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Gratis · elegí una vozComo cada mañana salió a su jardín para contemplar la belleza de sus plantas y flores. Tenía un jardín muy pequeñito pero de muchos colores.
Aquel día lucía un espléndido sol y las plantas recién duchadas por el rocío de la mañana estaban muy charlatanas.
El abuelo Paco, las miró a todas , y una por una les fue quitando las hojas secas y estropeadas, algún bicho juguetón y las males hiervas que salían por debajo de las plantas, pero el murmullo no cesaba.
-.¿Qué raro? Pensó. Aquí pasa algo. Y comenzó a observar con mucho más detenimiento cada trocito de su pequeño y precioso jardín.
Y allí estaba, justo al lado de la hortensia había crecido para su asombro una vara larga y fina, que no lograba adivinar a primera vista de que planta se trataba.
La miró y requetemiró pero no sabía de que planta podía ser, entonces entró en casa y llamó a su mujer.
_!Quizás la haya plantado ella ¡ Pensó Paco.
Aunque el abuelo era muy aficionado a las plantas, quién las sembraba era Maribel su mujer.
La abuela Maribel que estaba preparando la comida; gazpacho y tortilla de patatas , que es lo que más apetece cuando el sol comienza a calentar , y que además era la comida preferida por el abuelo, salió con el delantal y limpiándose las manos a ver que pasaba en su jardín.
Ella no había plantado aquella varilla delgada y fina, que alrededor ya comenzaban a brotarle algunas hojas minúsculas y de un verde intenso.
_Habrá salido sola y además será una mala hierba dijo la abuela. Y sin más se fue a la cocina a pelar los tomates. Pero el abuelo Paco no estaba tan seguro que aquella plantita fuera algo malo, cogió la manguera y regó muy especialmente aquella ramita sospechosa, sabía que necesitaba agua en abundancia ya que estaba creciendo.
Todas la mañanas cuando salía a ver el jardín la ramita había crecido un poquito más. La pobre hortensia lánguida se quejaba, se estaba quedando sin espacio para sus hijos que también empezaban a madurar, debido a la poda otoñal.
El abuelo Paco pensó en cambiar de lugar a la varita, pero donde ponerla, su jardín era tan pequeño.
Quizá al lado de la camelia, era grande y hermosa y no le molestaría demasiado una varita en crecimiento. Pero a la camelia que era japonesa y rosa no le hizo ninguna gracia que una ramita de procedencia desconocida y aún sin nombre estuviera cerca de tan noble planta.
En el centro del jardín no había sitio, aunque era enana, la palmera datilera sobrepasaba ya casi los dos metros de altura y además sus hojas tenían afiladas espinas, aquel no era el lugar más indicado para la pobre vara.
La abuela Maribel que no le quitaba ojo a su marido desde la ventana de la salita, salió de la casa y dijo:
_Mira Paco , yo creo que podemos plantarla fuera del jardín, no le pasará nada y además el agua que sobra cae fuera y siempre estará regada.
Y eso hicieron, cogieron la planta con mucho cuidado y con ayuda de una pala la transplantaron en la calle delante de la verja de la casa. Además cavaron una pocita a su alrededor y así el agua permanecería mas tiempo y siempre estaría húmeda.
Las demás plantas se pusieron muy contentas , ya que ninguna intrusa podía quitarles su puesto. El jardín volvió a ser un remanso de paz y tranquilidad.
“Pero la pobre rama se entristeció mucho al comprobar que no la querían, porque era una mala hierba, sin procedencia, una intrusa.
Ahora estaba sola y sus hojas languidecieron.”
Con el paso de los días la planta fue creciendo y creciendo, sus hojas y ramas se multiplicaron por miles, apenas quedaba nada de aquella insignificante varita. Aunque había algo en ella que no era normal. Sus hojas no tenían color, ni brillo, ni fuerza, les faltaba algo, ( les faltaba amor, alegria, compañía...)
Un día la planta sintió que una de sus ramas se dobla levemente hacía abajo, y que algo o alguien se posaba en ella. Se trataba de un petirrojo, un pajarillo muy curioso.
El petirrojo miró a la rama y le dijo: -Hola, ¿Por qué estás tan triste y mustia?, nunca he visto una planta tan apagada.
La planta le contestó con un hilo de voz –Es que nadie me quiere, dicen que soy una mala hierba y me han echado del jardín del abuelo Paco. Ahora estoy sola y triste.
El petirrojo sintió mucha pena por la planta, y le dijo –No te preocupes, yo te haré compañía, te contaré historias de mis viajes y te alegraré el día.
Y así fue, el petirrojo visitaba a la planta todos los días, le contaba historias de los lugares que había visitado, de las flores que había visto y de los animales que había conocido. La planta se sentía muy feliz con la compañía del petirrojo, sus hojas empezaron a recuperar el color y el brillo, y sus ramas se hicieron más fuertes.
Un día, el abuelo Paco salió de su casa y vio la planta llena de vida y color. Se quedó sorprendido, no podía creer que aquella ramita que había echado de su jardín se hubiera convertido en una planta tan hermosa.
Se acercó a la planta y le dijo –Perdóname, no sabía que eras tan especial. Te juzgué mal y te eché de mi jardín. Pero ahora veo que eres una planta maravillosa y que mereces todo mi cariño.
La planta se sintió muy feliz al escuchar las palabras del abuelo Paco, y le dijo –No te preocupes, ya no estoy triste. El petirrojo me ha hecho muy feliz y me ha enseñado que todos somos especiales a nuestra manera.
El abuelo Paco sonrió y le dijo –Tienes razón, todos somos especiales. Y a partir de ahora te cuidaré como si fueras la planta más valiosa de mi jardín.
Y así fue, el abuelo Paco cuidó de la planta todos los días, la regaba, la abonaba y le hablaba con cariño. La planta creció sana y fuerte, y se convirtió en el orgullo del jardín del abuelo Paco.
Y el petirrojo siguió visitando a la planta todos los días, contándole historias y alegrándole el día. Juntos, la planta, el abuelo Paco y el petirrojo vivieron felices para siempre.
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