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Gratis · elegí una vozJuana vivía en una casita de colores brillantes, pero un poco alejada del pueblo. Tenía tres hijos: Sofía, la mayor, a quien le encantaba contar historias; Tomás, el mediano, un experto en encontrar nidos de pájaros; y Mateo, el más pequeño, que siempre andaba sonriendo y persiguiendo mariposas. Una noche, mientras la luna brillaba redonda y plateada en el cielo, Mateo comenzó a sentirse mal. Su frente ardía y temblaba como una hoja en el viento. Juana lo abrazó fuerte, sintiendo la preocupación crecer como una mala hierba en su corazón.
"Mamá, me siento muy caliente," murmuró Mateo, con los ojos llenos de lágrimas.
Juana sabía que Mateo tenía mucha fiebre. No había un centro de salud cerca, y el único coche del pueblo estaba averiado. No tenían dinero para pagar un taxi, y el autobús no pasaría hasta la mañana siguiente. La preocupación se convirtió en miedo.
"Todo estará bien, mi amor," le dijo Juana, tratando de sonar segura, aunque por dentro temblaba. "Te prepararé un té de manzanilla y te refrescaré la frente."
Preparó el té con manos temblorosas y mojó un paño en agua fresca para aliviar la fiebre de Mateo. Pero la fiebre no bajaba. Mateo se quejaba y se retorcía en la cama. Juana no sabía qué hacer. Miró por la ventana a la luna brillante. Parecía observarla con compasión.
"No puedo quedarme aquí sin hacer nada," pensó Juana. Decidió que tenía que llevar a Mateo al hospital, aunque fuera caminando. Llamó a Sofía y a Tomás y les explicó la situación. Sofía, siempre valiente, se ofreció a cuidar de Mateo mientras Juana buscaba ayuda. Tomás, aunque pequeño, insistió en acompañar a su madre.
Envueltos en mantas, Juana y Tomás salieron a la noche oscura. La luna los guiaba como un faro. El camino era largo y lleno de piedras, pero Juana no se rindió. Pensaba en Mateo, en su sonrisa, en sus ojos brillantes. Eso le daba fuerzas para seguir adelante.
Después de horas de caminata, llegaron al pueblo. Juana corrió al hospital con Tomás a su lado. Al llegar, se encontraron con una sala de espera llena de gente. Niños llorando, ancianos tosiendo, mujeres embarazadas esperando su turno. La escena era caótica y angustiante.
Juana se acercó a la enfermera y le explicó la situación de Mateo. La enfermera, aunque amable, parecía exhausta. "Entiendo su preocupación, señora," dijo, "pero tenemos muchos pacientes y pocos médicos. Haremos lo posible por atender a su hijo lo antes posible."
La espera se hizo eterna. Cada minuto parecía una hora. Juana miraba a Tomás, cansado y asustado, y se sentía culpable por haberlo traído. Pero no había otra opción. Necesitaban ayuda para Mateo.
Finalmente, después de mucho tiempo, llamaron el nombre de Mateo. Juana entró con él en una pequeña sala donde un médico joven lo examinó cuidadosamente. El médico confirmó que Mateo tenía una infección y necesitaba medicamentos. Pero, para su horror, Juana descubrió que el hospital tenía pocos medicamentos disponibles.
"Lo siento, señora," dijo el médico, "tenemos escasez de algunos medicamentos. Trataremos de conseguir lo que necesitamos, pero puede tomar tiempo."
Juana sintió que el corazón se le rompía. ¿Cuánto tiempo más tendría que esperar? ¿Cuánto más tendría que sufrir Mateo? Se sentó junto a su hijo, tomándole la mano y rezando en silencio.
Después de una larga espera, el médico regresó con los medicamentos. Mateo recibió la atención que necesitaba y poco a poco comenzó a sentirse mejor. La fiebre comenzó a bajar y su respiración se hizo más tranquila.
Juana suspiró aliviada. Había sido una noche larga y terrible, pero finalmente Mateo estaba a salvo. Regresaron a casa al amanecer, con el corazón lleno de gratitud.
La historia de Juana es similar a la de muchas familias que viven en comunidades alejadas y enfrentan dificultades para acceder a servicios de salud adecuados. Con mejores condiciones, más hospitales y centros de salud en zonas rurales, y una distribución más equitativa de los recursos, muchas de estas situaciones podrían evitarse. La próxima vez que veas la luna llena, recuerda a Juana y a Mateo, y piensa en cómo podemos ayudar a que todas las familias tengan acceso a la atención médica que necesitan. Quizás, como la luna, todos podemos ser un poco de luz en la oscuridad.
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