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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en el Reino de los Mil Colores, una princesa llamada Rosalía. Rosalía tenía todo lo que cualquier niña podría soñar: un castillo con torres de color turquesa, una colección de unicornios de peluche que olían a fresa y un jardín donde las flores cantaban nanas por la noche. Sin embargo, Rosalía tenía un pequeño —bueno, en realidad, un enorme— problema: era la princesa más enojona de todo el continente.
Se enojaba si el sol brillaba demasiado fuerte, se enojaba si su chocolate caliente tenía una burbuja de más, y se enojaba muchísimo si sus calcetines no estaban perfectamente alineados. Cuando Rosalía se enfadaba, sus mejillas se ponían rojas como tomates maduros, fruncía el ceño tanto que sus cejas parecían dos orugas peleándose, y daba unos pisotones tan fuertes que las armaduras del pasillo temblaban.
Una mañana de martes, Rosalía se despertó de mal humor porque un pajarito azul se atrevió a cantar demasiado cerca de su ventana. —¡Silencio, pájaro ruidoso! —gritó ella, lanzando un cojín de seda. En ese preciso instante, algo mágico y extraño sucedió. Una pequeña nube gris, del tamaño de un algodón de azúcar, apareció flotando justo sobre su corona de oro.
Al principio, Rosalía pensó que era divertido. Pero la nube no era un juguete. Cada vez que la princesa gritaba o se quejaba, la nube crecía un poquito más y se volvía más oscura. Para la hora del almuerzo, la nube ya era del tamaño de una oveja y soltaba chispas eléctricas cada vez que Rosalía protestaba por la sopa de guisantes. —¡No quiero sopa! ¡Quiero pastel! —exclamó la princesa. ¡Zas! Un pequeño rayo cayó sobre su cuchara, convirtiéndola en carbón.
Asustada, Rosalía corrió al jardín. Pero la nube la seguía a todas partes, tapándole el sol y dejando caer una lluvia finita y fría solo sobre ella. Los jardineros, los cocineros y hasta su perro, 'Pantufla', se alejaban de ella para no mojarse. Rosalía se sintió sola por primera vez en su vida. Se sentó bajo un gran sauce llorón y, en lugar de gritar, comenzó a sollozar bajito.
—¿Por qué nadie quiere estar conmigo? —preguntó a las flores. Las flores no cantaron esta vez; tenían miedo de la tormenta que la princesa llevaba encima.
De repente, una tortuga vieja y sabia llamada Doña Pausa salió de entre los arbustos. Con movimientos lentos, se acercó a la princesa. —Rosalía —dijo la tortuga con voz pausada—, esa nube se alimenta de tus gritos y tus prisas. Si quieres que el sol vuelva a brillar para ti, debes aprender el secreto del viento en calma.
—¿Y cuál es ese secreto? —preguntó Rosalía, tratando de no enojarse porque la tortuga hablaba muy despacio.
—Cierra los ojos —instruyó Doña Pausa—. Imagina que tu enojo es un globo muy inflado. Ahora, suelta el aire poco a poco. Respira el aroma de los jazmines, cuenta los latidos de tu corazón y busca la paz que vive en el silencio.
Rosalía lo intentó. Al principio fue difícil. Sentía ganas de patear una piedra, pero en lugar de eso, respiró hondo. 'Uno, dos, tres...', contó en su mente. Sintió cómo el aire fresco llenaba sus pulmones. Poco a poco, el nudo que tenía en el estómago se fue deshaciendo. Para su sorpresa, la nube gris empezó a encogerse. Se volvió blanca, luego casi transparente, y finalmente se transformó en una suave brisa que acarició su rostro.
La princesa abrió los ojos y vio que el sol volvía a iluminar su vestido. Se dio cuenta de que, cuando estaba tranquila, podía escuchar cosas maravillosas: el susurro de las hojas, el risueño chapoteo de la fuente y el latido de la tierra. Corrió hacia el castillo, pero esta vez no dio pisotones. Caminó con ligereza, pidiendo disculpas a los guardias y regalando sonrisas a los cocineros.
Desde aquel día, Rosalía dejó de ser conocida como la 'Princesa Cascarrabias'. Por supuesto, a veces todavía siente que un poquito de enojo quiere asomarse, pero ahora sabe qué hacer. Se detiene, busca a Doña Pausa, respira hondo y recuerda que el mundo es mucho más hermoso cuando se mira con calma y alegría. El Reino de los Mil Colores volvió a ser brillante, y la princesa aprendió que el mayor tesoro no era su corona, sino la paz que llevaba dentro.
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