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Todo el ambiente era nítido, los verdes y frondosos árboles prodigaban su sombra y el viento silbaba entre sus copas una canción de amor a la que los pájaros respondían entonando disímiles melodías. El riachuelo primoroso regalaba a todos su agua cristalina.
Allí estaba ella, quieta, formando parte de aquel mágico entorno. ¡Claro, era una piedra! No una piedra cualquiera, se sentía importante, y se mostraba feliz. No era prehistórica ni pertenecía a ninguna colección de renombre y mucho menos era gigante, no medía más que un pie, uno pequeñito de un niño de unos 10 años. Ah, pero mostraba su cara plana y limpia en medio del riachuelo y la ofrecía cada día a los niños que con un pequeño salto posaban su pie, uno solo, para impulsarse y caer del otro lado sin mojar sus zapatos negros camino a la escuela.
La Piedrita Feliz, como se hacía llamar en sus pensamientos, amaba su trabajo. Le encantaba sentir el peso ligero de los pies pequeños y escuchar las risitas nerviosas antes del salto. Era como ser parte de una gran aventura, ¡la aventura de llegar a tiempo a la escuela!
Un día, un niño llamado Mateo tropezó y casi cae al agua. La Piedrita Feliz sintió una punzada de preocupación. "¡Cuidado!" pensó, deseando poder hablar. Mateo se recuperó rápidamente, sonrió a la Piedrita y continuó su camino. Ese incidente hizo que la Piedrita Feliz se diera cuenta de que su trabajo era más importante de lo que pensaba.
Otro día, llegó una niña nueva llamada Sofía. Estaba muy nerviosa y no se atrevía a saltar. Miraba el riachuelo con temor y sus ojos se llenaron de lágrimas. La Piedrita Feliz sintió una gran compasión. "¡Vamos, Sofía, tú puedes!" pensó con todas sus fuerzas.
De repente, Sofía sintió una extraña confianza. Cerró los ojos, respiró hondo y saltó. Aterrizó perfectamente al otro lado, ¡sin mojarse ni un poquito! Sofía abrió los ojos y sonrió. "¡Lo hice!" exclamó con alegría. Miró hacia la Piedrita Feliz y le susurró: "Gracias".
La Piedrita Feliz se sintió inmensamente feliz. Había ayudado a Sofía a superar su miedo. Ese día entendió que su trabajo no era solo ayudar a los niños a cruzar el riachuelo, sino también darles confianza y valor.
Pero un día, la Piedrita Feliz notó algo extraño. El riachuelo estaba bajando su nivel de agua. Cada día, la corriente era más débil y la Piedrita Feliz se sentía más expuesta al sol. Los árboles que le daban sombra parecían más lejanos. Empezó a sentir miedo.
"¿Qué está pasando?" se preguntaba la Piedrita Feliz. Escuchó a los niños hablar sobre la sequía. Al parecer, no había llovido en mucho tiempo y el riachuelo se estaba secando.
La Piedrita Feliz se sentía triste y preocupada. No quería que el riachuelo desapareciera. Sabía que muchos animales y plantas dependían del agua. Y también sabía que los niños necesitaban el riachuelo para llegar a la escuela.
Un día, Mateo y Sofía llegaron al riachuelo con cubetas. Empezaron a sacar agua del riachuelo y a regar las plantas que estaban cerca. La Piedrita Feliz se sintió conmovida por su gesto.
"Estamos tratando de ayudar al riachuelo", le dijo Mateo a la Piedrita. "Sabemos que es importante".
Sofía añadió: "Todos debemos hacer algo para cuidar el agua".
La Piedrita Feliz se dio cuenta de que no estaba sola. Los niños se preocupaban por el riachuelo y estaban dispuestos a hacer algo para salvarlo. Eso le dio esperanza.
Durante los días siguientes, muchos niños se unieron a Mateo y Sofía. Regaban las plantas, limpiaban la basura del riachuelo y hablaban con sus padres sobre la importancia de ahorrar agua. La Piedrita Feliz veía todo esto con admiración y alegría.
Finalmente, un día, el cielo se nubló y empezó a llover. Llovió durante toda la noche y al día siguiente el riachuelo estaba lleno de agua otra vez. La Piedrita Feliz se sintió aliviada y feliz.
Los niños celebraron la lluvia con alegría. Sabían que habían hecho su parte para ayudar al riachuelo. La Piedrita Feliz también celebró. Había aprendido que incluso una pequeña piedra puede marcar la diferencia.
Desde ese día, la Piedrita Feliz se sintió aún más importante y feliz. Continuó ofreciendo su cara plana a los niños que saltaban sobre ella camino a la escuela, pero ahora también sabía que era parte de una comunidad que se preocupaba por el medio ambiente y que estaba dispuesta a luchar por él. Y ella, la Piedrita Feliz, seguiría siendo parte de esa lucha, ofreciendo su apoyo a cada paso, a cada salto, a cada día.
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