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Gratis · elegí una vozEn la Quebrada de Guillén y Pata de Pájaro, rincones escondidos de la parroquia Abdón Calderón en Portoviejo, Manabí, la vida era tranquila y llena de color. Los niños jugaban entre los árboles de mango, las gallinas cacareaban en los patios, y el aire olía a tierra mojada y flores silvestres. Pero el 24 de febrero de 2025, todo cambió.
Esa tarde, el cielo se oscureció de repente. Nubes grises y pesadas se acumularon, anunciando una tormenta como nunca antes se había visto. La lluvia comenzó suave, un susurro que acariciaba los techos de zinc, pero pronto se convirtió en un torrente furioso. El agua caía con tanta fuerza que parecía querer borrar el mundo.
Jesús, un niño curioso de ocho años, observaba la lluvia desde la ventana de su casa. Le gustaba ver cómo las gotas resbalaban por el cristal, creando dibujos extraños y divertidos. Pero esta vez, la lluvia le daba un poco de miedo. Era demasiado intensa, demasiado persistente.
Gina, su vecina y mejor amiga, también estaba preocupada. Su casa, construida al borde de la montaña, temblaba con cada relámpago. Su mamá, Emilce, la abrazaba con fuerza, intentando calmarla. "Todo estará bien, mi amor", le decía, aunque en sus ojos se veía la inquietud.
En otra casa, Edith preparaba una sopa caliente para sus hijos. Afuera, el viento aullaba como un lobo hambriento. Su hija, Fernanda Ates, de diez años, la ayudaba a poner la mesa, pero su mirada se perdía en la oscuridad que envolvía la montaña.
De pronto, un ruido sordo sacudió la tierra. Era como un rugido profundo, un bramido que venía desde las entrañas de la montaña. "¡La boca del lobo!", gritó un vecino, corriendo hacia un lugar más seguro. El pánico se apoderó de todos. La gente gritaba, lloraba, y corrían desesperadamente, buscando refugio.
Los deslizamientos de tierra comenzaron. Toneladas de barro, piedras y árboles caían ladera abajo, arrasando con todo a su paso. Las casas temblaban y crujían, amenazando con derrumbarse. La oscuridad era total, solo interrumpida por los relámpagos y el brillo de las linternas.
Jesús, Gina, Emilce, Edith y Fernanda Ates, junto con sus familias, se unieron a la multitud que huía. Se agarraban de las manos, intentando no perderse en la confusión. El camino era resbaladizo y peligroso, lleno de obstáculos y trampas.
"Tenemos que llegar al coliseo", gritó Jesús, recordando que era el lugar más seguro del pueblo. Guió a su familia y a sus amigos a través de la oscuridad, sorteando los deslizamientos y los árboles caídos.
El camino fue largo y difícil. El miedo era constante, pero la esperanza los mantenía en pie. Se animaban unos a otros, compartían sus provisiones y se ayudaban a superar los obstáculos.
Finalmente, llegaron al coliseo. Estaba lleno de gente, todos asustados y exhaustos, pero a salvo. Se abrazaron, lloraron de alivio y agradecieron estar vivos.
Pasaron la noche en el coliseo, escuchando el rugido de la montaña y el golpear de la lluvia. Durmieron poco, pero se sintieron protegidos, rodeados de sus vecinos y amigos.
A la mañana siguiente, el sol salió tímidamente entre las nubes. La lluvia había cesado, pero el paisaje era desolador. La montaña estaba cubierta de cicatrices, testimonio de la furia de la naturaleza. Muchas casas habían sido destruidas, y el pueblo estaba lleno de barro y escombros.
Pero a pesar de la devastación, la gente de Quebrada de Guillén y Pata de Pájaro no se rindió. Se unieron para limpiar, reconstruir y apoyarse mutuamente. Sabían que la tarea sería larga y difícil, pero estaban decididos a superar la adversidad.
Jesús, Gina, Emilce, Edith y Fernanda Ates aprendieron una valiosa lección esa noche. Aprendieron sobre la fuerza de la naturaleza, la importancia de la comunidad y el poder de la esperanza. Sabían que, aunque la montaña había rugido, su espíritu era más fuerte que nunca.
Con el tiempo, Quebrada de Guillén y Pata de Pájaro volvieron a florecer. Las casas fueron reconstruidas, los campos cultivados y la vida recuperó su ritmo. Pero nunca olvidaron la noche en que la montaña rugió, la noche en que aprendieron el verdadero significado de la solidaridad y la resiliencia. Y siempre recordaron que, incluso en la oscuridad más profunda, la esperanza puede iluminar el camino.
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