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Gratis · elegí una vozTomás amaba su pelota roja más que a nada en el mundo. Era brillante, redonda y rebotaba tan alto que casi tocaba las nubes. Un día soleado, Tomás jugaba en el parque cerca de su casa. Lanzaba la pelota al aire, la atrapaba, la pateaba suavemente. Estaba tan concentrado en su juego que no se dio cuenta de que la pelota, con un rebote especialmente enérgico, salía rodando hacia la calle.
¡Oh, no! Tomás corrió tras ella, pero la pelota ya había cruzado la calle y rodaba, rodaba, rodaba hacia un lugar que nunca había visto antes. Era un jardín lleno de flores de colores brillantes y una casita pequeña con un cartel que decía: "Sala Cuna Altúe".
Tomás se detuvo, un poco nervioso. Nunca había estado en Altúe. Escuchaba risas y cantos que provenían de dentro. Respiró hondo y, con la pelota roja aún rodando suavemente, se acercó a la puerta del jardín.
Una señora con una sonrisa amable y un delantal lleno de dibujos de animales lo vio y se acercó. "Hola, pequeño," dijo ella. "¿Estás buscando algo?"
Tomás, tímidamente, señaló la pelota roja que ahora descansaba debajo de un rosal lleno de rosas rojas. "Sí, señora. Esa es mi pelota."
"¡Oh, mira!" exclamó la señora. "Parece que tu pelota quería unirse a la diversión en Altúe. Soy la tía Elena, y estos son los niños de la sala cuna. ¿Quieres entrar a buscarla?"
Tomás asintió con la cabeza, sintiéndose un poco más valiente. La tía Elena le abrió la puerta del jardín, y Tomás entró con cuidado. El jardín era aún más hermoso de cerca. Había mariposas revoloteando por todas partes y un pequeño estanque con peces dorados.
Un grupo de niños pequeños, sentados en una alfombra grande, cantaban una canción sobre el sol. Cuando vieron a Tomás, dejaron de cantar y lo miraron con curiosidad. Algunos sonrieron, otros lo señalaron.
La tía Elena se acercó a los niños. "Miren, niños, este es Tomás. Vino a buscar su pelota roja, que quiso venir a jugar con ustedes."
Uno de los niños, un pequeño con un overol azul y una mancha de pintura en la mejilla, se levantó y se acercó a Tomás. "¿Quieres jugar con nosotros?" preguntó.
Tomás dudó por un momento. Nunca había jugado con niños tan pequeños. Pero la sonrisa del niño con la mancha de pintura era muy amigable. "Está bien," dijo.
La tía Elena recuperó la pelota roja de debajo del rosal y se la entregó a Tomás. "Aquí tienes. Ahora, ¡diviértanse!"
Tomás y los niños jugaron con la pelota roja durante toda la tarde. La lanzaron, la patearon, la hicieron rodar por la alfombra. Tomás aprendió a jugar suavemente para no lastimar a los niños más pequeños, y los niños le enseñaron a cantar sus canciones y a hacer torres con bloques de madera.
Tomás descubrió que jugar con niños más pequeños era muy divertido. Le gustaba ver sus sonrisas y escuchar sus risas. La tía Elena les dio galletas de animales y jugo de naranja, y todos compartieron sus juguetes.
Cuando el sol comenzó a ponerse, la tía Elena dijo que era hora de que Tomás se fuera a casa. Tomás se despidió de los niños con un abrazo y le dio las gracias a la tía Elena por dejarlo jugar en Altúe.
Mientras caminaba de regreso a casa con su pelota roja, Tomás se dio cuenta de que Altúe no era un lugar extraño y aterrador, sino un lugar lleno de alegría y amistad. Decidió que volvería a visitar Altúe pronto para jugar con sus nuevos amigos.
Al día siguiente, Tomás volvió a jugar en el parque, pero esta vez tuvo mucho más cuidado de que su pelota roja no se escapara. Sin embargo, no estaba triste de que la pelota hubiera ido a Altúe, porque gracias a eso, había hecho nuevos amigos.
Unos días después, Tomás le pidió a su mamá que lo acompañara a Altúe. Llevó consigo una caja de crayones y un libro para colorear para compartir con los niños. La tía Elena y los niños lo recibieron con los brazos abiertos. Tomás pasó una tarde maravillosa coloreando y jugando con sus nuevos amigos. Aprendió que la amistad puede encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en una sala cuna llamada Altúe, gracias a una pelota roja muy traviesa.
Desde ese día, Tomás visitaba Altúe regularmente. Se convirtió en un amigo para todos los niños y siempre estaba dispuesto a jugar con ellos. Aprendió a ser paciente, amable y a compartir. Y todo comenzó con una pelota roja que rodó hacia un jardín lleno de flores y un grupo de niños esperando un amigo.
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