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Gratis · elegí una vozEra una noche mágica. El aire olía a pino y a tierra húmeda, y el crepitar de la fogata era una melodía familiar. Estábamos acampando: yo, mi prima Sofía, mi mejor amigo Mateo, y un montón de otros primos y amigos. Risas y canciones llenaban el aire mientras contábamos historias de miedo (que, por supuesto, no daban miedo a nadie) y asábamos salchichas en palitos largos.
Pero cuando el sol se escondió por completo detrás de las montañas, la verdadera magia comenzó. La oscuridad nos envolvió como una manta suave, y de repente… ¡zas! El cielo se iluminó. No eran las luces de la ciudad, ni los faros de los coches. Era algo mucho más especial: ¡las estrellas!
Nunca había visto tantas estrellas juntas. Parecían pequeños diamantes esparcidos sobre un terciopelo negro. Algunas brillaban con una luz blanca y constante, mientras que otras titilaban con colores cambiantes: azul, rojo, amarillo… Era como si el cielo entero estuviera vivo.
Mateo, siempre el más curioso de nosotros, señaló hacia un grupo de estrellas que formaban una especie de cucharón gigante. "¡Esa es la Osa Mayor!", exclamó con entusiasmo. Sofía, que siempre había sido una romántica, suspiró y dijo: "¡Son preciosas! Me pregunto si alguien vive allí arriba".
De repente, ¡pum! Una estrella fugaz cruzó el cielo a toda velocidad, dejando una estela brillante a su paso. "¡Pide un deseo! ¡Pide un deseo!", gritamos todos al unísono. Cerré los ojos con fuerza y pensé en lo que más deseaba en ese momento.
No era un juguete nuevo, ni un viaje a la playa. En realidad, solo quería una cosa: ¡los mejores malvaviscos de la fogata! Siempre había una lucha feroz por los malvaviscos dorados y perfectamente tostados. Algunos salían quemados, otros blandos y pegajosos. Yo quería uno perfecto, uno que se derritiera en mi boca como un trozo de cielo estrellado.
Abrí los ojos y vi que todos los demás también estaban abriendo los suyos. "¿Qué pediste?", preguntó Sofía, con una sonrisa traviesa. "Si te lo digo, no se cumple", respondí, guiñándole un ojo.
Volvimos a sentarnos alrededor de la fogata, y pronto comenzamos a asar malvaviscos. Mateo, con su impaciencia habitual, quemó el suyo en segundos. Sofía, con su delicadeza, logró un malvavisco dorado y perfecto, pero se le cayó en la ceniza. ¡Qué desastre!
Estaba a punto de rendirme y conformarme con un malvavisco a medio hacer cuando… ¡tachán! ¡Allí estaba! Un malvavisco de color dorado, hinchado y perfectamente tostado, esperándome en el extremo de mi palito. No podía creerlo. Era el malvavisco perfecto, ¡el malvavisco que había deseado!
Lo saqué con cuidado de la fogata y lo soplé suavemente para enfriarlo. Luego, lo probé. ¡Era delicioso! Dulce, cremoso, con un toque de sabor a humo. Era como si las estrellas mismas me hubieran regalado este bocado celestial.
Pero la magia no terminó ahí. Miré a mi alrededor y vi que todos los demás también tenían malvaviscos perfectos. Mateo había logrado asar uno sin quemarlo, y Sofía había encontrado otro en la bolsa, ¡tan perfecto como el que había perdido!
Nos reímos y compartimos nuestros malvaviscos, saboreando cada bocado. Esa noche, bajo el manto de estrellas brillantes, aprendí algo importante: a veces, los deseos se cumplen, especialmente cuando los compartimos con nuestros seres queridos. Y a veces, las estrellas nos regalan cosas que no podemos comprar con dinero, como la alegría de una noche perfecta con amigos y primos, y el sabor inolvidable de un malvavisco tostado bajo un cielo estrellado. Desde ese día, cada vez que veo una estrella fugaz, no solo pido un deseo, sino que también recuerdo la noche en que las estrellas nos regalaron los mejores malvaviscos del mundo. Y aunque pasen los años, siempre tendré ese dulce recuerdo guardado en mi corazón. Y cada vez que acampemos, miraremos al cielo esperando volver a ver esas estrellas fugaces y pedir nuevos deseos. Quizás pidamos que la fogata nunca se apague, o que siempre estemos juntos, riendo y compartiendo historias bajo el cielo estrellado. Porque al final, lo más importante no son los malvaviscos perfectos, sino las personas con las que los compartimos.
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