regresar al cielo. Una noche, mientras miraba la luna llena, sintió una conexión especial. La luna brillaba con más intensidad que nunca.
"Mamá Luna," susurró Lunita, "te extraño mucho."
De repente, una luz brillante envolvió a Lunita. Sintió que se elevaba hacia el cielo. Sofía, que estaba a su lado, la miraba con tristeza pero también con comprensión.
"Adiós, Sofía," dijo Lunita, con lágrimas en los ojos. "Siempre te recordaré."
Lunita regresó a la luna, transformándose de nuevo en un pedazo de ella. La Luna Llena Comilona brilló aún más fuerte esa noche, iluminando toda la isla. Había aprendido que la comida era maravillosa, pero la amistad y el amor eran aún más importantes. Y aunque extrañaba la comida de la Tierra, sabía que siempre podría observar a las personas de la isla y recordar los momentos felices que había compartido con Sofía.
Desde entonces, la Luna Llena Comilona siempre brillaba con un brillo especial sobre la isla, recordando a Lunita y la fiesta de sabores que había disfrutado en la Tierra. Y cada vez que veía a las personas comiendo y riendo juntas, se sentía feliz de haber compartido un pedacito de su luz con ellos.
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