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Gratis · elegí una vozMarimalita no era como las demás mariposas. Bueno, al menos eso creía ella. Desde que nació, se había sentido diferente. Sus alas, en lugar de ser brillantes y coloridas, eran de un tono marrón apagado, como el pelaje de un ratón. Y su vuelo, en lugar de ser elegante y grácil, era torpe y tembloroso. Por eso, las otras mariposas la llamaban "Marimalita Fea".
Un día, mientras se escondía debajo de una hoja de col, escuchó a un grupo de ratones parlanchines. Uno de ellos, un ratón gordinflón con un chaleco a cuadros, la miró con curiosidad. "¡Miren! ¡Una mariposa que parece un ratón!", exclamó, provocando las risas de sus compañeros. Marimalita se sintió avergonzada y salió volando torpemente, con lágrimas en los ojos.
Desconsolada, se refugió en el establo de una granja cercana. Allí, una cerda enorme y rosada, llamada Gertrudis, estaba revolcándose en el barro. Gertrudis era conocida por su sabiduría y su gran corazón. Al ver a Marimalita llorando, se acercó con suavidad. "¿Qué te aflige, pequeña?", preguntó con su voz grave pero amable.
Marimalita le contó su historia, cómo las mariposas la llamaban "Fea" y los ratones se burlaban de su apariencia. Gertrudis escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando. Cuando Marimalita terminó, Gertrudis sonrió. "Querida, no debes dejar que las palabras de los demás te definan", dijo Gertrudis. "Eres única y especial, tal como eres".
"Pero... soy diferente", murmuró Marimalita. "Mis alas no son bonitas y mi vuelo es torpe".
Gertrudis resopló suavemente. "¿Y qué? ¿Acaso todas las flores son iguales? ¿Acaso todos los árboles tienen la misma forma? La belleza está en la diversidad, en la diferencia. Tu singularidad es lo que te hace especial".
Gertrudis le contó una historia de una abeja que no podía volar derecho, y como esa abeja aprendió a usar su diferencia para recolectar polen de flores que otras abejas no alcanzaban. Le contó de un caracol que era lento y cómo usó su lentitud para apreciar las pequeñas cosas que otros caracoles no notaban.
Marimalita escuchó atentamente, sintiendo que algo cambiaba dentro de ella. Tal vez Gertrudis tenía razón. Tal vez su diferencia no era una maldición, sino una bendición. Decidió poner a prueba la idea de Gertrudis. Empezó a observar a las otras mariposas y ratones con más detenimiento. Se dio cuenta de que cada uno tenía sus propias peculiaridades y rarezas. Algunas mariposas tenían antenas torcidas, otras tenían alas manchadas. Algunos ratones eran tímidos, otros eran demasiado ruidosos. Pero todos, a su manera, eran únicos y especiales.
Un día, mientras volaba cerca de un campo de flores, vio a un grupo de mariposas atrapadas en una tela de araña. Las mariposas aleteaban desesperadamente, pero no podían liberarse. Marimalita, recordando su vuelo torpe pero fuerte, voló hacia la tela de araña y comenzó a golpearla con sus alas. Su vuelo, que antes consideraba un defecto, ahora era su mayor fortaleza. Con cada golpe, la tela de araña se debilitaba. Finalmente, después de un esfuerzo considerable, Marimalita logró romper la tela de araña y liberar a las mariposas.
Las mariposas, agradecidas, la rodearon. "¡Gracias, Marimalita!", exclamaron. "Nos has salvado la vida". Desde ese día, Marimalita ya no fue "Marimalita Fea". Se convirtió en "Marimalita Valiente", la mariposa que usó su diferencia para ayudar a los demás. Aprendió a amarse a sí misma tal como era, con sus alas marrones y su vuelo torpe. Y descubrió que la verdadera belleza reside en la aceptación y el amor propio.
Un día, mientras descansaba en una flor de diente de león, un ratón pequeño se acercó tímidamente a ella. Era uno de los ratones que se había reído de ella antes. "Lo siento, Marimalita", dijo el ratón. "Estábamos equivocados. Eres una mariposa increíble". Marimalita sonrió. "Gracias", respondió. "Pero no te preocupes. Todos cometemos errores".
Desde ese día, Marimalita se convirtió en amiga de las mariposas y los ratones. Aprendió a apreciar la belleza de la diversidad y a celebrar la singularidad de cada ser vivo. Y entendió que la verdadera felicidad no está en ser como los demás, sino en ser uno mismo.
Y así, Marimalita, la mariposa que creía ser un ratón, vivió feliz para siempre, volando torpemente pero con el corazón lleno de alegría y aceptación.
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