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Gratis · elegí una vozEn la calle Olvidada, donde las casas parecían bostezar con ventanas oscuras, vivían cuatro amigos inseparables. Estaba Sofía, con sus rizos castaños que le bailaban alrededor de la cara pecosa y una sonrisa que podía iluminar la noche más oscura. Sofía era la más valiente, siempre dispuesta a defender a sus amigos, aunque por dentro, a veces sentía un miedo que le apretaba el pecho. Luego estaba Miguel, alto y delgado, con gafas redondas que siempre se le resbalaban por la nariz. Miguel era el cerebro del grupo, un sabelotodo con un corazón enorme, aunque su timidez a veces lo hacía parecer distante. Estaba también Ana, pequeña y regordeta, con dos trenzas rubias y unos ojos azules que parecían dos charcos de cielo. Ana era la alegría del grupo, siempre cantando y riendo, aunque a veces su sensibilidad la hacía llorar con facilidad. Y finalmente, estaba Pablo, el más callado, con el pelo negro lacio y una mirada intensa que parecía ver a través de ti. Pablo era el observador, el que notaba los pequeños detalles que los demás pasaban por alto, aunque su silencio a veces lo hacía parecer misterioso.
Un día, explorando el desván polvoriento de la abuela de Sofía, encontraron una vieja televisión. Era un armatoste enorme, con una pantalla pequeña y un marco de madera oscura que parecía tallado con caras horribles. La abuela les advirtió que no la tocaran, que esa tele traía mala suerte, pero los chicos, como buenos aventureros, no hicieron caso. "¡Qué tontería!", exclamó Sofía, encendiendo la tele con un chasquido.
Al principio, la pantalla solo mostró estática. Luego, una imagen borrosa comenzó a formarse. Parecía una mano... una mano ensangrentada que se extendía hacia la pantalla. Los chicos se rieron nerviosamente. "¡Qué susto!", dijo Ana, intentando ocultar su miedo detrás de una risita. De repente, la mano salió de la pantalla, agarrando a Ana por el pelo. La arrastró hacia el interior de la tele, mientras Ana gritaba desesperadamente.
Miguel, con el valor que le daba la adrenalina, intentó tirar de Ana, pero la fuerza de la mano era sobrehumana. La pantalla se oscureció y luego, un monstruo horrendo emergió de la tele. Era alto y delgado, con la piel verde y escamosa, unos ojos rojos que brillaban con malicia y una boca llena de dientes afilados como cuchillos. Olía a podrido, a tierra húmeda y muerte. El monstruo soltó una risa gutural que hizo temblar las paredes del desván.
Sofía y Miguel intentaron escapar, pero el monstruo era demasiado rápido. Les bloqueó la salida con sus largos brazos huesudos. Pablo, sin decir una palabra, agarró un atizador de hierro que estaba cerca y lo clavó en el ojo del monstruo. La criatura gritó de dolor, soltando un rugido ensordecedor. Sofía y Miguel aprovecharon la distracción para correr hacia la puerta, pero el monstruo, con su ojo herido, los alcanzó.
Primero atrapó a Miguel. Lo levantó en el aire con una mano y lo apretó hasta que sus huesos crujieron. Miguel gritó de dolor, pero su voz se apagó rápidamente. El monstruo lo arrojó contra la pared, donde quedó tendido, inmóvil. Luego, se dirigió a Sofía. Ella luchó con todas sus fuerzas, pero el monstruo era demasiado fuerte. La agarró del cuello y la estranguló lentamente, disfrutando de su agonía. Sofía intentó respirar, pero no pudo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y luego, todo se volvió negro.
Pablo, aterrorizado, se escondió detrás de un baúl viejo. El monstruo, con su ojo sangrando, lo buscó por todo el desván. Finalmente, lo encontró. Pablo intentó defenderse, pero el monstruo lo agarró con sus garras afiladas y lo destrozó. Su sangre salpicó las paredes del desván.
Al día siguiente, los padres de los niños, preocupados por su desaparición, llamaron a la policía. Los agentes forzaron la puerta del desván y encontraron una escena dantesca. Los cuerpos mutilados de los niños yacían esparcidos por el suelo. La vieja televisión, con la pantalla apagada, permanecía en una esquina, como si nada hubiera pasado. La calle Olvidada nunca volvió a ser la misma. El monstruo, por su parte, había desaparecido, esperando su próxima víctima en la oscuridad de la tele maldita. La policía nunca supo qué había pasado realmente. Solo encontraron cuatro niños muertos y una vieja televisión que parecía sonreír con malicia.
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