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Gratis · elegí una vozUna noche tranquila, una familia llegó a la plaza principal de Huamachuco. El lugar estaba lleno de luces que brillaban como pequeñas estrellas, y el aire era fresco y agradable. Todos estaban emocionados por descubrir este lugar especial.
La Pequeña Lía miró a su alrededor maravillada. Había mucha gente caminando, risas por todas partes... e incluso un enorme capibara de peluche le llamó la atención. Era tan grande y suave que parecía un gigante amigable.
Mientras caminaban, sus padres Juan y Josefina le recordaron a la niña que no se alejara demasiado. "Lía, recuerda estar cerca de nosotros," dijo Josefina con una sonrisa. Pasearon, tomaron fotos con la hermosa iglesia como fondo y admiraron la decoración de la plaza. Luego, se sentaron a descansar en una banca cerca de la pileta, mientras la niña jugaba feliz con su peluche, haciéndolo volar por el aire y contándole secretos.
La plaza comenzó a llenarse aún más de gente. Música suave llenaba el aire, y el olor a comida deliciosa flotaba alrededor. Los padres estaban atentos, vigilando a la pequeña Lía, disfrutando también de este momento familiar. Juan le contaba historias de Huamachuco, y Josefina le peinaba el cabello a Lía con cuidado.
De repente, un joven amigable apareció entre la multitud. Llevaba una mochila enorme, gafas redondas que resbalaban un poco por su nariz, y una bufanda con dibujos coloridos de llamas y montañas. Se acercó con una gran sonrisa y le ofreció a Lía un libro muy especial.
El libro no era como los demás. Brillaba con tonos dorados y parecía tener algo mágico. La cubierta estaba adornada con piedras brillantes que parecían pequeñas constelaciones. El joven le explicó que al abrirlo, los personajes del cuento saldrían a jugar con ella; Lía emocionada, con los ojos muy abiertos, no dudó en pedírselo. "¿De verdad? ¿Van a salir del libro?" preguntó con voz temblorosa.
¡En cuanto lo abrió, salió una nube de polvo de estrellas! La nube brillaba con todos los colores del arcoíris y olía a flores silvestres. Y de repente, un Capibara de verdad, con un sombrero de tortuga que le quedaba un poco grande y una mochila pequeña, salió del libro. El animal la invitó a vivir una pequeña aventura por la plaza: juntos debían encontrar la piedra saltarina escondida entre las flores. "¡Vamos, Lía! La piedra nos espera," dijo el capibara con una voz suave y grave.
Buscaron y buscaron entre los puestos de artesanías, debajo de las bancas y detrás de los árboles. El capibara le contaba chistes mientras buscaban, y Lía reía a carcajadas. Finalmente, encontraron una pequeña piedra que saltaba, como si tuviera vida propia. Era de un color verde esmeralda y brillaba bajo la luz de las farolas.
El capibara, feliz de haber cumplido la misión, le dijo que debía regresar al libro antes de que se cerrara. "¡Rápido, Lía! El libro se está cerrando," exclamó el capibara, mirando hacia el libro con preocupación. La niña corrió rápidamente, con la piedra saltarina en su mano, y en cuanto tocó el libro... ¡todo volvió a la normalidad!
El capibara desapareció, el libro se cerró… y todos aplaudieron, emocionados por la mágica escena. Algunas personas incluso grabaron con sus teléfonos. La pequeña Lía, con los ojos brillantes de emoción, mostró la piedra brillante que seguía saltando en su mano. "¡Miren, papás! ¡La piedra salta!" gritó con alegría.
Había vivido una aventura mágica que nadie más había visto realmente. Sus padres la miraron con asombro y ternura, aunque no entendían muy bien lo que había pasado. Juan le sonrió y le dijo: "Parece que encontraste algo muy especial, mi amor." Josefina la abrazó fuerte y le besó la frente. Ella abrazaba con fuerza su libro y la piedra que saltaba, sintiéndose la niña más afortunada del mundo.
Y así terminó esa noche especial en la plaza de Huamachuco: con un libro mágico, un pequeño tesoro que saltaba… y un recuerdo inolvidable que Lía guardaría para siempre en su corazón. Cada vez que regresara a la plaza, recordaría su aventura con el capibara y la piedra saltarina.
Al llegar a casa, Lía guardó el libro en un lugar especial de su repisa y colocó la piedra saltarina junto a su cama. Sabía que, aunque nadie más lo creyera, la magia de la plaza de Huamachuco era real.
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