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Gratis · elegí una vozEra una noche cualquiera, una de esas noches de verano donde las estrellas parecían más brillantes y las luciérnagas jugaban a esconderse entre los árboles. En la casa de la Abuela Elena, tres amigos, Sofía, Tomás y Lucía, estaban reunidos. No estaban jugando a las escondidas ni leyendo cuentos. ¡Estaban jugando al billar!
La Abuela Elena tenía una mesa de billar en su gran salón. No era una mesa nueva y brillante, sino una mesa antigua de madera oscura, con un tapete verde un poco desgastado por el uso. Pero para Sofía, Tomás y Lucía, esa mesa era mágica.
"¡Yo primero!" exclamó Sofía, agarrando el taco de billar que era casi tan alto como ella. Sofía era una niña muy decidida, con dos coletas castañas y una sonrisa que iluminaba toda la habitación.
Tomás, un niño con gafas grandes y una camiseta de dinosaurios, esperaba su turno pacientemente. Él era el estratega del grupo, siempre pensando en la mejor manera de golpear la bola. Lucía, la más pequeña de los tres, con sus ojos azules brillantes y su pelo rubio rizado, observaba con atención cada movimiento.
La Abuela Elena, sentada en su mecedora, sonreía al verlos jugar. Ella les había enseñado a jugar al billar hace unas semanas, y desde entonces, la mesa se había convertido en su lugar favorito.
Sofía se concentró, apuntó con cuidado y… ¡pum! La bola blanca golpeó a una bola rayada, pero no logró meterla en ninguna tronera.
"¡Oh, no!" exclamó Sofía, un poco decepcionada.
"No te preocupes, Sofi," dijo Tomás, animándola. "La próxima vez saldrá mejor."
Era el turno de Tomás. Se colocó las gafas, estudió la posición de las bolas y, con un golpe suave pero preciso, logró meter una bola lisa.
"¡Bien hecho, Tomás!" gritaron Sofía y Lucía al unísono.
Lucía, aunque era la más pequeña, tenía una puntería sorprendente. Con su pequeño taco, lograba meter bolas que parecían imposibles. Era un misterio cómo lo hacía, pero todos sabían que Lucía tenía un toque especial.
Mientras jugaban, la Abuela Elena les contaba historias de cuando ella era niña y jugaba al billar con sus hermanos. Les contaba anécdotas divertidas y les daba consejos para mejorar su juego.
"Recuerden," les dijo la Abuela Elena, "lo más importante no es ganar, sino divertirse y disfrutar del juego."
De repente, las luces del salón parpadearon. Luego, se apagaron por completo. La habitación quedó a oscuras, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por la ventana.
"¡Oh, no! ¡Se fue la luz!" exclamó Lucía, un poco asustada.
"No se preocupen," dijo la Abuela Elena con calma. "Tengo unas velas. Vamos a encenderlas."
La Abuela Elena sacó unas velas grandes y las encendió. La luz suave y parpadeante de las velas transformó el salón en un lugar mágico y misterioso. Las sombras danzaban en las paredes y la mesa de billar brillaba con una luz tenue.
"¡Guau! Parece un castillo encantado," dijo Sofía, maravillada.
"Podemos seguir jugando," sugirió Tomás. "Pero esta vez, ¡a oscuras!"
La idea les pareció genial a todos. Con la luz de las velas iluminando la mesa, comenzaron a jugar al billar a oscuras. Fue un poco difícil al principio, pero pronto se acostumbraron. Tenían que confiar en su intuición y en el sonido de las bolas al chocar.
Jugaron y rieron durante horas. La Abuela Elena les contaba historias de fantasmas y de tesoros escondidos, mientras ellos intentaban meter las bolas a ciegas. La noche se convirtió en una aventura inolvidable.
Finalmente, el cansancio comenzó a hacerles mella. Se acurrucaron junto a la Abuela Elena en la mecedora, mientras ella les cantaba una nana suave y melodiosa. Poco a poco, se quedaron dormidos, soñando con bolas de billar brillantes y noches mágicas.
Cuando despertaron al día siguiente, la luz había vuelto y el salón había recuperado su aspecto normal. Pero la magia de la noche anterior seguía presente en sus corazones. Sabían que esa noche jugando al billar a la luz de las velas sería un recuerdo que atesorarían para siempre. Porque a veces, las noches más comunes pueden convertirse en las más especiales, especialmente cuando se comparten con amigos y con la persona que más quieres, la Abuela Elena.
Y así, la mesa de billar de la Abuela Elena siguió siendo un lugar de encuentro y de alegría, un lugar donde la amistad y la diversión siempre estaban presentes. Un lugar donde, incluso en la oscuridad, siempre brillaba la luz de la magia.
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