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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos de flores silvestres, una ratita muy presumida llamada Rosita. Rosita era conocida por su lazo rosa brillante y su gusto impecable por todo lo que brillaba. Un día, mientras barría diligentemente el frente de su casita de bellota, encontró una moneda de oro reluciente.
"¡Oh, qué suerte la mía!" exclamó Rosita, con los ojos brillando como la moneda. "¡Ahora sí que puedo comprarme algo realmente especial!"
Rosita pensó y repensó qué hacer con su tesoro. Podía comprarse un nuevo lazo aún más brillante, o tal vez unos zapatos de charol. Pero luego, tuvo una idea aún mejor: ¡iba a buscar un esposo!
Así que, Rosita se puso su lazo más bonito y se sentó en el balcón de su casita, cantando con una voz suave y melodiosa: "¡Quién quiera casarse conmigo, que venga a verme aquí!"
Pronto, un gallo muy elegante con plumas de colores brillantes se acercó, pavoneándose con orgullo. "¡Buenos días, señorita Rosita!" cantó el gallo. "He oído que busca esposo. Yo soy fuerte, guapo y canto muy bien. ¿Qué le parece?"
Rosita lo miró con curiosidad. "Hmm, usted parece un buen partido, señor Gallo," dijo Rosita. "Pero, ¿cómo hace usted por las noches?"
El gallo hinchó el pecho y cantó a todo pulmón: "¡Kikirikí! ¡Kikirikí! ¡Así hago yo por las noches!"
Rosita se tapó los oídos. "¡Ay, no, no, no!" gritó Rosita. "¡Eso es demasiado ruidoso para mí! ¡No podría dormir con ese ruido!"
El gallo, decepcionado, se despidió y se fue con la cresta baja. Poco después, un cerdo gordo y rosado llegó trotando. "¡Hola, Rosita!" gruñó el cerdo con una sonrisa. "He oído que busca esposo. Yo soy rico, tengo mucha comida y soy muy amable. ¿Qué le parece?"
Rosita lo miró con curiosidad. "Hmm, usted parece un buen partido, señor Cerdo," dijo Rosita. "Pero, ¿cómo hace usted por las noches?"
El cerdo gruñó fuertemente: "¡Oinc! ¡Oinc! ¡Así hago yo por las noches!"
Rosita arrugó la nariz. "¡Ay, no, no, no!" gritó Rosita. "¡Eso es demasiado sucio para mí! ¡No podría dormir con ese olor!"
El cerdo, triste, se despidió y se fue revolcándose en el barro. Luego, un burro grande y gris se acercó cojeando. "¡Buenas tardes, señorita Rosita!" rebuznó el burro. "He oído que busca esposo. Yo soy fuerte, trabajador y puedo llevarla a donde quiera. ¿Qué le parece?"
Rosita lo miró con curiosidad. "Hmm, usted parece un buen partido, señor Burro," dijo Rosita. "Pero, ¿cómo hace usted por las noches?"
El burro rebuznó ruidosamente: "¡I-a, i-a! ¡Así hago yo por las noches!"
Rosita se asustó. "¡Ay, no, no, no!" gritó Rosita. "¡Eso es demasiado fuerte para mí! ¡No podría dormir con ese ruido!"
El burro, desanimado, se despidió y se fue cabizbajo. Finalmente, cuando Rosita ya casi había perdido la esperanza, un gato negro elegante y silencioso se acercó sigilosamente. "¡Buenas noches, señorita Rosita!" ronroneó el gato con una voz suave y dulce. "He oído que busca esposo. Yo soy tranquilo, cariñoso y puedo cuidarla muy bien. ¿Qué le parece?"
Rosita lo miró con curiosidad. "Hmm, usted parece un buen partido, señor Gato," dijo Rosita. "Pero, ¿cómo hace usted por las noches?"
El gato sonrió suavemente y ronroneó suavemente: "¡Miau! ¡Miau! ¡Así hago yo por las noches!"
Rosita sintió que su corazón latía más rápido. "¡Ay, sí, sí, sí!" gritó Rosita, feliz. "¡Eso es perfecto! ¡Ese es el sonido más dulce que he escuchado! ¡Me casaré con usted, señor Gato!"
Y así, Rosita y el gato se casaron. Celebraron una gran fiesta con todos los animales del pueblo. Rosita se veía hermosa con su lazo rosa y el gato se veía muy elegante con su pajarita. Después de la fiesta, Rosita y el gato se fueron a vivir juntos a la casita de bellota.
Por las noches, el gato ronroneaba suavemente mientras Rosita dormía plácidamente. Cada mañana, Rosita preparaba un delicioso desayuno para los dos. Se amaban mucho y siempre se cuidaban el uno al otro.
Pero un día, Rosita decidió preparar una rica sopa. Mientras la sopa se cocinaba a fuego lento, Rosita sintió curiosidad por saber qué le esperaba. Entonces, con cuidado, abrió la olla y vio… ¡al gato esperándola con la boca abierta!
Rosita, aunque asustada al principio, se dio cuenta de que el gato solo quería darle un susto cariñoso. Ambos rieron y Rosita le dio un gran abrazo. A partir de ese día, su amor se hizo aún más fuerte, sabiendo que, a pesar de las pequeñas travesuras, siempre estarían el uno para el otro.
Y vivieron felices para siempre, la ratita presumida y el gato con el maullido feliz.
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