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Gratis · elegí una vozEl abuelo Tomás tenía un jardín mágico. No era mágico por tener hadas o duendes, sino porque allí, cada día, sucedía algo inesperado. Hoy, lo inesperado incluía una rana muy verde llamada Rufina y… ¡un marciano!
Rufina no era una rana normal. Le encantaba saltar muy alto y soñaba con volar. Un día, encontró una lata vieja y brillante en el cobertizo del abuelo. "¡Esto servirá!", croó emocionada. Con la ayuda de unas cuantas hojas grandes y un poco de barro, Rufina transformó la lata en una especie de cohete. Lo llamó "El Salta-Espacio".
El abuelo Tomás, con sus gafas de leer resbalando por la nariz, observaba a Rufina con una sonrisa. "¿A dónde crees que vas con eso, Rufina?", preguntó con su voz suave y cantarina.
"¡Al espacio, abuelo!", respondió Rufina, ajustándose un casco hecho de una cáscara de nuez vacía. "¡Voy a buscar aventuras!"
El abuelo sonrió aún más. Él también había soñado con volar cuando era niño. "Ten cuidado allá arriba, pequeña exploradora", dijo, guiñándole un ojo.
Rufina saltó dentro de su cohete de lata, dio un empujón con sus fuertes patas traseras y… ¡puf! El Salta-Espacio salió disparado, no al espacio, claro, pero sí hasta la rama más alta del manzano. Rufina suspiró. Aún necesitaba un poco de práctica.
Fue entonces cuando lo vio. Una pequeña figura verde, con antenas torcidas y grandes ojos llorosos, estaba sentada debajo del manzano. Parecía muy, muy perdido.
"¿Quién eres tú?", preguntó Rufina, bajando del Salta-Espacio con un salto.
El pequeño marciano, que se llamaba Zorp, sollozó. "Me he perdido. Mi nave espacial se averió y caí aquí. No sé cómo volver a casa", explicó con voz temblorosa.
Rufina sintió pena por Zorp. Ella sabía lo que era sentirse perdido y querer volver a casa. "No te preocupes, Zorp", dijo Rufina con valentía. "¡Te ayudaré a volver a casa!"
El abuelo Tomás, que había estado observando la escena, se acercó. "Un marciano, ¿eh?", dijo con una sonrisa. "Interesante".
Zorp miró al abuelo con asombro. "¿No tienes miedo?", preguntó.
El abuelo se rió. "¿Miedo? ¡Tonterías! En mi jardín, damos la bienvenida a todo el mundo, ¡incluso a los marcianos!", dijo.
El abuelo Tomás era un inventor maravilloso. Construía cosas con cualquier cosa que encontrara: palos, piedras, botones… ¡incluso calcetines viejos! Rufina sabía que si alguien podía arreglar la nave espacial de Zorp, ese era el abuelo.
Juntos, Rufina, el abuelo Tomás y Zorp fueron al cobertizo. La nave espacial de Zorp era pequeña y redonda, con una antena rota y un agujero en el casco.
El abuelo Tomás se puso a trabajar. Utilizó un poco de alambre, una pinza de la ropa y un trozo de goma para arreglar la antena. Luego, cubrió el agujero del casco con un parche hecho de una vieja lata de galletas.
Mientras el abuelo trabajaba, Rufina y Zorp se hicieron amigos. Rufina le contó a Zorp sobre sus sueños de volar y Zorp le contó a Rufina sobre su hogar en el planeta Glargon, donde las flores cantaban y los árboles bailaban.
Finalmente, la nave espacial de Zorp estuvo lista. "¡Creo que esto debería funcionar!", dijo el abuelo Tomás, limpiándose el sudor de la frente.
Zorp subió a su nave espacial y encendió el motor. La nave espacial tembló y chispeó, pero luego, con un zumbido suave, se elevó en el aire.
"¡Gracias! ¡Gracias!", gritó Zorp desde la nave espacial. "¡Nunca olvidaré su amabilidad!"
La nave espacial de Zorp se elevó más y más alto, hasta que se convirtió en un pequeño punto brillante en el cielo nocturno. Rufina y el abuelo Tomás se quedaron mirando hasta que desapareció.
"Bueno, Rufina", dijo el abuelo Tomás, sonriendo. "Parece que hoy hemos ayudado a un amigo a volver a casa".
Rufina asintió. Estaba muy contenta de haber ayudado a Zorp, pero también sentía un poco de tristeza. Extrañaría a su nuevo amigo.
"¿Sabes, abuelo?", dijo Rufina. "Creo que aún quiero volar al espacio. ¡Pero esta vez, quiero ir a visitar a Zorp en el planeta Glargon!"
El abuelo Tomás se rió. "Bueno, Rufina", dijo. "Tendremos que mejorar ese Salta-Espacio tuyo, ¿no te parece?"
Y así, Rufina y el abuelo Tomás volvieron al cobertizo, listos para la próxima aventura. Sabían que en el jardín mágico del abuelo Tomás, cualquier cosa era posible, incluso volar al planeta Glargon para visitar a un amigo marciano.
Al día siguiente, Rufina encontró una nueva lata. Esta vez, sería mucho más grande. Y con la ayuda del abuelo, quizás, solo quizás, ¡llegaría al espacio de verdad!
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