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Gratis · elegí una vozEra *mañana* y el sol asomaba tímidamente por la ventana de la habitación de Sofía. Sofía era una niña muy despierta, pero a veces, ¡ay, a veces!, las mañanas se le hacían un poco… complicadas. Hoy, parecía ser una de esas mañanas.
Primero, el *desayuno*. Mamá había preparado tortitas con fresas, ¡las favoritas de Sofía! Pero justo cuando iba a dar el primer bocado, ¡plof!, una fresa saltó de la tortita y aterrizó en su nariz. Sofía soltó una carcajada y la fresa, aprovechando la distracción, rodó hasta caer al suelo.
"¡Oh no!", exclamó Sofía, riendo. Recogió la fresa, la lavó rápidamente y volvió a colocarla en su tortita. Esta vez, decidió comer con más cuidado. Pero, ¡oh, sorpresa!, otra fresa intentó escapar. Sofía, prevenida, la atrapó al vuelo y se la comió de un bocado. "¡Ja! No te escaparás tan fácilmente", dijo, guiñando un ojo a la tortita.
Con el desayuno a medio terminar, Sofía recordó los *zapatos*. Tenía unos zapatos nuevos, ¡unos zapatos azules con estrellas brillantes! Estaba deseando estrenarlos. Corrió a su armario y allí estaban, relucientes y esperándola. Pero al intentar ponérselos, ¡oh, vaya!, uno de los cordones estaba atado con un nudo enorme, ¡un nudo imposible!
Sofía intentó desatarlo con sus deditos, pero el nudo parecía burlarse de ella. Tiró y tiró, pero el nudo se apretaba más y más. Frustrada, Sofía gritó: "¡Mamá, necesito ayuda con este nudo malvado!". Mamá llegó en su rescate y, con paciencia y un poco de magia, logró deshacer el nudo. Sofía, aliviada, se puso los zapatos. ¡Eran perfectos! Al dar un paso, sintió como si sus pies tuvieran alas.
Ya con los zapatos puestos, solo faltaba la *mochila*. Sofía tenía una mochila de color rosa con un dibujo de un unicornio. Dentro guardaba sus libros, sus lápices de colores y su peluche favorito, un conejito llamado Saltarín. Pero, ¿dónde estaba la mochila? Sofía miró debajo de la cama, detrás de la puerta, ¡incluso dentro del armario! Pero la mochila no aparecía por ningún lado.
"¡Mamá, no encuentro mi mochila!", gritó Sofía, con un tono de desesperación en su voz. Mamá, con su sonrisa tranquilizadora, le dijo: "Tranquila, Sofía, seguro que está por aquí. ¿Has mirado en el salón?". Sofía corrió al salón y allí estaba, ¡encima del sofá! Suspiró aliviada. Había estado tan preocupada por las fresas y los zapatos, que había olvidado dónde había dejado la mochila.
Pero la aventura no había terminado. Al abrir la mochila para comprobar que todo estuviera dentro, ¡oh, sorpresa!, el conejito Saltarín no estaba. Sofía sintió un vuelco en el corazón. ¡No podía ir al colegio sin Saltarín! Era su amuleto de la suerte. Empezó a buscarlo por todas partes, debajo de los cojines, detrás de las cortinas, ¡incluso dentro de la nevera!
"¡Saltarín, Saltarín, ¿dónde estás?", gritaba Sofía, con lágrimas en los ojos. De repente, escuchó un pequeño ruido que venía de dentro de la mochila. Con cuidado, metió la mano y allí estaba Saltarín, acurrucado dentro de un estuche de lápices. Sofía lo abrazó con fuerza. "¡Saltarín, me has dado un buen susto!", le dijo.
Con Saltarín a salvo en la mochila, Sofía estaba lista para ir al colegio. Pero antes de salir, miró a su alrededor y vio el pequeño caos que había provocado: una fresa en el suelo, un cordón desatado y cojines por todas partes. Decidió que, a pesar de la mañana alocada, era importante dejar todo en orden.
Así que, con una sonrisa, recogió la fresa, ató el cordón de repuesto de sus zapatos, y ordenó los cojines. Mamá la observaba con orgullo. "Ves, Sofía, incluso las mañanas más alocadas pueden tener un final feliz", le dijo.
Sofía abrazó a su mamá, cogió su mochila y salió corriendo hacia el colegio. Sabía que, aunque las mañanas a veces fueran complicadas, siempre podía contar con el amor de su familia y la compañía de su amigo Saltarín. Y, por supuesto, ¡con sus zapatos azules con estrellas brillantes que la hacían sentir como si tuviera alas! Al llegar al colegio, Sofía conto a sus amigos sobre su mañana loca. Todos rieron mucho.
Esa noche, Sofía durmió plácidamente, soñando con fresas saltarinas, zapatos con alas y conejitos aventureros. Y sabía que, aunque la *mañana* siguiente pudiera traer nuevas sorpresas, ella estaría lista para enfrentarlas con una sonrisa y mucha alegría.
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