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Gratis · elegí una vozEn un pueblito colorido llamado Villa Celeste, vivía la Señora Celeste. A diferencia de todos los demás, la Señora Celeste no tenía el mismo cariño por la gravedad. De hecho, ¡la odiaba! No le gustaba sentirse pesada, atada al suelo. Soñaba con flotar libremente como una nube. Su esposo, Don Armando, era un hombre muy, muy pesado. Le encantaba la gravedad. Le encantaba sentir sus pies bien plantados en la tierra, le encantaba la seguridad de saber que no saldría volando. Cada mañana, Don Armando salía al jardín a regar sus rosas, sintiendo el peso de la tierra bajo sus botas. La Señora Celeste, en cambio, se sentaba en el balcón, suspirando y deseando ser más ligera. Un día, algo extraño ocurrió. La Señora Celeste se despertó sintiéndose… ¡liviana! Se levantó de la cama y, en lugar de caminar, ¡flotó! Primero un poco, luego más alto. ¡Estaba flotando por toda la habitación! Al principio, se asustó un poco, pero pronto la emoción la invadió. ¡Por fin era libre! Salió flotando al balcón, donde Don Armando regaba sus rosas. Él la miró con la boca abierta. –¡Celeste! ¡Estás flotando! –exclamó, dejando caer la manguera. –¡Lo sé, Armando! ¡Es maravilloso! –respondió ella, riendo mientras se elevaba cada vez más alto. Don Armando, preocupado, intentó agarrarla, pero ella estaba fuera de su alcance. La Señora Celeste flotó por todo el pueblo, saludando a los niños que jugaban en la plaza y a las señoras que hacían sus compras. Todos la miraban asombrados. Al principio, estaban un poco asustados, pero pronto se contagiaron de su alegría. Mientras tanto, Don Armando corría por las calles, gritando: –¡Celeste, vuelve! ¡Es peligroso! Pero la Señora Celeste estaba demasiado ocupada disfrutando de su libertad para escucharlo. De repente, se dio cuenta de algo. ¡Nadie más estaba sintiendo la gravedad! Los niños rebotaban en el aire, las cestas de fruta se elevaban hacia el cielo y los perros daban volteretas sin control. ¡La gravedad había desaparecido! La Señora Celeste, a pesar de su alegría inicial, se dio cuenta del problema. Sin gravedad, todo era un caos. Las cosas podían salir volando, las personas podían perderse en el cielo y nada se mantenía en su lugar. Decidió que tenía que hacer algo. Pero, ¿qué podía hacer una señora flotante? Pensó y pensó, mientras flotaba sobre el campanario de la iglesia. De repente, recordó algo que Don Armando siempre decía: "La gravedad es como un abrazo invisible que nos mantiene unidos". ¡Un abrazo! ¡Eso era! La Señora Celeste flotó de regreso a su jardín, donde Don Armando la esperaba, desesperado. –Armando, necesito tu ayuda –dijo, con seriedad. –¿Mi ayuda? ¡Tú eres la que está flotando! –respondió él, confundido. –La gravedad ha desaparecido y tenemos que traerla de vuelta. Creo que la gravedad necesita… ¡un abrazo! Don Armando la miró como si estuviera loca. Pero conocía a su esposa. Sabía que cuando se le metía una idea en la cabeza, no había quien la sacara. –¿Un abrazo a la gravedad? ¿Cómo se abraza algo que no se ve? –preguntó. –Tenemos que abrazarnos muy, muy fuerte –explicó la Señora Celeste–. Nuestro amor es fuerte, y tal vez eso sea suficiente para atraer la gravedad de vuelta. Don Armando, aunque escéptico, aceptó. Subió al balcón y extendió sus brazos. La Señora Celeste flotó hacia él y se abrazaron. Se abrazaron con todas sus fuerzas, sintiendo el calor del sol y el amor que sentían el uno por el otro. Al principio, nada sucedió. Pero luego, poco a poco, comenzaron a sentir un ligero tirón hacia abajo. ¡Era la gravedad! Se abrazaron aún más fuerte, y la gravedad se hizo más intensa. Los niños dejaron de rebotar, las cestas de fruta volvieron a su lugar y los perros aterrizaron con un suave "plop". La gravedad había regresado. La Señora Celeste y Don Armando se separaron lentamente, sintiendo el peso de sus cuerpos una vez más. La Señora Celeste ya no flotaba. Estaba de pie, junto a su esposo, con los pies bien plantados en la tierra. Miró a Don Armando y le sonrió. Se dio cuenta de que, aunque odiaba sentirse pesada, también le gustaba la seguridad y la estabilidad que la gravedad le brindaba. Y, sobre todo, le gustaba estar junto a Don Armando, sintiendo su fuerte abrazo. Desde ese día, la Señora Celeste aprendió a apreciar la gravedad, y Don Armando aprendió a apreciar el deseo de su esposa de ser libre. Y, de vez en cuando, cuando el viento soplaba fuerte, la Señora Celeste se sentaba en el balcón y cerraba los ojos, imaginando por un momento que volvía a flotar, sabiendo que, al final del día, siempre estaría segura y amada, con los pies en la tierra y el corazón lleno de alegría.
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