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Gratis · elegí una vozEn un campo dorado, donde las amapolas bailaban al son del viento, vivía una perdiz llamada Pía. Pía era pequeña, pero muy, muy prudente. Conocía todos los peligros del campo, especialmente al más astuto de todos: el zorro, un tipo con una sonrisa tan grande como su apetito por las perdices.
Un día soleado, mientras Pía picoteaba semillas cerca de un arroyo, escuchó un ruido entre los arbustos. ¡Era el zorro! Su pelaje rojizo brillaba bajo el sol mientras se acercaba sigilosamente. Pía sintió que su corazón latía como un tambor.
"¡Buenos días, hermosa perdiz!" saludó el zorro con una voz suave como la miel. "Qué lindo día para charlar, ¿no crees?"
Pía, aunque asustada, recordó lo que su abuela perdiz siempre le decía: "Ante el peligro, piensa rápido, pero no hables de más". Así que, en lugar de huir gritando, Pía respiró hondo y respondió con calma:
"Buenos días, señor zorro. Sí, es un día precioso. Aunque me temo que estoy muy ocupada buscando semillas para mis polluelos."
El zorro entrecerró los ojos. "¡Polluelos! Qué maravilla. ¿Cuántos tienes?"
Pía sabía que si decía la verdad (que aún no tenía polluelos), el zorro sospecharía. Así que, con una pizca de ingenio, respondió: "Tengo... ¡catorce! Son muy hambrientos, señor zorro. Necesito encontrar muchas semillas para llenar sus pequeños estómagos."
El zorro pareció sorprendido. Catorce polluelos eran muchos, incluso para un zorro hambriento. Pensó que sería difícil atraparlos a todos. Además, si la madre era tan astuta, seguramente los protegería bien.
"¡Catorce!" exclamó el zorro, fingiendo admiración. "¡Eres una madre muy valiente! Te dejo continuar con tu búsqueda. Quizás nos veamos otro día."
Y con una sonrisa un poco menos brillante que antes, el zorro se alejó, metiéndose de nuevo entre los arbustos.
Pía suspiró aliviada. ¡Había engañado al zorro! Pero sabía que no podía quedarse ahí. Tenía que encontrar un lugar más seguro. Así que, voló hacia un árbol alto, donde podría ver cualquier peligro que se acercara.
Desde la rama del árbol, Pía vio al zorro caminando por el campo, visiblemente decepcionado. Entonces, tuvo una idea. Bajó volando hasta un montículo de tierra y comenzó a rascar con sus patas.
El zorro, al verla, se detuvo y se acercó lentamente. "¿Qué haces, Pía?" preguntó con curiosidad.
"Estoy escondiendo un tesoro," respondió Pía con una sonrisa traviesa. "Es un tesoro muy valioso, lleno de gusanos gordos y jugosos. Mis polluelos estarán encantados."
Los ojos del zorro se iluminaron. ¡Un tesoro de gusanos! Eso era mucho mejor que catorce polluelos flacos. "¿Puedo ayudarte a esconderlo?" preguntó con entusiasmo.
Pía asintió. "Claro, señor zorro. Pero tienes que prometer que no te comerás ni un solo gusano."
El zorro prometió con la mano en el corazón (aunque en realidad era su pata). Pía lo llevó hasta un agujero profundo en el suelo. "Aquí es donde enterraremos el tesoro," dijo.
Pero en lugar de gusanos, Pía comenzó a llenar el agujero con piedras y tierra. El zorro, demasiado emocionado con la idea del tesoro, no se dio cuenta. Trabajó diligentemente, cavando y enterrando hasta que el agujero estuvo lleno.
Cuando terminaron, Pía sonrió. "¡Listo! Nuestro tesoro está a salvo."
El zorro, sudando y cubierto de tierra, preguntó: "¿Cuándo podemos desenterrarlo?"
Pía se encogió de hombros. "Oh, no lo sé. Quizás mañana. Ahora estoy muy cansada. Y mis polluelos me esperan."
Y con una reverencia, Pía voló de regreso al árbol, dejando al zorro solo junto al montículo de tierra. El zorro esperó un rato, impaciente por desenterrar el tesoro. Pero Pía no regresó.
Finalmente, el zorro decidió que no podía esperar más. Comenzó a cavar frenéticamente, esperando encontrar montones de gusanos gordos. Pero, para su gran decepción, solo encontró piedras y tierra.
El zorro gruñó de frustración. ¡Pía lo había engañado otra vez! Se dio cuenta de que la pequeña perdiz era mucho más astuta de lo que había pensado.
Desde el árbol, Pía observaba al zorro furioso. Sonrió y voló hacia un campo aún más lejano, sabiendo que había aprendido una valiosa lección: la prudencia y el ingenio son las mejores armas contra el peligro. Y el zorro, con el estómago vacío y el orgullo herido, aprendió que no debía subestimar a una perdiz pequeña, pero muy, muy prudente.
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