La Malagueña y la Tamborrada Traviesa
La Malagueña, conocida por su mal humor, se une a la tamborrada del barrio con la intención de sabotear las fiestas. Sin embargo, el ritmo contagioso, la amabilidad de los vecinos y la paciencia de Don Ramón, el director, transforman su actitud, llevándola a encontrar la alegría en la música y la comunidad, abandonando sus planes de boicot.
En el barrio de Colores Vivos, vivía una señora a la que todos llamaban "La Malagueña". No era que fuera de Málaga, ni nada parecido. Era, simplemente, que siempre tenía una cara seria y un gesto de pocos amigos. Los niños susurraban que La Malagueña odiaba las fiestas, los globos y, sobre todo, la alegría. En Colores Vivos, las fiestas del barrio eran el evento del año. Había concursos de disfraces, carreras de sacos, y, lo más importante, la tamborrada. Un grupo de vecinos se juntaba semanas antes para ensayar con sus tambores y crear un ritmo festivo que contagiaba a todo el mundo. Este año, La Malagueña tuvo una idea. Una idea malvada, según ella, ¡genial! Decidió unirse al grupo de la tamborrada. "¡Ja!", pensó. "Desde dentro, podré sabotear las fiestas y destruir… ¡el mundo del buen humor!" (Aunque, para ser sinceros, lo de destruir el mundo era una exageración. La Malagueña, a veces, se dejaba llevar por la emoción del momento). Así que, con una sonrisa que parecía más una mueca, se presentó al primer ensayo. Don Ramón, el director de la tamborrada, un hombre con bigote blanco y corazón de niño, la recibió con los brazos abiertos. "¡Bienvenida, vecina! ¡Cuantos más seamos, mejor sonará!", exclamó Don Ramón, entregándole un tambor reluciente. La Malagueña cogió el tambor con desgana. Los demás vecinos la miraban con curiosidad. Estaban Esperanza, la panadera, que siempre tenía las manos llenas de harina; Juan, el florista, que adornaba su tambor con margaritas; y Sofía, la bibliotecaria, que llevaba un ritmo perfecto. El primer ensayo fue un desastre. La Malagueña, en lugar de seguir el ritmo, tocaba a destiempo, hacía redobles estruendosos cuando no tocaba y, en general, intentaba confundir a todo el mundo. Don Ramón, con paciencia, intentaba corregirla. "¡No, Malagueña, así no! ¡Recuerda, un, dos, tres, pum!", decía Don Ramón, marcando el ritmo con su bastón. Pero La Malagueña, en lugar de mejorar, empeoraba. Parecía que lo hacía a propósito. Y, en realidad, lo hacía. Quería que la tamborrada fuera tan mala que nadie quisiera participar en las fiestas. Sin embargo, algo inesperado comenzó a suceder. Al principio, La Malagueña solo sentía frustración. Pero, poco a poco, mientras intentaba desentonar, comenzó a sentir… ¡algo parecido a la diversión! El ritmo del tambor, aunque al principio le molestaba, ahora empezaba a meterse dentro de ella. Esperanza, la panadera, le sonreía con cada golpe de tambor. Juan, el florista, le ofrecía una margarita para adornar su tambor. Y Sofía, la bibliotecaria, le susurraba consejos para mejorar su ritmo. Un día, después de un ensayo particularmente caótico, La Malagueña se sentó sola en un banco de la plaza. Estaba cansada de intentar ser malvada. De pronto, sintió que alguien se sentaba a su lado. Era Don Ramón. "Malagueña", dijo Don Ramón con voz suave, "sé que no te gusta mucho la alegría. Pero la alegría no es algo que se pueda imponer. Es algo que se contagia. Y creo que, en el fondo, a ti también te gusta un poquito". La Malagueña no dijo nada. Miró sus manos, callosas de tanto tocar el tambor. Miró el tambor, ahora lleno de pequeñas abolladuras y arañazos. Miró a Don Ramón, con su bigote blanco y su sonrisa amable. Al día siguiente, en el ensayo, La Malagueña hizo algo sorprendente. Siguió el ritmo. No a la perfección, por supuesto. Todavía se equivocaba de vez en cuando. Pero lo intentaba. Y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Una sonrisa de verdad, no una mueca. Las fiestas del barrio fueron un éxito. La tamborrada, aunque con algunos fallos, fue la mejor de todas. La Malagueña, con su tambor lleno de abolladuras, tocaba con entusiasmo. Ya no quería destruir el mundo (ni siquiera el mundo del buen humor). Ahora, solo quería tocar el tambor y disfrutar de la alegría de Colores Vivos. Y, aunque nunca dejó de ser "La Malagueña", los niños dejaron de susurrar sobre ella. Ahora, la saludaban con una sonrisa y le pedían que les enseñara a tocar el tambor. Y La Malagueña, con una sonrisa (a veces), aceptaba. Porque, al final, hasta la Malagueña más gruñona puede encontrar la alegría en un buen ritmo de tambor.
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