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Gratis · elegí una vozEn un reino muy lejano, donde las nubes eran de algodón de azúcar y los árboles daban caramelos, vivía una reina muy especial. Se llamaba Reina Corazón, no porque fuera mandona, sino porque tenía un corazón tan grande como el sol. Su reino era conocido por su alegría y sus colores vibrantes, pero la Reina Corazón tenía una peculiaridad: le encantaba la lluvia.
Un día, el cielo amaneció gris. No era un gris triste, sino un gris suave, como el pelaje de un gatito. La Reina Corazón sonrió. Sabía que la lluvia estaba por llegar. Se puso sus botas rojas de charol, su impermeable amarillo brillante y salió al jardín. El jardín de la Reina Corazón era un espectáculo: rosas azules, margaritas naranjas, tulipanes violetas… ¡todos los colores imaginables!
De repente, ¡pum!, la primera gota. Luego otra, y otra más. La lluvia comenzó a caer, suave al principio, luego con más fuerza. La Reina Corazón se reía mientras las gotas le mojaban la cara. Le encantaba el olor a tierra mojada, el sonido de la lluvia al golpear las hojas, la sensación de frescura que dejaba el agua.
Pero ese día, la lluvia trajo algo más que frescura. Trajo un problema. Mientras la Reina Corazón saltaba en los charcos, vio algo inusual al final del jardín. Era una casa. Una pequeña casa… ¡roja! Nunca antes había visto una casa roja en su reino. Su reino era de colores pastel, no de rojo intenso. La curiosidad pudo más que ella, y corrió hacia la casa, chapoteando alegremente.
Al llegar, se detuvo. La casita roja era muy peculiar. Tenía una chimenea torcida, ventanas pequeñas y una puerta que parecía más una sonrisa. No había nadie a la vista. La Reina Corazón dudó por un momento, pero luego, con su corazón valiente, tocó la puerta.
Unos segundos después, la puerta se abrió con un chirrido. Apareció una anciana pequeña, con el pelo blanco como la nieve y unos ojos brillantes como estrellas. Llevaba un vestido verde esmeralda y una sonrisa amable. "¿Puedo ayudarte, querida?", preguntó la anciana con una voz dulce.
"Soy la Reina Corazón", dijo la reina, "y nunca había visto tu casa roja en mi reino. ¿Quién eres y de dónde vienes?".
La anciana sonrió aún más. "Mi nombre es Abuela Lluvia", dijo, "y esta casa roja es mi hogar. Viajo con la lluvia, llevando alegría y esperanza a todos los rincones del mundo".
La Reina Corazón estaba fascinada. "¿Viajas con la lluvia? ¿Cómo es posible?".
Abuela Lluvia la invitó a entrar. La casita roja era aún más mágica por dentro. Las paredes estaban cubiertas de dibujos de nubes y arcoíris, y el aire olía a canela y miel. En el centro de la habitación, había una mesa redonda con un mantel bordado con gotas de lluvia.
"Mi casa viaja en una nube especial", explicó Abuela Lluvia, "una nube hecha de sueños y deseos. Cada vez que la lluvia cae, dejo un poquito de magia en cada lugar".
La Reina Corazón pasó la tarde con Abuela Lluvia, escuchando sus historias y aprendiendo sobre la magia de la lluvia. Abuela Lluvia le contó sobre la importancia de la esperanza, la alegría y la bondad, valores que la Reina Corazón ya apreciaba profundamente.
Cuando la lluvia comenzó a amainar, Abuela Lluvia le dio a la Reina Corazón un regalo: una pequeña semilla. "Plántala en tu jardín", dijo, "y te recordará siempre la magia de la lluvia y la importancia de mantener tu corazón lleno de amor".
La Reina Corazón regresó al palacio, sintiéndose renovada y agradecida. Plantó la semilla en el centro de su jardín. Al día siguiente, para su sorpresa, la semilla había germinado y había crecido una hermosa flor roja, tan brillante y vibrante como la casa de Abuela Lluvia. La Reina Corazón supo entonces que la magia de la lluvia siempre estaría con ella, recordándole que incluso en los días más grises, siempre hay esperanza y alegría por encontrar. Y cada vez que llovía, la Reina Corazón recordaba a Abuela Lluvia y la casita roja, sonriendo con el corazón lleno de gratitud y amor. Desde ese día, la casita roja apareció algunas veces más durante las lluvias torrenciales, siempre trayendo consigo un mensaje de esperanza y alegría para el reino. Y la Reina Corazón, con su corazón tan grande como el sol, siempre la recibía con los brazos abiertos.
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