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Gratis · elegí una vozLas linternas temblaban en las manos de Sofía. A su lado, Mateo tragó saliva ruidosamente. Era la noche de la pijamada en el Colegio Encantado, y aunque todos estaban emocionados durante el día, ahora, con las luces apagadas y los largos pasillos silenciosos, el miedo comenzaba a hacerse sentir.
Tres niñas, Sofía, Lucía y Ana, y cinco niños, Mateo, Pablo, Juan, Diego y Carlos, habían sido los afortunados elegidos para pasar la noche en el colegio. La idea era divertirse, contar historias de miedo y, sobre todo, ¡no dormir! La maestra, la Señora Elena, les había dejado provisiones: pizza, palomitas y refrescos suficientes para una pequeña fiesta.
Pero la Señora Elena también les había advertido: "Este colegio es muy antiguo. Se dice que por las noches... ocurren cosas extrañas. Pero no se preocupen, ¡seguro que son solo cuentos!"
Después de la pizza y las palomitas, Mateo, el más valiente del grupo (al menos eso decía él), propuso contar historias de miedo. La primera fue de Juan, sobre un fantasma que vivía en la biblioteca y movía los libros por la noche. Luego, Ana contó sobre una estatua en el patio que, supuestamente, abría los ojos cuando nadie la veía.
El silencio era interrumpido solo por los susurros y las risas nerviosas. De repente, un golpe fuerte resonó en el pasillo. Todos saltaron. "¿Qué fue eso?" preguntó Lucía, con la voz temblorosa.
Mateo, intentando mantener su imagen de valiente, encendió su linterna y dijo: "¡Voy a investigar! ¡No se muevan!"
Con la linterna temblando, Mateo se adentró en el pasillo oscuro. Los demás lo siguieron, pegados unos a otros como si fueran un solo ser. Llegaron a la puerta del salón de música, que estaba entreabierta. Un viento frío soplaba desde adentro.
Mateo empujó la puerta lentamente. ¡CRASH! Un piano, que normalmente estaba cubierto con una tela, estaba abierto y las teclas se movían solas, produciendo una melodía extraña y desafinada.
"¡Ahhhhh!" Gritaron todos al unísono, retrocediendo rápidamente. Cerraron la puerta de golpe y corrieron de vuelta al salón donde habían dejado sus sacos de dormir.
"¡El colegio está embrujado!" exclamó Pablo, con los ojos muy abiertos.
"¡Tenemos que irnos!" añadió Diego, visiblemente asustado.
Sofía, la más sensata del grupo, intentó calmarlos. "¡No se asusten! Probablemente es solo el viento o... o algo así. ¡No podemos irnos! La Señora Elena nos regañaría."
Decidieron quedarse juntos y encender todas las linternas. Se acurrucaron en sus sacos de dormir, intentando ignorar los extraños ruidos que venían de todas partes. De repente, un susurro suave se escuchó cerca de ellos.
"...jueguen conmigo..." decía la voz, casi inaudible.
El miedo se apoderó de ellos de nuevo. Lucía comenzó a llorar. Ana la abrazó con fuerza. De pronto, la puerta del salón se abrió lentamente. Una sombra larga y delgada se proyectó en la pared.
Todos cerraron los ojos, esperando lo peor. Pero después de unos segundos, no pasó nada. Abrieron los ojos lentamente. La sombra había desaparecido.
En lugar de la sombra, vieron algo aún más extraño: ¡un grupo de juguetes antiguos en el centro del salón! Había un oso de peluche con un ojo perdido, una muñeca de porcelana con la cara agrietada y un tren de madera sin ruedas.
Los juguetes parecían mirarlos fijamente. Entonces, el oso de peluche se movió. ¡Levantó su brazo de trapo y saludó!
"¡Hola!" dijo el oso, con una voz chirriante.
Los niños se quedaron boquiabiertos. El oso de peluche, la muñeca y el tren comenzaron a moverse y a hablar. Resultó que eran los espíritus de niños que habían estudiado en el colegio hace muchos años y que se habían quedado atrapados allí.
Los fantasmas de los juguetes no eran malvados. Solo estaban solos y querían jugar. Los niños, al principio asustados, poco a poco comenzaron a relajarse y a jugar con los juguetes fantasmales.
Jugaron a las escondidas en la biblioteca, al té en el salón de clases y a las carreras en el patio (con el tren de madera siendo empujado por los fantasmas). La noche se convirtió en una aventura inolvidable.
Al amanecer, los juguetes fantasmales se despidieron de los niños y desaparecieron. La Señora Elena llegó y los encontró dormidos en el salón, rodeados de juguetes antiguos. Pensó que se habían dormido jugando y sonrió.
Los niños no le contaron a nadie lo que había pasado. Pero sabían que el Colegio Encantado no era tan aterrador como parecía. Y que, a veces, los fantasmas solo necesitan un poco de compañía para dejar de tener miedo.
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