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Gratis · elegí una vozEn un castillo reluciente, con torres que besaban las nubes y jardines llenos de flores de colores, vivía la Princesa Lila. Lila no era una princesa cualquiera. Le gustaba más explorar los rincones olvidados del castillo que asistir a bailes aburridos. Un día, mientras jugaba al escondite, descubrió una puerta secreta detrás de un tapiz gigante. Con el corazón latiendo con emoción, la abrió de golpe.
La puerta conducía a un largo y oscuro túnel. Lila, valiente como siempre, se adentró en él. Al final del túnel, encontró una cueva iluminada por la luz de cristales brillantes. En el centro de la cueva, acurrucado sobre una pila de oro, dormía un dragón enorme. ¡Un dragón de verdad! Lila se acercó con cuidado. El dragón tenía escamas verdes brillantes y un hocico lleno de pequeños dientes. De repente, el dragón abrió un ojo. Era un ojo dorado y amigable.
"¿Quién anda ahí?", gruñó el dragón con voz ronca.
"Soy la Princesa Lila", respondió ella con valentía. "¿Quién eres tú?"
"Me llamo Fuego", dijo el dragón, bostezando. "Soy el guardián de este castillo, aunque últimamente he estado un poco… olvidadizo."
Lila y Fuego se hicieron amigos enseguida. Pasaban horas jugando en la cueva, contando historias y compartiendo secretos. Un día, mientras jugaban a las escondidas dentro del castillo, Lila escuchó un ruido extraño proveniente del foso que rodeaba el castillo. Era un sonido como de chapoteo, pero mucho más… amenazante.
"¿Qué es ese ruido?", preguntó Lila a Fuego, preocupada.
"No lo sé", respondió el dragón, encogiéndose de hombros. "Pero suena a problemas."
Juntos, Lila y Fuego se acercaron al borde del foso y miraron hacia abajo. ¡Allí, nadando en círculos, había un enorme tiburón! ¡Un tiburón en un foso de castillo! ¿Cómo había llegado allí?
"¡Un tiburón!", exclamó Lila, sorprendida. "¿Qué hacemos?"
El tiburón, al verlos, nadó hacia la orilla y abrió su enorme boca llena de dientes afilados. "¡Hola!", dijo el tiburón con una voz sorprendentemente alegre. "Me llamo Aleta. ¿Alguien ha visto mi pelota? La perdí hace un rato."
Lila y Fuego se miraron confundidos. ¿Un tiburón que busca una pelota? Esto era muy extraño.
"¿Una pelota?", preguntó Lila. "¿Qué tipo de pelota?"
"Una roja y grande", respondió Aleta. "Estaba jugando con ella en el mar y, de repente, me encontré aquí. ¡Estoy un poco desorientado! Últimamente he estado muy… olvidadizo."
Resultó que Aleta, al igual que Fuego, sufría de una extraña forma de amnesia. No recordaba cómo había llegado al foso ni por qué estaba tan lejos del mar. Lila, que era una princesa muy inteligente, tuvo una idea.
"Fuego, ¿podrías volar sobre el castillo y buscar la pelota de Aleta?", preguntó Lila. "Y Aleta, ¿podrías esperar aquí mientras la buscamos?"
Fuego, con sus grandes alas, se elevó hacia el cielo y comenzó a buscar la pelota roja. Después de un rato, la vio atrapada en la torre más alta del castillo. La recogió con cuidado y la llevó de vuelta a Aleta.
Aleta, al ver su pelota, se puso muy contento. "¡Mi pelota! ¡Gracias, gracias!", exclamó, dando saltos en el agua.
Mientras Aleta jugaba con su pelota, Lila tuvo otra idea. "Aleta, ¿por qué no intentas nadar hacia el río que está cerca del castillo?", sugirió Lila. "El río te llevará de vuelta al mar."
Aleta lo intentó y, con la ayuda de Fuego que lo guio desde el aire, logró encontrar el río. Nadó río abajo hasta llegar al mar.
Una vez que Aleta estuvo a salvo en el mar, Lila y Fuego regresaron al castillo. Estaban muy contentos de haber ayudado a Aleta a encontrar su camino a casa. Pero entonces, Lila se dio cuenta de algo.
"Fuego", dijo Lila, "¿recuerdas cuando nos conocimos en la cueva?"
Fuego frunció el ceño. "No… no del todo. Recuerdo que eres la Princesa Lila, pero no recuerdo cómo nos conocimos."
Lila sonrió. "Y Aleta, ¿recuerdas cómo llegaste al foso del castillo?"
Aleta negó con la cabeza. "Solo recuerdo que estaba buscando mi pelota", dijo.
Lila explicó que tanto Fuego como Aleta habían olvidado cómo se conocieron y cómo se habían hecho amigos. Les contó todas las aventuras que habían vivido juntos en el castillo y cómo se habían ayudado mutuamente.
A medida que Lila contaba la historia, Fuego y Aleta comenzaron a recordar. Recordaron los juegos en la cueva, las historias compartidas y la emoción de encontrar la pelota de Aleta. Recordaron que eran amigos.
Desde ese día, Lila, Fuego y Aleta se aseguraron de nunca olvidar su amistad. Se visitaban con frecuencia, compartían historias y se recordaban mutuamente lo importantes que eran el uno para el otro. Y aunque a veces olvidaban dónde dejaban las llaves o qué iban a comer para el almuerzo, nunca olvidaban el lazo especial que los unía. Porque la verdadera amistad, como un tesoro escondido en el corazón, es algo que nunca se puede olvidar por completo.
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