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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo lleno de casas de colores y árboles frutales, dos amigos inseparables llamados Sofía y Tomás. A Sofía le encantaba reír y saltar, y Tomás era un experto en construir castillos de arena y contar historias divertidas. Todos los días, después de la escuela, se reunían en el parque para jugar. Su juego favorito era lanzar una pelota roja, grande y saltarina, que rebotaba por todo el parque, haciendo que sus risas resonaran entre los árboles.
Un día soleado, mientras jugaban con su preciada pelota, Sofía lanzó la pelota con tanta fuerza que ésta salió volando por encima de la cerca del parque. "¡Oh no!" exclamó Tomás, con los ojos muy abiertos. La pelota rodó y rodó hasta llegar a la calle, donde los coches pasaban a toda velocidad. Sofía y Tomás se acercaron con cuidado al borde de la acera, observando con preocupación cómo su pelota roja se encontraba en medio del peligroso camino.
De repente, un coche rojo brillante pasó a toda velocidad. ¡CRASH! El sonido fue estruendoso. La pelota roja, que antes era tan redonda y saltarina, quedó aplastada y sin aire. Sofía y Tomás se quedaron mirando los restos de su amada pelota, con los corazones llenos de tristeza.
Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Sofía. "¡Nuestra pelota! ¡Se ha roto!" sollozó, abrazando a Tomás. Tomás, aunque también estaba muy triste, intentó consolar a su amiga. "Ya, Sofía, no llores. Era solo una pelota", dijo, aunque en el fondo él también sentía un gran vacío.
Regresaron a casa de Sofía, cabizbajos y sin ganas de jugar. La mamá de Sofía, una mujer amable con una sonrisa siempre en su rostro, los vio entrar con caras largas. "¿Qué pasa, mis pequeños?", preguntó con voz suave.
Sofía, entre lágrimas, le contó lo que había sucedido con la pelota. La mamá de Sofía escuchó con atención, y luego les dio un fuerte abrazo a ambos. "No se preocupen, mis amores. Ya verán que todo se soluciona", dijo con una sonrisa misteriosa.
La mamá de Sofía los invitó a sentarse en la mesa de la cocina y les preparó un delicioso chocolate caliente con galletas. Mientras disfrutaban de la merienda, la mamá de Sofía desapareció un momento y regresó con una gran caja envuelta en papel de colores.
"¡Sorpresa!", exclamó la mamá de Sofía, entregándoles la caja. Sofía y Tomás se miraron con curiosidad y comenzaron a desenvolver el regalo con entusiasmo. Dentro de la caja, ¡había una pelota nueva! Pero no era una pelota cualquiera. Era aún más grande, más brillante y más saltarina que la anterior. Era de color azul con estrellas doradas y tenía un sonido especial cuando rebotaba.
Los ojos de Sofía y Tomás se iluminaron de alegría. Se levantaron de la mesa de un salto y abrazaron a la mamá de Sofía con fuerza. "¡Gracias, mamá! ¡Es la pelota más bonita que hemos visto en nuestra vida!", exclamó Sofía, con una sonrisa radiante.
Tomás, sin poder contener su emoción, tomó la pelota y la lanzó al aire. La pelota rebotó con fuerza, produciendo un sonido alegre y divertido. Sofía y Tomás salieron corriendo al jardín, olvidando por completo la tristeza que habían sentido antes.
Comenzaron a jugar con su nueva pelota, lanzándola y atrapándola, riendo y saltando como nunca antes. La pelota azul con estrellas doradas parecía tener magia, llenando el jardín de alegría y diversión. Se turnaron para lanzarla, cada uno inventando nuevos juegos y trucos. Descubrieron que la pelota rebotaba más alto que la anterior, lo que les permitía hacer saltos aún más espectaculares.
Desde ese día, Sofía y Tomás aprendieron una valiosa lección. Aunque a veces las cosas se rompan o se pierdan, siempre hay una manera de encontrar la alegría y la felicidad de nuevo. Y lo más importante, aprendieron que la amistad y el cariño de sus seres queridos son el mejor regalo que pueden recibir.
Cada tarde, Sofía y Tomás seguían jugando en el parque, ahora con su nueva pelota azul con estrellas doradas. Recordaban la pelota roja con cariño, pero también apreciaban la nueva oportunidad de jugar y divertirse juntos. Y cada vez que la pelota saltaba muy alto, se imaginaban que la pelota roja también estaba jugando con ellos, desde algún lugar especial en el cielo.
Así, Sofía y Tomás siguieron jugando felices, compartiendo risas y aventuras, y valorando cada momento de su amistad. La pelota saltarina, ya fuera roja o azul, siempre sería un símbolo de su alegría y su cariño mutuo. Y la mamá de Sofía, con su amor y su generosidad, siempre sería la heroína de esta linda historia.
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