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Alicia tenía cuatro años y su vida era una fiesta de risas y emociones. Siempre inventaba juegos maravillosos, compartía sus juguetes con un corazón enorme y hacía amigos dondequiera que iba. Su alegría era contagiosa, como un rayito de sol en un día nublado. Pero, ¡ay!, cuando tocaba esperar, la paciencia de Alicia se escondía, ¡y parecía que iba a escaparse volando!
Alicia vivía con su mamá, su papá y Orión, su gato travieso. Orión era un gato de rayas grises y blancas, al que le encantaba saltar del sofá a la mesa, de la mesa a la silla, y a veces, ¡incluso intentaba cazar las mariposas que veía por la ventana! Pero lo más emocionante de todo era que estaban esperando a Amelia, la hermanita de Alicia, ¡que llegaría en dos meses! Dos meses… ¡una eternidad para una niña de cuatro años!
A Alicia le encantaba comer. ¡Le fascinaban las manzanas rojas y jugosas, las fresas dulces y brillantes, y la sandía fresquita en los días calurosos! También disfrutaba del aguacate cremoso, el tomate rojo y brillante, y la zanahoria naranja y crujiente. ¡Qué alegría comer tantas cosas ricas y saludables! Para el desayuno, Alicia casi siempre pedía waffles con miel dorada y pegajosa, o avena calentita con frutas frescas. ¡Qué delicia empezar el día con tanta energía!
Le encantaba construir castillos altísimos con bloques de colores, y casas acogedoras con almohadas suaves y mantas calientitas. Jugaba a ser doctora, curando a sus peluches con vendas y tiritas, y a ser chef, preparando platos imaginarios con ingredientes secretos. Con su imaginación desbordante, Alicia creaba mundos fantásticos llenos de risas animadas. Le gustaba pintar cuadros llenos de colores vibrantes, moldear plastilina en forma de animales extraños, y vestirse como Elsa de Frozen, cantando a todo pulmón "¡Libre soy, libre soy!". También le encantaba ver sus programas favoritos: Bluey, Tigre Daniel y Luli Pampim, ¡un mundo lleno de diversión y aprendizaje!
Alicia soñaba con aprender a patinar, para sentir el viento fresco en su cara mientras patinaba por el parque. Le gustaba mucho nadar, y se sentía como un pez feliz en el mar, chapoteando y jugando con las olas. También le apasionaba bailar ballet, moviéndose con gracia y emoción al ritmo de la música. ¡Era su gran pasión!
Pero ahora, Alicia solo pensaba en Amelia. Dos meses eran demasiados. Todos los días preguntaba: "¿Ya nació Amelia? ¿Ya, ya, ya?". Su mamá le explicaba con paciencia que Amelia necesitaba crecer un poquito más dentro de su barriga. Su papá le decía que estaban preparando una habitación preciosa para Amelia, llena de colores y juguetes. Orión, el gato, simplemente se frotaba contra sus piernas, ronroneando suavemente, como si entendiera su impaciencia.
Un día, mientras Alicia jugaba con sus bloques, se le ocurrió una idea. ¡Construiría un gran castillo para Amelia! Un castillo tan grande y tan bonito que la esperaría con los brazos abiertos. Empezó a apilar los bloques con cuidado, creando torres altas y murallas fuertes. Añadió ventanas de colores y una puerta grande para que Amelia pudiera entrar fácilmente. Trabajó con dedicación, poniendo todo su cariño en cada bloque.
Cuando terminó el castillo, Alicia se sintió un poco mejor. La espera seguía siendo larga, pero ahora tenía algo especial que compartir con su hermanita. Decidió pintar un cuadro para Amelia, lleno de flores, mariposas y corazones. También moldeó una pequeña figura de plastilina, un conejito blanco y suave para que Amelia tuviera un amigo. Poco a poco, Alicia fue encontrando maneras de hacer la espera más llevadera, llenando el tiempo con actividades creativas y llenas de amor.
Finalmente, llegó el gran día. Mamá y papá fueron al hospital, y Alicia se quedó con la abuela. Le pareció que las horas pasaban muy lentamente. Jugó con Orión, leyó cuentos, y dibujó un montón de dibujos. Pero no podía dejar de pensar en Amelia. Por la tarde, sonó el teléfono. ¡Era papá! "¡Alicia, ya nació Amelia! Es preciosa y está sana. ¡Estamos muy felices!".
Alicia saltó de alegría. ¡Por fin había llegado Amelia! Al día siguiente, fue al hospital con la abuela para conocer a su hermanita. Cuando la vio, se quedó sin palabras. Amelia era pequeña y delicada, con unos ojos grandes y brillantes. La tomó en brazos con cuidado, sintiendo su calor y su suavidad. En ese momento, la paciencia de Alicia desapareció por completo. ¡Solo sentía amor, emoción y una inmensa alegría! Sabía que la espera había valido la pena, porque ahora tenía una hermanita a la que amaría para siempre. Y supo que, aunque a veces esperar es difícil, las cosas buenas siempre llegan. ¡Y la llegada de Amelia era la mejor cosa que le había pasado en la vida! Alicia no siguió conejos ni gatos de grandes sonrisas pero siempre disfruta viviendo en el país de las maravillas, ahora con su hermana Amelia.
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