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Gratis · elegí una vozA Ana y a su hermano Mateo no les gustaban las tormentas. Cada vez que el cielo se oscurecía y las primeras gotas de lluvia golpeaban la ventana, un escalofrío les recorría la espalda. No era solo el ruido del trueno lo que les asustaba, sino la sensación de que algo terrible podía pasar. Su imaginación, especialmente la de Ana, volaba libremente, creando monstruos y fantasmas que se escondían en las sombras.
Esa noche, la tormenta era particularmente feroz. El viento aullaba como un lobo hambriento, sacudiendo las ramas de los árboles contra las ventanas. Los relámpagos iluminaban la habitación con destellos blancos y aterradores, seguidos por el estruendo ensordecedor del trueno. Ana, con siete años, se acurrucó bajo las sábanas, temblando como una hoja. Mateo, de nueve, intentaba parecer valiente, pero sus ojos lo delataban. También tenía miedo.
"Tengo mucho miedo, Mateo," susurró Ana, con la voz entrecortada.
"Yo también un poco," admitió Mateo, tragando saliva. "Pero no pasa nada. Estamos juntos."
En su cama, rodeados de mantas y almohadas, los dos hermanos se sentían diminutos e indefensos. De repente, Ana tuvo una idea. Miró hacia la repisa donde descansaban sus peluches favoritos. Estaba Oso Teddy, un oso de peluche marrón y suave que la acompañaba desde que era un bebé; Conejo Blanco, un conejo con orejas largas y un lazo rosa; y León Valiente, un león de peluche con una melena dorada y una mirada feroz.
"¡Los peluches!" exclamó Ana. "Ellos nos protegerán."
Mateo la miró con incredulidad. "¿Los peluches? ¿En serio, Ana?"
"Sí," insistió Ana. "Ellos son valientes. Siempre lo han sido."
Con cuidado, Ana se levantó de la cama y tomó a Oso Teddy. Mateo, un poco avergonzado pero también aliviado, hizo lo mismo con León Valiente. Conejo Blanco, por su parte, se quedó en la repisa, observando la escena con sus ojos de botón.
Ana abrazó a Oso Teddy con fuerza. "Oso Teddy, por favor, protégenos de los monstruos," susurró.
Mateo, imitando a su hermana, abrazó a León Valiente. "León Valiente, tú eres el más fuerte. Espanta al trueno."
De repente, un relámpago iluminó la habitación, seguido de un trueno aún más fuerte que los anteriores. Ana gritó y se escondió detrás de Oso Teddy. Mateo cerró los ojos con fuerza, apretando a León Valiente contra su pecho.
Y entonces, algo extraño sucedió. Oso Teddy, en los brazos de Ana, pareció emitir una suave luz cálida. León Valiente, en los brazos de Mateo, rugió silenciosamente, como si estuviera desafiando al trueno. Ana y Mateo se miraron, sorprendidos.
"¿Lo sientes?" preguntó Ana.
"Sí," respondió Mateo. "Es como si... como si estuvieran de verdad protegiéndonos."
A partir de ese momento, la tormenta pareció menos aterradora. Ana y Mateo se sentían más seguros, arropados por la presencia de sus peluches. Oso Teddy y León Valiente parecían absorber el miedo, transformándolo en una sensación de calma y protección.
La lluvia seguía cayendo, el viento seguía aullando, y los truenos seguían rugiendo, pero Ana y Mateo ya no tenían tanto miedo. Sabían que, mientras tuvieran a sus peluches a su lado, estarían a salvo.
Pasaron horas acurrucados juntos, abrazando a sus protectores de peluche. Poco a poco, el cansancio los venció. Ana se durmió, con Oso Teddy apretado contra su mejilla. Mateo, a su lado, también se quedó dormido, con León Valiente vigilando su sueño.
Por la mañana, el sol brillaba a través de la ventana. La tormenta había pasado. Ana y Mateo se despertaron, sintiéndose renovados y aliviados. Se miraron y sonrieron.
"Los peluches nos protegieron de verdad," dijo Ana.
"Sí," respondió Mateo. "Son nuestros héroes."
Desde ese día, Ana y Mateo ya no le tuvieron tanto miedo a las tormentas. Sabían que las tormentas podían ser aterradoras, pero también sabían que tenían a sus peluches valientes para protegerlos. Y, aunque la magia de Oso Teddy y León Valiente fuera solo producto de su imaginación, eso no importaba. Lo importante era que los peluches les habían enseñado que incluso en la oscuridad más profunda, siempre se puede encontrar un poco de luz y valentía.
Conejo Blanco, desde la repisa, guiñó un ojo. Él también sabía el secreto. El verdadero valor estaba en la amistad y en el amor que compartían Ana y Mateo, un amor que los hacía más fuertes que cualquier tormenta.
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