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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un parque lleno de árboles gigantes y flores de colores brillantes, dos amigas inseparables llamadas Sofía y Elena. Sofía amaba los columpios más que a nada en el mundo. Podía pasar horas balanceándose hacia el cielo, sintiendo el viento en su cara y riendo a carcajadas. Elena, por otro lado, era una experta en construir castillos de arena. Sus manos eran rápidas y hábiles, y sus castillos siempre tenían torres altas y fosos profundos.
Un día soleado, Sofía y Elena fueron al parque juntas. Sofía corrió directamente hacia los columpios, con su cabello castaño ondeando detrás de ella. Elena la siguió, llevando su cubo y su pala de colores.
"¡Yo primero, Sofía!" gritó Elena, llegando al columpio antes que su amiga.
Sofía frunció el ceño. "¡Pero yo siempre me columpio primero!" respondió, cruzándose de brazos.
"Hoy me toca a mí," insistió Elena, sentándose en el columpio y comenzando a balancearse suavemente.
Sofía se enojó mucho. Sintió que su corazón latía más rápido. "¡Bájate, Elena!" exclamó, jalando el columpio con fuerza.
Elena se asustó y gritó. "¡No! ¡Estoy disfrutando!" Se aferró al columpio con todas sus fuerzas.
Sofía, llena de rabia, empujó a Elena con más fuerza. Elena perdió el equilibrio y cayó al suelo con un golpe seco. Se raspó la rodilla y empezó a llorar.
"¡Auch! ¡Me has hecho daño!" gritó Elena, sobándose la rodilla.
Sofía se sorprendió al ver a Elena llorando. Se dio cuenta de lo que había hecho. La rabia se desvaneció, reemplazada por la culpa. Pero, en lugar de disculparse, se sintió avergonzada y se quedó callada, mirando al suelo.
Elena, aún llorando, se levantó y empujó a Sofía. "¡Esto es por hacerme daño!" gritó.
Sofía cayó al suelo, sorprendida por el golpe. Ahora era ella quien sentía dolor y tristeza. Se levantó, con lágrimas en los ojos, y empujó a Elena de vuelta.
Y así comenzó una pelea. Se empujaron, se jalaron el pelo y se gritaron cosas feas. Ya no eran amigas jugando en el parque, sino dos niñas enojadas que se hacían daño la una a la otra. La arena volaba por todas partes, y sus risas felices fueron reemplazadas por sollozos y gritos.
De repente, una voz fuerte las detuvo. "¡Basta!" Era el Sr. Pérez, el jardinero del parque, un hombre amable con una barba blanca y una sonrisa cálida. Se acercó a las dos niñas, que estaban tiradas en el suelo, cansadas y llenas de arena.
"¿Qué está pasando aquí?" preguntó el Sr. Pérez con voz suave pero firme.
Sofía y Elena se miraron, avergonzadas. Ninguna sabía qué decir. El Sr. Pérez se sentó en el suelo junto a ellas.
"A veces, las amigas se pelean," dijo el Sr. Pérez. "Es normal sentirse enojado. Pero nunca es bueno hacerse daño el uno al otro. Las palabras y las acciones pueden doler mucho."
Sofía y Elena asintieron, mirando al suelo.
"Lo importante es saber pedir perdón," continuó el Sr. Pérez. "Y saber perdonar. El perdón es como un abrazo que cura las heridas."
El Sr. Pérez sacó dos curitas de su bolsillo. Le puso una a la rodilla raspada de Elena y otra a la mano raspada de Sofía.
"Ahora," dijo el Sr. Pérez, "¿por qué no se piden perdón la una a la otra?"
Sofía miró a Elena. Sus ojos estaban rojos e hinchados por las lágrimas. Sofía sintió un nudo en la garganta.
"Elena," dijo Sofía en voz baja, "lo siento mucho por empujarte. No quería hacerte daño. Estaba enojada porque quería columpiarme primero."
Elena miró a Sofía. Sus ojos también estaban llenos de arrepentimiento. "Yo también lo siento, Sofía," dijo Elena. "No debí empujarte de vuelta. Estaba enojada porque me habías raspado la rodilla."
Sofía y Elena se miraron a los ojos. Vieron el arrepentimiento y el cariño en la mirada de la otra. Lentamente, Sofía extendió su mano hacia Elena. Elena tomó la mano de Sofía.
"¿Amigas?" preguntó Sofía.
"Amigas," respondió Elena, sonriendo tímidamente.
Entonces, Sofía y Elena se abrazaron. Fue un abrazo fuerte y sincero. Sintieron que el perdón curaba sus heridas, tal como había dicho el Sr. Pérez.
Después del abrazo, Sofía y Elena jugaron juntas en el parque. Sofía le dio a Elena la oportunidad de columpiarse primero, y Elena ayudó a Sofía a construir un castillo de arena gigante. Aprendieron que la amistad es más importante que cualquier columpio o castillo de arena, y que el perdón es el pegamento que mantiene unida la amistad.
Desde ese día, Sofía y Elena siguieron siendo las mejores amigas. A veces se peleaban, pero siempre recordaban la lección del Sr. Pérez: pedir perdón y perdonar, porque el amor y la amistad son mucho más fuertes que cualquier pelea.
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