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Gratis · elegí una vozEn el pequeño pueblo de Dulceville, donde las casas parecían hechas de galletas y los árboles daban caramelos en lugar de hojas, vivía Sofía, una niña con coletas color fresa y una imaginación más grande que una montaña de helado. A Sofía le encantaba disfrazarse, contar historias y, sobre todo, ¡los malvaviscos!
Una noche, mientras la luna brillaba como un gran botón de caramelo, algo extraño comenzó a suceder. Un extraño resplandor verde emanaba del cementerio del pueblo. De entre las lápidas, salieron… ¡zombies! Pero no eran zombies aterradores y gruñones. Estos zombies parecían confundidos, con los ojos un poco bizcos y tropezando con sus propios pies. Y no estaban solos. Detrás de ellos, renqueaban momias envueltas en vendajes de algodón de azúcar, fantasmas que intentaban dar miedo pero solo lograban hacer ruidos graciosos, y un vampiro que parecía más preocupado por manchar su capa con salsa de tomate que por chupar sangre.
"¡Es una invasión de monstruos!" gritó el señor Pérez, el panadero del pueblo, desde la ventana de su panadería. Pero su grito se ahogó en el crujido de los huesos de los zombies que accidentalmente pisaban los arbustos de piruletas.
Sofía, al ver el alboroto desde su ventana, no sintió miedo. Sintió… ¡curiosidad! Tomó su mochila, metió una bolsa gigante de malvaviscos y salió corriendo a la calle.
"¡Hola, monstruos!" saludó Sofía con una sonrisa radiante. Los monstruos se detuvieron, mirándola con confusión. El zombie más cercano, con un pedazo de lápida pegado en el pelo, gruñó un poco.
"¿Quieren un malvavisco?" preguntó Sofía, extendiendo la bolsa.
El zombie dudó, luego, con una mano temblorosa, tomó un malvavisco. Lo miró con desconfianza, luego lo metió en su boca. Sus ojos se abrieron de par en par.
"¡Ummm!" gruñó el zombie, pero esta vez sonaba más como un suspiro de felicidad.
Los otros monstruos, al ver la reacción del zombie, se acercaron tímidamente. Sofía repartió malvaviscos a todos. La momia se atragantó un poco con el algodón de azúcar, el fantasma hizo un sonido de sorpresa parecido a una risita, y el vampiro, después de limpiarse la salsa de tomate con un pañuelo, probó un malvavisco y dejó escapar un "¡Delicioso!".
Pronto, la calle se llenó de monstruos comiendo malvaviscos. Estaban tan ocupados disfrutando de la dulce golosina que olvidaron por completo su invasión. Sofía les contó historias divertidas, les enseñó a hacer figuras con los malvaviscos y hasta organizó un concurso de baile de zombies.
El señor Pérez, al ver la escena desde su panadería, salió con una bandeja de galletas recién horneadas. Otros vecinos también se unieron a la fiesta, llevando dulces, pastelitos y jugos. La invasión de monstruos se había convertido en una gran fiesta de barrio.
Cuando el sol comenzó a salir, los monstruos, llenos de malvaviscos y felicidad, comenzaron a desaparecer, uno por uno, de vuelta al cementerio. El vampiro le dio a Sofía un abrazo torpe, la momia le ofreció un pedazo de su vendaje como recuerdo, y el zombie con la lápida en el pelo le regaló una sonrisa (o al menos, lo que parecía una sonrisa).
Al día siguiente, Dulceville era como siempre, pero con una diferencia: todos los vecinos se sentían un poco más unidos y un poco menos asustados de lo desconocido. Y Sofía, la niña con coletas color fresa, aprendió que a veces, la mejor manera de enfrentar tus miedos es con una bolsa de malvaviscos y un corazón lleno de bondad. Y que incluso los monstruos más aterradores pueden amar los malvaviscos.
Desde ese día, cada año, en la noche de Halloween, los vecinos de Dulceville dejaban bolsas de malvaviscos en el cementerio, en señal de amistad y para recordar la noche en que los monstruos amaron los malvaviscos. Y Sofía, por supuesto, siempre tenía una bolsa extra grande, lista para cualquier invasión… ¡de amistad!
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