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Gratis · elegí una vozDoña Emilia era famosa en todo el pueblo de Villa Aromas por su nariz. ¡No era una nariz cualquiera! Era una nariz grande, redonda y capaz de oler el perfume de las rosas a kilómetros de distancia. Con su nariz, Doña Emilia sabía cuándo el pastel de manzana de la panadería estaba listo, cuándo las fresas del mercado estaban en su punto y cuándo iba a llover, incluso antes de que el cielo se nublara.
Un día, Doña Emilia se despertó y sintió algo extraño. Se tocó la cara... ¡Su nariz no estaba! ¡Había desaparecido! En su lugar, solo había un hueco liso. ¡Oh, no! ¿Cómo iba a oler las rosas, adivinar el clima o saber si el pastel de manzana estaba horneado a la perfección?
Doña Emilia entró en pánico. Corrió a la panadería. "Señor Panadero, ¡mi nariz ha desaparecido! ¿Cómo voy a saber cuándo su pastel de manzana está listo?" El Señor Panadero, un hombre gordo y bonachón, se rascó la cabeza. "¡Vaya, Doña Emilia! Eso es un problema. Pero no se preocupe, yo le avisaré." Doña Emilia suspiró. No era lo mismo.
Luego, fue al mercado. "Señora Fresita, ¡mi nariz ha desaparecido! ¿Cómo voy a saber si sus fresas están dulces?" La Señora Fresita, una mujer menuda y sonriente, le ofreció una fresa. "Pruebe, Doña Emilia. ¡Estas fresas están deliciosas!" Doña Emilia mordió la fresa. Era dulce, sí, pero no era lo mismo sin su nariz.
Desesperada, Doña Emilia fue a ver a Don Sabio, el anciano del pueblo que lo sabía todo. "Don Sabio, ¡mi nariz ha desaparecido! ¿Qué voy a hacer?" Don Sabio, con su larga barba blanca, la miró con sus ojos brillantes. "Doña Emilia, a veces las cosas desaparecen para que aprendamos algo nuevo. ¿Qué has aprendido hoy?"
Doña Emilia pensó. Había aprendido que el Señor Panadero era muy amable, que la Señora Fresita tenía fresas deliciosas y que, incluso sin su nariz, podía saborear la dulzura de la vida. "He aprendido que las personas son amables y que puedo disfrutar de las cosas incluso sin mi nariz," dijo Doña Emilia.
Don Sabio sonrió. "Exactamente, Doña Emilia. A veces, nos aferramos tanto a una cosa que olvidamos apreciar lo que nos rodea." De repente, Don Sabio señaló hacia el cielo. "Mira, Doña Emilia." Doña Emilia miró hacia arriba. Una pequeña mariposa, con las alas brillantes como el arcoíris, volaba hacia ella. La mariposa se posó suavemente en el hueco donde antes estaba su nariz.
¡Y allí estaba! ¡Su nariz! La mariposa era en realidad una mariposa mágica que podía conceder un deseo a cambio de una lección aprendida. Doña Emilia estaba tan feliz que abrazó a Don Sabio y a la Señora Fresita (que casualmente pasaba por allí).
Con su nariz de vuelta, Doña Emilia corrió a la panadería. Inhaló profundamente. "¡El pastel de manzana necesita cinco minutos más!" gritó. El Señor Panadero se sorprendió. "¡Increíble! ¡Tiene usted razón, Doña Emilia!" Luego, corrió al mercado. Inhaló el aroma de las fresas. "¡Estas fresas son las más dulces que he olido en mi vida!" La Señora Fresita sonrió. "¡Lo sabía!"
Doña Emilia estaba feliz de tener su nariz de vuelta, pero también estaba agradecida por la lección que había aprendido. Sabía que, incluso sin su nariz, podía encontrar alegría y amabilidad en el mundo. Y a partir de ese día, Doña Emilia no solo usó su nariz para oler, sino también para sonreír y apreciar todo lo que la rodeaba.
Un día, un niño llamado Pedrito se acercó a Doña Emilia. Estaba triste porque había perdido su juguete favorito. Doña Emilia se agachó y le dijo: "Pedrito, a veces las cosas desaparecen, pero eso no significa que no puedas encontrar alegría. Mira a tu alrededor. ¿Qué ves?" Pedrito miró a su alrededor. Vio a sus amigos jugando, flores de colores y el sol brillando. Sonrió. "Veo muchas cosas bonitas," dijo.
Doña Emilia le sonrió. "Exactamente, Pedrito. Y aunque tu juguete se haya ido, siempre tendrás estas cosas bonitas para disfrutar." Pedrito abrazó a Doña Emilia. Había aprendido una valiosa lección. Y Doña Emilia, con su nariz grande y redonda, siguió oliendo las rosas, adivinando el clima y enseñando a todos a apreciar la belleza del mundo, incluso cuando algo desaparecía.
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