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Gratis · elegí una vozEra una mañana soleada y Luna, la conejita curiosa, saltaba feliz con su gran pelota roja.
—¡Boing, boing, boing! —cantaba mientras la hacía rebotar. El sol brillaba en su pelaje blanco y la pelota roja parecía una cereza gigante saltando sobre la hierba verde.
De pronto apareció Kiko, el osito juguetón. Kiko tenía una sonrisa tan grande que casi le llegaba a las orejas. Sus ojos brillaban con picardía mientras observaba a Luna y su pelota.
—¡Luna! ¡Qué pelota tan genial! ¿Puedo jugar contigo? —preguntó Kiko, dando pequeños saltitos de emoción.
Pero Luna abrazó la pelota con fuerza contra su pecho. La pelota era nueva, brillante y perfecta. No quería que se estropeara.
—Lo siento, Kiko… es nueva, no quiero que se ensucie —respondió Luna, con un tono de voz un poco egoísta. Miró la pelota con adoración, ignorando la cara triste de Kiko.
Kiko bajó las orejas y su sonrisa desapareció. Se sentía un poco decepcionado. Había imaginado tantas cosas divertidas que podrían hacer juntos con la pelota. Lentamente, se dio la vuelta y se alejó, arrastrando los pies.
Luna siguió jugando sola. La pelota rebotaba alto, muy alto. Pero, aunque la pelota era divertida, Luna sentía un pequeño vacío en su corazón. No era lo mismo jugar sola. Echaba de menos la compañía de Kiko, sus risas y sus ideas alocadas.
De repente, mientras Luna rebotaba la pelota con más fuerza que nunca, ¡la pelota salió disparada hacia el riachuelo! La pelota rodó, rodó, rodó, cada vez más cerca del agua.
—¡Oh, no! —gritó Luna, con los ojos muy abiertos. Corrió tras la pelota, pero era demasiado tarde. La pelota cayó al agua con un chapoteo.
La corriente arrastraba la pelota roja rápidamente. Luna estaba a punto de llorar. Esa pelota era su posesión más preciada. Se imaginó la pelota flotando río abajo, perdiéndose para siempre.
Kiko, que no se había alejado mucho, escuchó el grito de Luna. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia el riachuelo. Vio la pelota roja flotando en el agua.
Con valentía y agilidad, Kiko saltó sobre unas piedras, extendió su patita y ¡atrapó la pelota justo a tiempo! La corriente era fuerte, pero Kiko era aún más fuerte.
—¡Aquí tienes! —dijo Kiko con una gran sonrisa, ofreciéndole la pelota a Luna. Estaba un poco mojado, pero su sonrisa era cálida y sincera.
Luna lo miró con ojos brillantes, llenos de gratitud. Se sentía muy avergonzada por haber sido tan egoísta. Kiko la había ayudado a pesar de que ella no había querido compartir su juguete.
—Gracias, Kiko… —dijo Luna, con la voz suave. —Lo siento mucho por no querer compartir mi pelota contigo. ¿Quieres jugar conmigo?
—¡Claro que sí! —respondió Kiko, con una sonrisa aún más grande que antes. Sus ojos brillaban de alegría.
Luna le dio la pelota a Kiko y juntos empezaron a jugar. Kiko lanzaba la pelota al aire y Luna la atrapaba. Corrieron, saltaron y rieron sin parar. Descubrieron que era mucho más divertido jugar juntos que solos.
Incluso inventaron un nuevo juego: ¡el salto de la pelota! Luna se sentaba en el suelo y Kiko intentaba saltar por encima de ella mientras ella sostenía la pelota en el aire. A veces, Kiko tropezaba y caía, pero siempre se levantaba riendo. Y Luna reía con él.
Y así, entre risas y saltos, aprendieron que compartir hace el juego mucho más divertido. La pelota roja no era solo un juguete, sino un símbolo de su nueva amistad.
Desde ese día, Luna y Kiko siempre compartieron sus juguetes y juegos. Aprendieron que la amistad es mucho más valiosa que cualquier posesión material.
Moraleja: Cuando compartes, la diversión se multiplica.
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