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Gratis · elegí una vozEl eco apagado de los pasos resonó mientras los aventureros descendían en la extraña mazmorra. Sofía, con su mochila llena de caramelos de limón, se agarraba con fuerza a la mano de su hermano mayor, Tomás, quien a su vez sostenía una linterna titilante. Tras ellos, Doña Elena, la abuela de ambos y experta en historias antiguas, tosía suavemente, envuelta en su chal de lana color lavanda.
El aire era espeso, casi sólido… cargado de un olor metálico a sangre vieja y a putrefacción húmeda, como si las paredes mismas exhalaran muerte. Sofía arrugó la nariz. "¡Uf! ¿Qué es ese olor, Abuela?", preguntó.
Doña Elena frunció el ceño. "Es el olor del olvido, querida. Esta mazmorra ha permanecido sellada durante mucho tiempo. Pero no os preocupéis, tengo un plan."
Tomás, siempre el más valiente, alzó la linterna. "¿Un plan? ¿Para qué necesitamos un plan? Solo tenemos que encontrar el tesoro y salir de aquí."
"No tan rápido, jovencito", respondió Doña Elena con una sonrisa. "Esta mazmorra no es como las demás. Se dice que ha robado la música del mundo. Que una vez, cada piedra cantaba, cada rincón susurraba melodías. Pero ahora… solo silencio."
Mientras avanzaban, el silencio se hacía más palpable. Era un silencio que pesaba, un silencio que dolía. De repente, Sofía se detuvo. "¡Escuchad!", susurró.
Tomás y Doña Elena aguzaron el oído. Al principio, solo oyeron el goteo constante del agua y el eco de sus propios pasos. Pero luego, un sonido débil, casi imperceptible, se filtró en el silencio. Era una nota musical, una sola nota, temblorosa y frágil.
"¡Ahí está!", exclamó Doña Elena. "La música aún vive aquí, aunque sea muy débil. Debemos encontrar la fuente y devolverle su fuerza."
Siguieron el sonido, que los llevó a una gran sala con paredes cubiertas de extrañas inscripciones. En el centro de la sala, sobre un pedestal de piedra, descansaba una flauta de cristal. Era hermosa, pero estaba cubierta de polvo y telarañas.
Tomás se acercó a la flauta y la tomó en sus manos. "Es preciosa", dijo. "Pero no suena."
Doña Elena sacó de su bolso un pequeño pañuelo de seda y limpió cuidadosamente la flauta. "La música está atrapada dentro", explicó. "Necesitamos una llave para liberarla. Una llave que solo el corazón puede encontrar."
Sofía observó las inscripciones en las paredes. Eran extrañas y complicadas, pero de repente, una imagen le llamó la atención: un dibujo de un corazón con una llave en su interior.
"¡Abuela!", exclamó. "¡Mira! Creo que la llave está en el corazón."
Doña Elena sonrió. "Eres muy lista, Sofía. Pero, ¿cómo abrimos un corazón?"
Tomás se rascó la cabeza. "¿Con una canción? Tal vez si cantamos, la música despertará."
Así que, los tres aventureros unieron sus voces y cantaron. Cantaron canciones de cuna, canciones de juegos, canciones de alegría y esperanza. Al principio, sus voces temblaban, pero poco a poco se hicieron más fuertes y seguras.
Mientras cantaban, las inscripciones en las paredes empezaron a brillar. La flauta de cristal vibró en las manos de Tomás. Y entonces, un sonido dulce y claro llenó la sala. Era la música de la mazmorra, liberada de su prisión de silencio.
La flauta tocaba una melodía alegre y contagiosa. Las paredes parecían respirar, y el aire se llenó de color. El olor a muerte desapareció, reemplazado por un aroma a flores silvestres.
De repente, la sala se iluminó con una luz dorada. Una figura apareció flotando en el aire. Era una anciana con un rostro amable y una sonrisa radiante. Llevaba un vestido hecho de notas musicales y su cabello brillaba como el sol.
"Gracias", dijo la anciana con una voz melodiosa. "Me habéis liberado de la maldición del silencio. Yo soy la guardiana de la música de esta mazmorra. Durante muchos años, un hechicero malvado me encerró aquí y robó mi voz. Pero vuestra bondad y vuestra música me han devuelto la vida."
La anciana extendió su mano hacia Tomás y le entregó la flauta de cristal. "Esta flauta os pertenece ahora", dijo. "Usadla con sabiduría y nunca dejéis que el silencio os venza."
Después, la anciana desapareció en un rayo de luz. La música siguió sonando, llenando la mazmorra de alegría y esperanza.
Tomás, Sofía y Doña Elena salieron de la mazmorra, llevando consigo la flauta de cristal y la promesa de nunca dejar que el silencio se apoderara del mundo. Y así, volvieron a casa, no con oro ni joyas, sino con el tesoro más valioso de todos: la música en sus corazones.
Al llegar a casa, Tomás comenzó a tocar la flauta, la melodía resonó por todo el pueblo, despertando alegría y esperanza en todos los corazones. Sofía bailaba al son de la música, llena de felicidad. Y Doña Elena sonreía, sabiendo que la aventura había valido la pena.
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