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Gratis · elegí una vozFeliciana era como un girasol. De mediana estatura, con una sonrisa que iluminaba como el sol de mediodía y una complexión que demostraba que la vida la había abrazado con fuerza, le encantaba la naturaleza. Soñaba con el campo, con las flores silvestres y con seguir ayudando a la gente. Llevaba veintiocho años dedicándose a las Relaciones Públicas, y sentía que aún tenía mucho que ofrecer.
Vivía en una ciudad muy especial: Colón, en Panamá. En los años 70, Colón era un lugar vibrante, lleno de vida y color. Los norteamericanos aún estaban presentes, cerca del lago Gatún, donde se encontraban las esclusas del famoso Canal de Panamá. Colón era la segunda ciudad más importante del país, y muchos la envidiaban por su progreso y desarrollo. Tenía puertos bulliciosos, la Zona Libre, el tren transístmico, las esclusas, una gente trabajadora, clubes nocturnos, cines, teatros ¡y un carnaval que atraía a personas de todo el mundo! Colón siempre mostraba una sonrisa de bienvenida.
Feliciana recordaba la entrada a la ciudad. Parques dividían la avenida central, desde la Calle Primera hasta la Calle Dieciséis. Esos parques estaban llenos de flores: rosas, amapolas, tulipanes, árboles de guayacán que florecían con flores rosadas. A Feliciana le encantaba caminar por esas calles hasta su colegio. Frente al antiguo hospital Dr. Manuel Amador Guerrero, estaba el Parque de las Madres, un lugar hermoso donde las familias se reunían para jugar y disfrutar del aire libre.
"¡Buenos días, Doña Feliciana!", saludaba Doña Rosa, la vendedora de raspados con sabor a tamarindo. El carrito de Doña Rosa siempre estaba ubicado debajo de un frondoso árbol de mango en el parque. Feliciana sonreía y le compraba un raspado, siempre compartiendo un poco con los pajaritos que se acercaban curiosos.
Pero un día, todo empezó a cambiar. Poco a poco, los parques fueron desapareciendo. Los árboles de guayacán ya no florecían, y el Parque de las Madres fue destruido, todo en nombre del "progreso". En su lugar, construyeron el Duty Free de Colón Dos Mil. Los carnavales ya no eran tan pintorescos, el tren dejó de funcionar, y los callejones donde antes se podía comer o echar una siesta desaparecieron.
Feliciana se sentía triste. La sonrisa de Colón se estaba desvaneciendo. Un día, caminando por una calle gris y sin flores, vio a un niño llorando. Se había caído y raspado la rodilla. Feliciana se acercó y le limpió la herida con un pañuelo.
"No llores, pequeño," le dijo Feliciana con su sonrisa más brillante. "Todo va a estar bien." Le contó historias de la antigua Colón, de los parques llenos de flores, del carnaval lleno de música y color, del Parque de las Madres donde las familias se reunían.
El niño escuchaba con atención, sus ojos brillantes de curiosidad. Cuando Feliciana terminó de contarle, el niño sonrió. "¡Quiero ver esos parques!", exclamó.
Feliciana supo entonces lo que tenía que hacer. Decidió que, aunque los parques ya no existieran físicamente, podía mantener viva su memoria. Empezó a organizar actividades para los niños: les contaba historias de la antigua Colón, les enseñaba a plantar flores en macetas, los llevaba a conocer los pocos lugares que aún conservaban algo de la belleza del pasado.
Poco a poco, la sonrisa de Colón empezó a regresar, no en los parques y las calles, sino en los corazones de los niños. Feliciana entendió que la verdadera sonrisa de Colón no estaba en las flores ni en los edificios, sino en su gente, en su espíritu, en su capacidad de recordar y de construir un futuro mejor.
Un día, mientras plantaba flores con los niños en un pequeño jardín comunitario, uno de ellos le preguntó: "Doña Feliciana, ¿por qué siempre está sonriendo, aunque Colón ya no sea como antes?".
Feliciana sonrió aún más. "Porque la sonrisa de Colón vive dentro de mí", respondió. "Y mientras yo la mantenga viva, Colón nunca dejará de sonreír." Y así, Feliciana, la mujer de la sonrisa escondida, siguió contando su historia, sembrando esperanza y recordando a todos que la verdadera belleza de Colón reside en su gente y en su memoria.
Feliciana siguió trabajando en Relaciones Públicas, utilizando su experiencia para promover proyectos que beneficiaran a la comunidad y preservaran la historia de Colón. Su sonrisa, aunque a veces escondida por la tristeza de la pérdida, siempre brillaba con la esperanza de un futuro mejor. Y así, Feliciana demostró que incluso en los tiempos más difíciles, siempre se puede encontrar una razón para sonreír y seguir aportando a la sociedad.
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