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Ana tenía 13 años y, como a muchos chicos de su edad, le tocaba ir a la escuela. Pero para Ana, ir a la escuela se había convertido en algo difícil, casi una tortura. La razón tenía un nombre y un apellido: Sady Bulnes. Sady era un compañero de clase que siempre, siempre, la miraba. No era una mirada rápida o casual. Era una mirada fija, intensa, que hacía que a Ana se le pusiera la piel de gallina.
"¡No puedo más!" pensaba Ana cada mañana al sonar el despertador. La idea de tener que enfrentarse a la mirada de Sady la llenaba de angustia. Ya no disfrutaba las clases de matemáticas, ni los recreos con sus amigas, ni siquiera el delicioso olor a pastel que salía de la cafetería. Todo se había vuelto gris y aburrido, eclipsado por la constante sensación de ser observada.
Ana intentó ignorarlo. Se sentaba en la esquina más alejada del salón, se cubría con su cabello, pretendía estar absorta en sus libros. Pero nada funcionaba. Parecía que Sady tenía una especie de radar, una habilidad especial para encontrarla sin importar dónde estuviera. Su mirada siempre la alcanzaba.
"¿Por qué me mira así?" se preguntaba Ana, sintiendo un escalofrío. ¿Le estaría haciendo burla? ¿Le encontraría algo raro? ¿O tal vez… tal vez le odiaba? Esta última idea le parecía la más probable. Después de todo, ¿por qué alguien la miraría tanto si no fuera por algo malo?
Un día, Ana se armó de valor y se lo contó a su mejor amiga, Sofía. Sofía era alta, morena y muy segura de sí misma. Escuchó a Ana con atención y luego le dijo: "Quizás… quizás le gustas, Ana".
Ana se echó a reír. "¡Qué tontería! ¡Sady Bulnes odiarme es más probable que gustarle! Además, ¡mira cómo me mira! ¡Parece que me va a comer!"
Sofía insistió: "A veces los chicos son raros, Ana. No saben cómo demostrar lo que sienten. Quizás esa mirada intensa es su manera de decirte que le pareces bonita".
Ana no estaba convencida, pero la idea le quedó dando vueltas en la cabeza. ¿Podría ser que Sofía tuviera razón? La sola posibilidad le causaba un revuelo en el estómago.
Los días pasaron, convertidos en semanas, y las semanas en meses. Ana seguía sintiendo la mirada de Sady, pero ahora, en lugar de sentir solo angustia, también sentía una pizca de curiosidad. Empezó a observarlo a él también, disimuladamente, claro.
Descubrió que Sady no era tan feo como ella pensaba. Tenía el pelo castaño oscuro, unos ojos grandes y expresivos, y una sonrisa tímida que raramente mostraba. Un día, Ana se cruzó con Sady en el pasillo. Él la miró, como siempre, pero esta vez, en lugar de apartar la mirada, Ana le sostuvo la suya. Por un instante, sus ojos se encontraron y Ana sintió algo extraño, una especie de… ¿atracción?
"¡No puede ser!" pensó Ana, sonrojándose. ¡Le estaba empezando a gustar Sady Bulnes! El chico que la había atormentado durante meses, ahora le parecía… hermoso. Sus ojos ya no le parecían amenazantes, sino profundos y misteriosos. Su silencio ya no la asustaba, sino que la intrigaba.
La escuela se volvió un lugar diferente. Ana ya no se escondía, sino que buscaba a Sady con la mirada. Cuando lo veía, sentía un cosquilleo en el estómago y una sonrisa tonta se dibujaba en sus labios. Ahora era ella la que no podía dejar de mirarlo.
Un día, a la salida de la escuela, Sady la estaba esperando. Ana se acercó a él, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora.
"Hola, Ana", dijo Sady, con la voz un poco temblorosa.
"Hola, Sady", respondió Ana, intentando disimular su nerviosismo.
Sady se acercó aún más a ella, la miró fijamente a los ojos y, de repente, la besó. Fue un beso rápido, torpe y un poco pegajoso.
Cuando Sady se separó, Ana se quedó paralizada. No sabía qué decir ni qué hacer. Se esperaba que el beso fuera mágico, como en las películas, pero no lo fue. No le gustó. Para nada. Sintió una gran decepción y un poco de asco.
Sin decir una palabra, Ana se dio la vuelta y se fue corriendo a casa. Sady se quedó allí, parado, con una expresión de confusión en el rostro.
Ana llegó a casa y se encerró en su habitación. Se tiró en la cama y empezó a llorar. No lloraba por Sady, sino por la desilusión. Había idealizado tanto la situación que la realidad la había golpeado con fuerza.
Después de llorar un rato, Ana se levantó, se lavó la cara y se miró al espejo. Se dio cuenta de que no necesitaba a Sady para ser feliz. Ella era suficiente. Y, aunque la mirada de Sady Bulnes había sido un misterio que la había perturbado durante mucho tiempo, ahora era solo un recuerdo. Un recuerdo que, con el tiempo, se desvanecería. Y así terminó esta historia, con un beso que no fue y una lección aprendida.
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