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Gratis · elegí una vozHabía una vez una payasita llamada Lila. Lila no era una payasita cualquiera. Tenía una nariz roja brillante, zapatos gigantes de color arcoíris y un corazón aún más grande. Vivía en un circo, el Circo Maravilla, pero últimamente, el circo no era muy maravilloso. De hecho, estaba bastante triste.
El Circo Maravilla solía ser el lugar más alegre del mundo. Los acróbatas volaban por el aire con la gracia de los pájaros, los leones rugían con alegría (o al menos eso parecía), y los niños reían hasta que les dolía la barriga. Pero ahora… los acróbatas parecían cansados, los leones bostezaban sin ganas, y los niños… bueno, casi no había niños.
El dueño del circo, el Señor Bigotes, estaba muy preocupado. "¡Ay, ay, ay!" exclamaba, frotándose la barbilla llena de canas. "¡Nadie viene al circo! ¡Vamos a tener que cerrarlo!"
Lila escuchó la conversación del Señor Bigotes con el domador de leones. Su corazón dio un vuelco. ¡No podía permitir que el Circo Maravilla cerrara! Amaba el circo más que a nada en el mundo. Amaba el olor a palomitas de maíz, el sonido de la música de la banda, y sobre todo, amaba hacer reír a la gente.
Así que Lila decidió que tenía que hacer algo. Pero, ¿qué podía hacer una pequeña payasita?
Primero, intentó animar a los acróbatas. Les contó chistes tontos y les hizo cosquillas en los pies. Los acróbatas sonrieron un poco, pero no fue suficiente. Seguían cansados y sin ganas de volar.
Luego, fue a ver a los leones. Les cantó canciones alegres y les dio golosinas de carne. Los leones movieron la cola un poco, pero no rugieron. Seguían bostezando y aburridos.
Lila estaba muy triste. Parecía que nada funcionaba. Se sentó en una banqueta al lado de la pista, con la nariz roja brillando opacamente. De repente, vio algo. Un pequeño ratón, con un sombrero de copa diminuto, estaba intentando levantar una bellota enorme. El ratón luchaba y luchaba, pero la bellota era demasiado grande.
Lila se acercó al ratón. "¿Necesitas ayuda?" le preguntó.
El ratón la miró con sus ojitos brillantes. "¡Oh, sí, por favor!" chilló. "Quiero llevar esta bellota a mi familia, pero es demasiado pesada."
Lila sonrió. Tuvo una idea. Tomó un pañuelo de su bolsillo y lo ató a la bellota. Luego, le dio el otro extremo al ratón. "¡Tira!" le dijo.
El ratón tiró con todas sus fuerzas, y Lila lo ayudó a empujar la bellota. Juntos, lograron llevar la bellota hasta la madriguera del ratón. La familia del ratón estaba muy contenta de ver la bellota, y le dieron las gracias a Lila con muchos chillidos y saltos.
Lila se sintió muy feliz. No había hecho reír a nadie, pero había ayudado a alguien. Y eso la hizo sentir bien.
Mientras regresaba a la pista, Lila vio a un niño pequeño, sentado solo en una de las gradas vacías. El niño parecía muy triste. Lila se acercó a él.
"Hola," le dijo Lila. "¿Por qué estás tan triste?"
El niño la miró con sus ojos llorosos. "Porque el circo está triste," dijo. "Ya no es divertido."
Lila se sentó junto al niño. "Yo también estoy triste," dijo. "Pero creo que podemos hacer algo para animar el circo."
Lila le contó al niño sobre el ratón y la bellota. Le contó cómo se había sentido feliz al ayudar. El niño escuchó atentamente. De repente, sonrió un poco.
"¿Qué podemos hacer?" preguntó el niño.
Lila pensó por un momento. "Podemos hacer reír a la gente," dijo. "Pero no con chistes tontos o payasadas. Podemos hacer reír a la gente con nuestra alegría."
Lila tomó la mano del niño y lo llevó a la pista. Empezaron a bailar. Bailaron como si nadie los estuviera mirando. Bailaron con todo su corazón. Y mientras bailaban, la alegría de Lila y el niño comenzó a extenderse por todo el circo.
Los acróbatas comenzaron a sonreír. Los leones dejaron de bostezar. El Señor Bigotes se secó una lágrima de la mejilla. Y poco a poco, más y más niños comenzaron a llegar al circo. Querían ver qué estaba pasando. Querían sentir la alegría.
Lila y el niño bailaron y bailaron hasta que el sol se puso. Y cuando terminaron, el Circo Maravilla ya no estaba triste. Estaba lleno de risas, alegría y esperanza.
El Señor Bigotes abrazó a Lila y al niño. "¡Gracias!" exclamó. "¡Han salvado el circo!"
Lila sonrió. Sabía que no había salvado el circo sola. Lo había salvado con la ayuda del niño, del ratón, y de todos los que creían en la magia del circo. Y a partir de ese día, el Circo Maravilla volvió a ser el lugar más alegre del mundo. Y Lila, la payasita, siguió haciendo reír a la gente, no solo con sus payasadas, sino con su corazón brillante y lleno de amor.
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