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Gratis · elegí una vozEra una tranquila noche en mi casa de Galilea, en Chimbote. Todo parecía en orden: yo estaba en la cocina, terminando de guardar las cosas del día, mientras mi esposo Tony luchaba en el baño con la épica tarea de lavar los dientes al bebé (una tarea que, si eres mamá o papá, sabes que es más difícil que subir el Huascarán en sandalias).
En eso, suena mi celular. Era una llamada de una madre de familia —porque, claro, ser profesora de inicial es un trabajo de 24/7, incluso cuando estás en pantuflas y con una cuchara de arroz en la mano.
—¡Hola, señora! Sí, sí, mañana no olvide enviarle el polo de repuesto a Pepito...
Pero mientras hablaba, escuché un misterioso ras-rás en la cocina. Giré la cabeza y... ¡la presa de pollo que estaba en el plato había desaparecido!
—¡Tony! ¡Se llevaron el pollo!
En segundos, mi esposo apareció en modo “papá en emergencia”, con el bebé todavía medio enjabonado y nuestra valiente perrita Luna en brazos. Luna, al oír “¡pollo robado!”, saltó como una ninja al piso, olfateó con profesionalismo... y siguió el rastro.
Y ahí estaba: ¡la rata! No era una rata cualquiera, no señor. Esta tenía porte, actitud, y el descaro de estar sentada encima de la mesa como si estuviera en su cocina. Luna se lanzó en plan ataque comando, ladrando con furia, y Tony, con el cepillo de dientes del bebé en la mano, listo para la batalla.
Pero entonces, la rata... ¡se paró en dos patas como Bruce Lee! Y ¡plácate! le dio una cachetada a Luna. Sí, una cachetada con la patita delantera. Yo quedé en shock, Tony dejó caer el cepillo, y Luna se quedó sentada con cara de “¿qué acaba de pasar aquí?”.
La rata, como buena villana de película, no corrió. Caminó con estilo hasta la malla del techo, trepó como acróbata de circo y desapareció por el techo... hacia la casa de la vecina, esa que no saluda ni en Navidad.
Desde ese día, en Galilea, en la cocina de mi casa, ya no se deja el pollo sin vigilancia. Y cada vez que Luna ve una sombra moverse, se pone en posición de defensa... aunque a veces sea solo un calcetín.
Pero esa no es toda la historia, no señor. Después del incidente del pollo, la vida en Galilea cambió. Empecé a notar cosas extrañas. Desaparecían galletas, los juguetes del bebé aparecían en lugares insólitos, e incluso, una vez, encontré mi cucharón de madera convertido en un perfecto nunchaku miniatura.
Un día, mientras revisaba las tareas de mis alumnos, encontré un dibujo peculiar. Era de Pepito, el niño que siempre olvidaba el polo de repuesto. El dibujo mostraba una rata con un antifaz negro, haciendo una reverencia ninja. Debajo, en letras temblorosas, decía: “Sensei Ratón”.
¡Sensei Ratón! ¿Podría ser? ¿Acaso la rata ninja estaba entrenando a mis alumnos? La idea era absurda, pero a la vez, tenía cierto sentido. Después de todo, los niños de inicial tienen una imaginación desbordante, y la rata había demostrado tener habilidades… inusuales.
Decidí investigar. Empecé a observar a Pepito con más atención. Noté que había mejorado mucho en caligrafía (quizás el Sensei le enseñó a dibujar katakana con el rabito), y que ahora era mucho más ágil en el recreo (¿entrenamiento ninja en los columpios?).
Una tarde, seguí a Pepito después de clases. Él, sin darse cuenta, se dirigió a un callejón oscuro cerca del mercado. Me escondí detrás de un contenedor de basura y esperé.
De repente, vi a Pepito entrar al callejón. Unos minutos después, escuché risitas y sonidos extraños. Me asomé con cuidado y… ¡allí estaba! El Sensei Ratón, con un antifaz hecho con un pedazo de tela, enseñándole a un grupo de niños a hacer equilibrio sobre una cuerda floja improvisada.
La rata ninja, ¡era un maestro! No un ladrón de pollos, sino un… ¿maestro de artes marciales para niños?
Decidí confrontarlo. Salí de mi escondite y me aclaré la garganta.
—Ejem… ¿Sensei Ratón?
La rata se sobresaltó y Pepito y sus amigos se quedaron boquiabiertos. El Sensei Ratón se paró en dos patas, listo para el combate, pero al verme, relajó los hombros (o lo que sea que tengan las ratas en lugar de hombros).
—Profesora… —dijo, con una voz sorprendentemente grave para ser una rata.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, tratando de mantener la compostura.
El Sensei Ratón suspiró.
—Verá, profesora. Yo solo quería… ayudar. Estos niños… necesitan algo más que letras y números. Necesitan confianza, disciplina… ¡y un poco de diversión ninja!
Me quedé pensando. Tenía razón. Los niños estaban felices, aprendiendo habilidades nuevas y divirtiéndose. ¿Quién era yo para arruinarlo?
—Está bien, Sensei Ratón —dije—. Pero tendrá que seguir algunas reglas. Nada de robar pollo, nada de cachetadas a Luna, y nada de enseñarles a lanzar shurikens hechos con tapas de gaseosa.
El Sensei Ratón asintió con entusiasmo.
—¡Prometido, profesora! ¡Seré el Sensei Ratón más responsable de todo Chimbote!
Y así fue. El Sensei Ratón continuó entrenando a los niños de Galilea, siempre bajo mi supervisión. Luna, después de un tiempo, incluso se hizo amiga de él. Aprendió a respetar sus habilidades ninja y a compartir su comida (a veces, incluso el pollo, pero solo si yo lo permitía).
Desde entonces, Galilea se convirtió en un lugar más seguro y divertido. Y todo gracias a la Rata Ninja de Galilea, el Sensei Ratón que nos enseñó que incluso los seres más inesperados pueden convertirse en héroes… y maestros.
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