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Gratis · elegí una vozGabriela amaba su granja más que a nada en el mundo. No era una granja enorme, ni la más moderna, pero rebosaba vida y alegría. En la Granja de Gabriela, los animales no solo vivían, ¡cantaban! O bueno, algo parecido.
Estaba el gallo, Don Fernando, que no entendía muy bien la hora. A veces, cantaba a las tres de la mañana, despertando a todos. “¡Fernando, por favor! ¡Es muy temprano!”, gritaba Gabriela desde su ventana. Don Fernando simplemente inflaba su pecho y volvía a cantar, un poco más bajito.
Luego estaba la vaca, Doña Margarita, una vaca muy presumida. Le encantaba que Gabriela la cepillara y le pusiera flores en las orejas. Doña Margarita mugía suavemente, un sonido ronco pero cariñoso, como si estuviera tarareando una canción de cuna.
En el estanque vivían los patos, los hermanos Quique, Quico y Queta. Eran unos traviesos. Les encantaba nadar en círculos, chapotear agua a Gabriela y esconderse entre los juncos. Su graznido era una sinfonía de risas y juegos.
Los cerdos, Pedro y Pepa, eran los comelones de la granja. Siempre estaban buscando algo que comer. Gruñían contentos mientras revolcaban en el barro, imaginando deliciosos manjares. Gabriela les daba manzanas y zanahorias, y ellos la miraban con ojos agradecidos.
Las ovejas, Lana y Lolo, eran muy tímidas. Siempre andaban juntas, balando suavemente. A Lana le gustaba comer las flores del jardín de Gabriela, lo que siempre le causaba un regaño cariñoso. Lolo, por otro lado, era un experto en encontrar tréboles de cuatro hojas.
Pero la verdadera estrella de la granja era Chispa, el perro de Gabriela. Chispa era un Border Collie muy inteligente y juguetón. Le encantaba correr tras las pelotas, ladrar a los pájaros y, sobre todo, ayudar a Gabriela a cuidar de los animales. Chispa entendía todo lo que Gabriela le decía y siempre estaba listo para una aventura.
Un día, Gabriela se dio cuenta de que algo andaba mal. Los animales no estaban tan alegres como de costumbre. Don Fernando no cantaba con tanta energía, Doña Margarita no se dejaba cepillar con tanto gusto, y los patos no chapoteaban con tanta alegría. Incluso Chispa parecía un poco triste.
Gabriela se preocupó mucho. ¿Qué les pasaba a sus animales? Empezó a observar con atención. Vio que Don Fernando estaba cansado, Doña Margarita tenía un poco de fiebre, y los patos se quejaban de que el estanque estaba muy sucio.
Gabriela supo que tenía que hacer algo. Primero, preparó un té de hierbas para Don Fernando, que le ayudó a recuperar sus energías. Luego, le dio una medicina suave a Doña Margarita para bajarle la fiebre. Y, con la ayuda de Chispa, limpió el estanque de los patos.
Poco a poco, los animales comenzaron a sentirse mejor. Don Fernando volvió a cantar con alegría, Doña Margarita se dejó cepillar y poner flores en las orejas, y los patos volvieron a chapotear y a jugar en el estanque. Incluso Chispa volvió a sonreír.
Pero Gabriela se dio cuenta de que faltaba algo. La granja no sonaba como antes. La sinfonía animal estaba incompleta. Faltaba algo que uniera todos los sonidos.
Entonces, Gabriela tuvo una idea. Buscó su vieja flauta de madera y comenzó a tocar una melodía alegre. Era una melodía sencilla, pero llena de amor y cariño por sus animales.
Al escuchar la música, los animales se acercaron a Gabriela. Don Fernando dejó de cantar para escucharla con atención, Doña Margarita movió la cola suavemente, los patos dejaron de chapotear para nadar cerca de la orilla, y los cerdos dejaron de comer para levantar sus orejas. Incluso Lana y Lolo se acercaron tímidamente.
Chispa se sentó a los pies de Gabriela, moviendo la cola con entusiasmo. Él entendía la música, entendía el amor que Gabriela sentía por sus animales.
La música de la flauta se unió al canto del gallo, al mugido de la vaca, al graznido de los patos, al gruñido de los cerdos y al balido de las ovejas. ¡La sinfonía animal de la Granja de Gabriela estaba completa! Era una sinfonía de amor, amistad y alegría.
Desde ese día, Gabriela siguió tocando su flauta para sus animales. Y la Granja de Gabriela se convirtió en un lugar aún más especial, un lugar donde los animales no solo vivían, sino que también cantaban, bailaban y reían, todos juntos en armonía. Y Chispa, fiel amigo, siempre a su lado, moviendo la cola al ritmo de la música. Gabriela aprendió que cuidar de los animales era más que darles comida y agua; era darles amor, atención y un poco de música. Y ellos, a cambio, le daban la alegría más grande del mundo.
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