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Había una vez, en un reino donde las nubes parecían algodón de azúcar y los ríos susurraban melodías antiguas, una princesa llamada Meliby. A sus dieciocho años, Meliby poseía una belleza que los poetas intentaban capturar sin éxito: una larga cabellera dorada que brillaba como el trigo al sol, una piel pálida como el mármol de las estatuas del jardín y unos ojos esmeralda que, lamentablemente, habían perdido su chispa. A pesar de vivir en un palacio de cristal y oro, Meliby estaba sumida en una tristeza profunda y silenciosa. No era una tristeza por falta de lujos, sino por la monotonía de una vida dictada por protocolos y etiquetas que asfixiaban su espíritu joven.
Un martes de primavera, harta de las lecciones de etiqueta y de los pretendientes estirados que solo hablaban de impuestos y guerras, Meliby decidió escapar. Se puso su vestido de seda verde esmeralda favorito, se soltó el cabello y corrió hacia el Campo de los Girasoles, un lugar prohibido por la guardia real debido a su lejanía. Mientras caminaba entre las flores gigantes, el aroma a tierra húmeda y polen comenzó a aliviar su pecho, pero las lágrimas seguían allí, contenidas, esperando un motivo para brotar.
Fue entonces cuando escuchó un ruido extraño. No era el canto de un pájaro ni el susurro del viento, sino el sonido de alguien tropezando repetidamente. Al asomarse por un claro, vio a un joven de unos diecinueve años, con el cabello castaño revuelto y pecas salpicando su nariz. Vestía un chaleco disparatado de colores amarillo y azul, con parches en los pantalones. Estaba intentando hacer malabares con tres naranjas mientras caminaba sobre un tronco caído, pero su coordinación era, por decir lo menos, desastrosa.
—¡Ay, caramba! —exclamó el chico mientras las tres naranjas aterrizaban directamente sobre su cabeza, una tras otra. Se desplomó en la hierba con una gracia nula, soltando una carcajada sonora y honesta.
Meliby no pudo evitarlo. Una pequeña risa, como el tintineo de una campana de plata, escapó de sus labios. El chico se incorporó de un salto, se sacudió el polvo y la miró con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Vaya! He logrado que la estatua del jardín cobre vida —dijo él con un guiño—. Soy Toby, el experto oficial en caídas accidentales y chistes que no dan risa. ¿Y tú quién eres, además de alguien que acaba de presenciar mi humillación pública?

—Soy Meliby —respondió ella, secándose una lágrima traicionera—. Y no fue una humillación, fue... interesante.
—¿Interesante? Eso es lo que dicen cuando el pastel está quemado pero no quieren herir los sentimientos del panadero —Toby se acercó con paso torpe—. Escucha, Meliby, pareces más triste que un pingüino en un desierto. ¿Sabes qué le dice un jaguar a otro jaguar? ¡Jaguar you!
Meliby se quedó en silencio un segundo y luego estalló en una carcajada real, de esas que duelen en el estómago. El chiste era tan malo que resultaba brillante. Toby, emocionado por su éxito, continuó con su repertorio. Pasaron las horas y el campo se llenó de historias absurdas. Toby no era un príncipe, ni un caballero, era simplemente un joven que encontraba alegría en lo ridículo.
Con el paso de las semanas, Meliby regresaba al campo cada tarde. Toby la esperaba con un nuevo arsenal de piropos que harían sonrojar a cualquiera por su cursilería.
—Meliby —le dijo un día mientras le entregaba una margarita despeinada—, si fueras un ángulo, serías el más agudo, porque siempre cortas mi respiración con esa mirada.
—¡Toby, eso ni siquiera tiene sentido! —respondía ella, aunque su corazón latía con fuerza.

—No tiene que tenerlo —replicaba él—. Como tampoco tiene sentido que un bobito como yo esté tan enamorado de una princesa que sabe tanto de astronomía y sin embargo se pierde en mis chistes de frutas. Si la belleza fuera pecado, tú estarías cumpliendo cadena perpetua en el castillo de mi corazón.
Se convirtieron en los 'bobitos enamorados' del reino. Meliby ya no se preocupaba por la etiqueta; ahora corría por el barro y aprendía a hacer malabares (fallando tanto como él). Toby, por su parte, trataba de ser un poco más 'caballeroso', aunque siempre terminaba tropezando con su propia sombra o diciendo algo como: '¿Sabes por qué los pájaros vuelan al sur? Porque caminar es muy cansado, igual que es cansado intentar no besarte cada vez que sonríes'.
El escándalo estalló cuando Meliby anunció en el palacio que se casaría con Toby. El Rey se puso rojo como un tomate y la Reina casi se desmaya sobre su canapé. Pero Meliby se mantuvo firme. Les explicó que Toby le había devuelto la vida, que prefería mil veces un chiste malo que una cena de gala en silencio. Al final, ante la evidencia de la felicidad radiante de su hija, los reyes cedieron.
La boda fue la más inusual de la historia. No hubo coros solemnes, sino música alegre y un banquete donde se permitía comer con las manos. Toby, vestido con un traje que le quedaba un poco grande y una corbata ligeramente torcida, tomó las manos de Meliby frente al altar de flores.
—Prometo —dijo Toby con voz clara, pero con ese brillo travieso en los ojos— que nunca te faltarán motivos para reír. Prometo que siempre te consentiré: si tienes frío, seré tu manta; si tienes hambre, aprenderé a cocinar (aunque probablemente queme el agua); y si estás triste, seré el tonto que haga el ridículo solo para ver esa curva hermosa en tus labios. Eres mi princesa, pero sobre todo, eres mi mejor amiga.
Meliby, con su vestido de novia blanco con bordados de hilos verdes, lo miró con un amor infinito. —Y yo prometo reírme de todos tus chistes, por muy malos que sean, y cuidarte cada vez que te caigas, que sé que será seguido.
Se casaron y vivieron en un ala del palacio que transformaron en un hogar lleno de colores y desorden feliz. Toby cumplió su palabra. Cada mañana, despertaba a Meliby con un piropo nuevo: '¿Eres un diccionario? Porque le das significado a mi vida'. Y aunque pasaron los años y se convirtieron en reyes, nunca dejaron de ser aquellos dos bobitos enamorados en un campo de girasoles, demostrando a todo el mundo que el amor verdadero no necesita ser perfecto, solo necesita ser capaz de reírse de sí mismo.
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